Los perseguidores de la Iglesia están haciendo una labor diabólica

El odio una palabra fuerte usada por Jesús. Precisamente odio. Él que es maestro del amor, al que gustaba tanto hablar de amor, habla de odio. Pero a Él le gustaba llamar a las cosas por su nombre. Y nos dice “¡No tengáis miedo! El mundo os odiará. Sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí”. Y nos recuerda también lo que quizás había dicho en otra ocasión a los discípulos: “recordad la palabra que os dije: un siervo no es más grande que su señor. Si me han perseguido a mí, os perseguirán también a vosotros”. La vía de los cristianos es la vía de Jesús. Para seguirlo no hay otra que la marcada por Jesús, es una consecuencia del odio del mundo y también del príncipe de este odio en el mundo.

Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado. Nos ha elegido por pura gracia. Con su muerte y resurrección nos ha rescatado del poder del mundo, del poder del diablo, del poder del príncipe de este mundo. El origen del odio es éste: somos salvados y aquél príncipe del mundo, que no quiere que seamos salvados, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continúa hasta hoy. Muchas comunidades cristianas son perseguidas en el mundo. En este tiempo más que en los primeros tiempos. Hoy, ahora, en este día, en esta hora. ¿Por qué? Porque el espíritu del mundo odia.

Normalmente a la persecución se llega tras haber recorrido un camino largo. Pensemos en cómo el príncipe de este mundo quiso engañar a Jesús cuando estaba en el desierto: “¡Venga valiente! ¿Tienes hambre? Come. Tú puedes hacerlo”. Le ha invitado incluso un poco a la vanidad: “¡Atrévete! Tú has venido para salvar a la gente. Ahorra tiempo, ve al templo, tírate y toda la gente verá el milagro y se acabó: tendrás autoridad”. Pero pensemos en esto: ¡Jesús nunca respondió a este príncipe con sus palabras! Nunca. Era Dios. Nunca. Fue, para la respuesta, a buscar las palabras de Dios y respondió con la palabra de Dios.

Un mensaje para el hombre de hoy: Con el príncipe de este mundo no se puede dialogar. Que quede claro. El diálogo es otra cosa: es necesario entre nosotros, es necesario para la paz. El diálogo es un hábito, es una actitud que debemos tener entre nosotros para oírnos, para comprendernos. Y debe mantenerse siempre. El diálogo nace de la caridad, del amor. Con aquél príncipe no se puede dialogar; se puede solo responder con la palabra de Dios que nos defiende. El príncipe del mundo nos odia. Y como ha hecho con Jesús hará con nosotros: “Pero mira, haz esto… es una pequeña estafa… no es nada… es pequeña” y así empieza a llevarnos por una vía un poquito injusta. Empieza por pequeñas cosas, luego inicia con las lisonjas y con ellas “nos reblandece” hasta que caemos en la trampa. Jesús nos ha dicho: “Os envío como ovejitas en medio de los lobos. Sed prudentes pero sencillos”.

Si en cambio nos dejamos coger por el espíritu de vanidad y pensamos contestar a los lobos haciéndonos lobos nosotros mismos “estos os comerán vivos”. Porque si dejas de ser oveja, no tienes un pastor que te defienda y caes en las manos de estos lobos. Vosotros podríais preguntar: “Padre, pero ¿cual es el arma para defenderse de estas seducciones, de estos fuegos artificiales que hace el príncipe de este mundo, de las lisonjas?” El arma es la misma de Jesús: la palabra de Dios, y luego la humildad y la mansedumbre. Pensemos en Jesús cuando le dan una bofetada: qué humildad, qué mansedumbre. Podía insultar y en cambio ha hecho solo una pregunta humilde y mansa. Pensemos en Jesús, en su pasión. El profeta dice de Él: “como una oveja que va al matadero, no grita nada”. La humildad. Humildad y mansedumbre: estas son las armas que el príncipe del mundo, el espíritu del mundo no tolera, porque sus propuestas son de poder mundano, propuestas de vanidad, propuestas de riquezas. La humildad y la mansedumbre no las tolera. Jesús es manso y humilde de corazón y hoy nos hace pensar en este odio del príncipe del mundo contra nosotros, contra los seguidores de Jesús. Y pensemos en las armas que tenemos para defendernos: sigamos siendo ovejitas, porque así tendremos un pastor que nos defienda.

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