UNA PROMESA Y UNA PROFECÍA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Así dice el Señor a Sebná, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo (Is 22, 19). Este personaje -Sebná- gozaba de gran predicamento en el palacio del rey Ezequías, del que era intendente. El profeta Isaías le reprocha su afán de ostentación. Entre otras cosas, se había hecho construir un mausoleo. Según el contexto del libro de Isaías, el Señor pide cuentas a aquel alto funcionario, pero éste no quiso darlas al pueblo. De ahí que fuera desplazado y sustituido en el cargo por otro. Con esto se nos dice que nadie puede eludir sus responsabilidades delante de Dios.

Además de comunicarle su destitución, Isaías le dice por quien será sustituido. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David; lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. (Is 22, 20-22). Aquí podemos ver una referencia profética a Pedro, al cual concede Cristo el poder de las llaves, siendo padre del nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia.

La expresión “poder de las llaves” se deriva de las palabras de Cristo a san Pedro: Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mt 16, 19). La promesa hecha en Cesárea de Filipo después de la confesión de Simón Pedro en la mesianidad de Jesucristo halla su explicación en estas palabras de Isaías: Colgaré de su hombro la llave de la casa de David, por las cuales le es conferida a Eliacín como la plena autoridad en el reino de Judá. La llave es símbolo de esa autoridad. Recordemos que el mayordomo de palacio era el que, como representante del rey, cada día abría y cerraba la vida administrativa del pueblo.

Al emplear Cristo la expresión: Yo te daré las llaves del reino de los cielos mostró claramente su intención de conferirle al apóstol Pedro la autoridad suprema sobre su Iglesia. San Pedro y sus sucesores son vicarios de Cristo en la tierra. Ser vicario de Cristo significa hacer las veces de Cristo, enseñando, gobernando, dirigiendo, animando y sirviendo a todos los fieles. Cristo murió, resucitó y subió al cielo, pero dejó en su lugar aquí en la tierra al Papa, que tiene una especial asistencia del Espíritu Santo para poder cumplir con esta misión de representar a Cristo.

Lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Estas palabras son aplicadas en el Apocalipsis al Mesías: El Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David (Ap 3, 7), porque Jesús, el Mesías, como nuevo David abre las puertas del cielo. La liturgia de la Iglesia, entre las célebres antífonas de la O previas a la Navidad, canta a Cristo bajo este título mesiánico: Llave de David y cetro de la casa de Israel. Tú, que reinas sobre el mundo, ven a libertar a los que en tinieblas te esperan (Liturgia de la Horas, Antífona de Vísperas del 20 de diciembre). También en Isaías está profetizado que el Señor reina sobre el mundo: Lo hincaré como clavo en sitio firme, y será un trono de gloria para la casa de su padre (Is 22, 23).

San Pedro confesó que Cristo era el Hijo de Dios vivo después de que el Señor preguntara a sus apóstoles: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (Mt 16, 13). Los discípulos contestaron diciendo: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas (Mt 16, 14). Ante esta respuesta de los apóstoles, el Señor les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que es? (Mt 16, 15). Que cada uno de nosotros piense que la pregunta de Cristo se la hace a él. ¿Y tú, quién dices que soy yo? Y que el Señor pide una respuesta personal, vital, experimental, no de libro o de memoria. Podemos contestarle: Yo te digo de corazón, aunque alguna vez en mi vida no responda a esta confesión: Tú eres mi Dios y mi todo, mi Señor, mi Salvador, mi Amigo en quien confío plenamente. Sin ti, mi vida carecería de sentido.

La pregunta del Señor fue contestada por Simón Pedro diciendo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Con esta respuesta, san Pedro manifiesta su fe en la divinidad de su Maestro. No dio su opinión, sino su creencia. La fe no es una opinión sobre Jesús, sino una respuesta personal a la pregunta que él nos hace. Por lo demás, una respuesta que sólo podemos dar en la vida con la gracia de Dios. Sólo por revelación del Cielo san Pedro pudo dar aquella respuesta, como le dijo el Señor: Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17). Y a continuación le promete el Primado sobre toda la Iglesia: Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

Cuando Jesús escucha la profesión de fe franca de Simón, lo llama “roca”, y manifiesta la intención de construir su Iglesia sobre esta fe. Esto que sucedió de modo único en san Pedro, sucede también en cada cristiano que madura una fe sincera en Jesús el Cristo, el Hijo de Dios vivo. La confesión de Pedro en Cesárea de Filipo interpela también a cada uno de nosotros. ¿Cómo va tu fe? ¿Cómo encuentra el Señor nuestro corazón? ¿Un corazón firme como la piedra o un corazón arenoso, es decir, dudoso, desconfiado, incrédulo? Nos hará bien hoy pensar en esto. Si el Señor encuentra en nuestro corazón una fe no digo perfecta, sino sincera, genuina, entonces Él ve también en nosotros las piedras vivas con las cuales construir su comunidad (Papa Francisco).

Cristo edifica su Iglesia sobre la roca de Pedro, y promete que nada ni nadie -ni siquiera los poderes infernales- podrá destruirla. A lo largo de la historia la Iglesia ha sido perseguida. Al principio fue el Sanedrín de los judíos quien persiguió a los discípulos del Señor; después los emperadores romanos quisieron acabar con el cristianismo con leyes persecutorias, en las que estaba contemplada la muerte de los cristianos con crueles tormentos. En nuestros días, en diversos países, grupos de fanáticos islamitas atacan a los cristianos cuando estos se reúnen para asistir a la Misa.

En los dos mil años de historia, personas de todas clases sociales han sufrido por su fe, pagando con la sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia, o soportando con valentía largos años de prisión o privaciones de todo tipo por no renunciar a su fe. En nuestros días, ¡cuántos cristianos han sido desplazados de sus hogares, e incluso de su patria! Sabemos que los cristianos perseguidos del siglo XXI nos están dando un ejemplo maravilloso. En medio de tantas tribulaciones y peligros siguen siendo fieles a la fe recibida en el bautismo, y se glorían de seguir llamándose cristianos. Hoy como ayer la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. El siglo XX fue un tiempo de martirio. Están los mártires “cristeros”, en México; los mártires de la persecución religiosa de España; los mártires de Alemania en la época del nazismo; los mártires católicos de los países dominados por el comunismo. Y hemos visto en nuestra época un renovado florecimiento de la Iglesia en aquellos lugares donde ha sufrido más a causa de la fe y del testimonio del Evangelio.

Y en más de una ocasión han enterrado a la Iglesia. Cuando Pío VI murió en la noche del 28 al 29 de agosto de 1799 en Valence-sur-Rhône (Francia). Muchos pensaron en el fin del Papado y que la Iglesia había muerto al morir el Papa, su cabeza, en el destierro. Goethe dijo: La Iglesia Católica ha pasado a la historia como una ruina ilustre. En términos parecidos se expresó Napoleón que, al conocer la noticia, escribió: La vieja máquina de la Iglesia se deshará por sí sola. Muchos creyeron que Papado había terminado y hasta llegaron a decir que había muerto el sexto de los Píos y el último de los Papas. Y con el Papado se había hundido la Iglesia: Sin el Papa ya no hay cristianismo, y el orden social está irremediablemente herido en su corazón. Pero las palabras de Cristo se cumplieron una vez más: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

Años después, ya en el siglo XIX, en Prusia, donde el Primer Ministro Bismarck -llamado el Canciller de Hierro- había desatado una campaña contra los católicos (conocida como Kulturkapf), sirvió de pretexto para atacar a la Iglesia con mayor virulencia. Pero los católicos alemanes, que estaban representados en el Reichstag (Parlamento), se defendieron muy bien, y su líder, Windthorst, se encaró con Bismarck y le dijo: Tratáis de morder un bloque de granito. Mientras tanto, un eminente periodista alemán, dándoselas de profeta escribía: Hagan lo que hagan los ultramontanos (es decir, los papistas), el poder político de la Iglesia romana ha muerto y el eclesiástico agoniza… Pío IX… ha aniquilado al Papado.

Significativo es el siguiente testimonio de monseñor Johan Neuhäusler, que estuvo cuatro años recluido en el campo de concentración de Sachsenhausen-Oranienburg: El 26 de mayo de 1941, cuando llegué al campo, una persona del departamento político me dijo: “Vamos a destruir la Iglesia Católica y el cristianismo por completo en Alemania”. Cuando le repuse, con toda tranquilidad: “Esto se ha anunciado e intentado muchas veces desde hace 1900 años, pero nunca se ha conseguido”, el funcionario de SS declaró con decisión: “Sí, pero nosotros lo vamos a conseguir. Tenemos un plan, un plan perfectamente meditado y elaborado en todos sus detalles. Destruiremos la Iglesia”.

La Iglesia se ha comparado a una barca -la barca de Pedro- sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia. Pero Cristo mismo está dentro de la barca, es quien lleva el timón, vive en la Iglesia y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida. Por vivir Cristo en su Iglesia las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Todo lo humano pasa; pero la Iglesia permanece siempre idéntica a sí misma, como Cristo la quiso. Esta asistencia divina es lo que hace inquebrantable nuestra fe en la Iglesia, frente a todas las contingencias humanas, en medio de todas las tempestades.

Actualmente, en algunos países la Iglesia se encuentra en un período de persecución tal que no es inferior a la de los primeros siglos. No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una agresión solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia… (San Josemaría Escrivá). También se la ha atacado con la difamación y la calumnia. Un famoso caso de información no veraz es el de Galileo. Se ha difundido, y hay gente que piensa que sucedió así, que Galileo (1564-1642) fue condenado por un tribunal eclesiástico que no comprendió sus conocimientos científicos, que fue torturado y quemado en la hoguera. En realidad no sufrió ningún tipo de maltrato físico. Se le condenó a no difundir sus hipótesis hasta que no se demostrasen y, condenado a prisión, la pena fue conmutada por arresto domiciliario. Continuó con su trabajo y publicó en esa época su obra más importante. Y así centenares de historias que constituyen una auténtica leyenda negra de la Iglesia.

Fe en la Iglesia. Sería más fácil apagar el sol que destruir la Iglesia. Esta frase es una afirmación categórica de fe, de imperturbable seguridad de que la barca de Pedro no se hundirá jamás. Dios ha querido que la Iglesia debiera su nacimiento a la Cruz y al sufrimiento, su gloria a la ignominia, sus luces a las tinieblas del error, sus progresos a los ataques de sus enemigos, su fuerza a las privaciones y a la adversidad. Por eso su esplendor no ha sido nunca tan puro como cuando todos los hombres hicieron esfuerzo por ensombrecerlo; pues, como el oro es probado en el fuego, así los amigos de Dios son probados en la tribulación. A los perseguidores de la Iglesia les decía san Juan Crisóstomo: Es inútil pelear contra el cielo. Cuando combates contra un hombre, o vences o eres vencido; pero si peleas contra la Iglesia, el dilema no existe. Dios es siempre más fuerte.

Acompañemos con nuestra oración a los cristianos perseguidos, a esos mártires y confesores de la fe de nuestros días. Ellos dan testimonio de Cristo, algunos incluso con su vida. Dios, que no se deja ganar en generosidad, les da la corona de la gloria eterna. ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué ibescrutables sus caminos! (Rm 11, 33). Sí, Dios es un abismo de generosidad y sabiduría. A veces no llegamos a comprender los caminos inescrutables de Dios. ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? (Rm 11, 34). Nos podemos preguntar: ¿Por qué Dios permite que su Iglesia sea perseguida? La respuesta la da la historia. Las persecuciones no consiguieron el objetivo pretendido, el de acabar con el cristianismo. Defraudaron por completo las expectativas de los paganos, pues por todas las partes los cristianos se mostraban dispuestos a morir, a pesar de los terribles tormentos a que fueran sometidos, antes que renegar de Jesucristo. El resultado es que muchos cristianos, mártires de la fe, alcanzaron el cielo, y la Iglesia apareció resplandeciente por el valor heroico de sus fieles; de suerte que los esfuerzos de los enemigos del cristianismo para destruir la religión de Cristo sirvieron para su magnífico triunfo. Y los mártires en el Cielo glorifican a Dios. A Él la gloria por los siglos. Amén (Rm 11, 36).

Santa María, Madre de la Iglesia, mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap 12, 1), vencedora de la antigua serpiente, protege a la Iglesia. Por ello, confiando en el poder Dios y en la protección maternal en la Virgen, nuestra fe en la Iglesia es inconmovible, pues la profecía de Cristo: las puertas del infierno no prevalecerán contra ella se ha cumplido, se está cumpliendo y seguirá cumpliéndose hasta el fin del mundo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s