VALE LA PENA SEGUIR A CRISTO. Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho por causa de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser llevado a la muerte y resucitar al tercer día (Mt 16, 21). Estas palabras del Señor produjeron sorpresa en los apóstoles porque para ellos subir a Jerusalén significaba participar en el triunfo del Mesías, en su victoria, como se ve en la petición que Santiago y Juan hicieron a Jesús. Maestro, concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria (Mc 10, 37). Sorpresa, pero también temor, porque ellos sabían que su suerte estaba ligada a la de su Maestro. Si el Señor iba a sufrir y ser perseguido, también ellos eran conscientes de que corrían el mismo riesgo de padecer.

Especialmente debió impresionar a Pedro el anuncio que Jesucristo hizo de su pasión y muerte, pues, siendo impulsivo como era, tomando a su Maestro aparte, se puso a reprenderle diciendo: “¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso” (Mt 16, 22). Y el Señor reprende con energía a Pedro cuando éste quiere disuadirle de afrontar la muerte incluida en la misión de Jesús como Mesías, diciéndole: ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escándalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres (Mt 16, 23). Y dirigiéndose también a los demás discípulos dice: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga (Mt 16, 24). Estas palabras nos las dice a todos los cristianos. Jesús no ha venido a enseñar una filosofía, una ideología…, sino una “vía”, una senda para recorrerla con Él. Ésta es nuestra alegría: caminar con Jesús. Y esto no es fácil, no es cómodo, porque la vía escogida por Jesús es la vía de la cruz.

No es el discípulo más que su Maestro. Cristo nos redimió por medio de la Cruz, y todo el que desea imitarle e identificarse con Él ha de recorrer el mismo camino. San Pedro escribió: Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pasos (1 P 2, 21). Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 15, 20). Cuando nos abandonamos en las manos de Dios, es frecuente que Él permita que saboreemos el dolor, la soledad, las contradicciones, las calumnias, las difamaciones, las burlas, por dentro y por fuera: porque quiere conformarnos a su imagen y semejanza, y tolera también que nos llamen locos y que nos tomen por necios (San Josemaría Escrivá).

Nos puede pasar lo mismo que a Jeremías: He llegado a ser el hazmerreír todo el día, todo el mundo se burla de mí (Jr 20, 7). El profeta habla de parte de Dios. Y se queja porque cada vez que hablo tengo que gritar, he de pregonar: “¡Violencia, destrucción!” La palabra del Señor es para mí oprobio y escarnio cada día (Jr 20, 8). Y le viene la tentación de olvidarse de su misión, de la tarea que Dios le había encargado. Yo me dije: “No me acordaré de Él, ni hablaré más en su Nombre” (Jr 20, 9). Con todo, Jeremías tiene la seguridad de que el Señor nunca le abandona. Y es fiel a su vocación, aunque sienta dentro de él algo como fuego abrasador, encerrados en sus huesos. No se deja vencer, y se esfuerza por soportarlo. Dice Jeremías: No puedo (Jr 20, 9). Efectivamente, sin la ayuda de Dios no hubiera podido cumplir el encargo de profetizar y anunciar calamidades a un pueblo que se había apartado de Dios. Jeremías siente que la gracia puede más que su esfuerzo personal. Fuiste más fuerte que yo (Jr 20, 7). El reconocimiento de su debilidad y la posterior fidelidad son como un anticipo de lo que Dios manifestó a san Pablo cuando éste también se encontraba en graves dificultades: La fuerza se perfecciona en la flaqueza (2 Co 12, 9).

En el libro de Jeremías hay palabras cargadas de dramatismo. En ellas afora el duro combate interior entre la crisis que conmueve los fundamentos de la fe y la certeza de la vocación divina, cuando después de arduo trabajo parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso. Este libro profético contiene un lamento de Jeremías por la propia vocación, que le ha llevado a ser perseguido. El profeta abre con confianza su alma a Dios y le reprocha haberle llamado. Dios parece que le ha engañado. La misión que le ha confiado sólo le trae desgracias. Cuando Jeremías proclama la palabra de Dios no escucha más respuesta que las acusaciones y calumnias de la gente. Le gustaría olvidarse de todo, pero no puede, pues Dios es “fuego abrasador” que le enciende en su interior. En medio de tamaño dolor brilla y vence el celo por el Señor. Se manifiesta así cómo los que han experimentado el amor de Dios no puede contener el afán de hablar de Él a quienes no lo conocen, o se han olvidado del Señor. Así lo da a entender Teodoreto de Ciro al comentar estas palabras de Jeremías recordando otro ejemplo de la Sagrada Escritura: Lo mismo le ocurrió a san Pablo en Atenas mientras aguardaba en silencio. Se consumía san Pablo en su interior viendo adónde llegado la idolatría de la ciudad. Pues igual le ocurrió al profeta.

Las palabras referidas del profeta reflejan la tensión interior ante tantos sufrimientos y dificultades, y la confianza en que Dios no le dejará. Jeremías no abandonó su misión, sino que perseveró en ella hasta el final de sus días. Hay unas palabras de santa Teresa de Jesús que nos hablan de perseverancia en el camino a pesar de las dificultades y del cansancio. Son éstas: Aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera. Y san Juan Pablo II decía: Si a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, ¡no os desaniméis! ¡Cristo os sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga con la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane. Cristo es el amigo que nunca defrauda.

Si queremos estar con Cristo y seguirle de cerca -éste es nuestro mayor deseo- seguramente nos encontraremos con la cruz. Sin embargo hay cristianos que se quedan sin Cristo por que lo bajan demasiado pronto de la cruz, y hay cristianos que, por quedarse sólo en la cruz, también se quedan sin Cristo. Y es que Cristo y la Cruz, por especial designio de la voluntad del Padre, van ineludiblemente unidos. Sí, Cristo es exigente: pide todo. Lo que vale forzosamente cuesta, como el tesoro y la perla de gran valor. Así sucede con las bienaventuranzas. Siguiendo a Cristo, se lleva la cruz, pero se recibe el gozo de una recompensa del ciento por uno, desde esta vida.

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. Cristo quiere vivir en nosotros, reinar en nuestros corazones, y para eso es preciso que el alma se vacíe de sí misma, y se una a la Cruz de Cristo por la mortificación. Para reinar con Cristo, hay que acompañarle en su Pasión. Es necesaria la mortificación para alcanzar el Reino, una mortificación continua, una mortificación generosa, como generosa fue la Pasión y Muerte de Nuestro Señor.

La mortificación es la práctica voluntaria de algo que suponga castigo del propio cuerpo o renuncia de la voluntad a algo gustoso; es ofrecer a Dios algo que cuesta con espíritu de reparación. Y es necesaria para imitar a Cristo, pues no es posible asemejarse a Nuestro Señor si no se dominan las numerosas tendencias desordenadas que se encuentran arraigadas en el alma: la soberbia, la pereza, la concupiscencia de la carne, etc. También la necesitamos para desagraviar a Dios, satisfacer por nuestros pecados y purificar el alma.

La mortificación hay que buscarlas en las cosas pequeñas y ordinarias, en el trabajo intenso, constante y ordenado. Cosas pequeñas que no te hacen perder la salud, pero que te mantienen encendido. Mortificación en las comidas. Minutos heroicos a lo largo del día. Puntualidad. Orden. Guarda de la vista por la calle, con naturalidad (San Josemaría Escrivá).

Aceptar los imprevistos; llevar con garbo las posibles dificultades u obstáculos; dominar la imaginación; evitar juzgar a los demás; mortificar la memoria; no almacenar agravios y desaires; refrenar la lengua; luchar contra la comodidad; rendir el juicio; vencer los estados de ánimo; no dejarse llevar por la curiosidad; no quejarse innecesariamente; sonreír cuando cuesta; no tener en cuenta los detalles molestos de los demás.

Nosotros sabemos que Jesús ha vencido, y no deberíamos tener miedo a la cruz, sino que, más bien, en la Cruz tenemos nuestra esperanza. No obstante, también nosotros somos humanos, pecadores, y estamos expuestos a la tentación que tuvo san Pedro de pensar según el modo de los hombre y no de Dios. Decía san Josemaría Escrivá: En esta tierra, el dolor y el amor son inseparables; en esta vida hay que contar con la Cruz. El que no cuenta con la Cruz no es cristiano; el que no cuenta con la Cruz, se la encuentra de todos modos, y además encuentra en la cruz la desesperación. Contando con la Cruz, con Cristo Jesús en la Cruz, podéis estar seguros de que en los momentos más duros, si vienen, estaréis acompañadísimos, felices, seguros, fuertes.

Después de invitarnos el Señor a que le sigamos de cerca, llevando la cruz, pronuncia unas sentencias paradójicas en las que expone la dimensión verdadera de la entrega de sus discípulos. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? (Mt 16, 25-26). Vale la pena que seguir a Cristo. Él no se deja ganar en generosidad. Bien claro lo dice: Porque el Hijo del Hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta (Mt 16, 27).

El apóstol san Pablo nos exhorta, por la misericordia de Dios, a que ofrezcamos nuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios (Rm 12, 1): éste es nuestro culto espiritual. Y después nos dice: No os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto (Rm 12, 2). Con estas palabras, el Apóstol de los gentiles señala la conducta que se ha de observar para llevar una vida conforme a la voluntad de Dios y la dignidad humana. La idea que quiere transmitir puede resumir en estas palabras: No os amoldéis a este mundo.

El que ha sido justificado en Cristo debe ofrecerse completamente y sin reservas a Dios, como un acto de culto. Por la predicación apostólica del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios, de suerte que todos los que a este pueblo pertenecen, por estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como “hostia viva, santa, agradable a Dios (Rm 12, 1) (Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 2). Se trata, pues, de dar a Dios un culto que -como enseñó Jesucristo a la samaritana- no es puramente material, exterior y formal, sino interior y espiritual. Así, toda la vida del cristiano queda empapada de sentido sacerdotal.

Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia, “para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo” (1 P 2, 5), para realizar cada una de nuestras propias acciones en espíritu de obediencia a la voluntad de Dios, perpetuando así la misión de Dios-Hombre (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 96).

Al final de sus días, un anciano dirigía a una multitud -cientos de miles- de jóvenes: Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos! (San Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes 3.V.2003)

En el Evangelio vemos cómo entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar. Pero su Madre lo siguió siempre fielmente. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros a mantener la mirada bien fija en Jesús y a seguirle siempre, incluso cuando cuesta (Papa Francisco).

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