EL PERDÓN DE LAS OFENSAS. Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el libro del Eclesiástico, también conocido como el Sirácida, se le aconseja al hombre: Piensa en las postrimerías, y dejarás de odiar: son corrupción y muerte; y cumple los mandamientos. Recuerda la ley y la alianza del Señor. No te enojes con tu prójimo y no tengas en cuenta sus errores (Si 28, 6-9). Estas palabras de la Escritura las tuvo muy presentes el beato Pablo VI. El Papa Montini, consciente del final de su vida, quiso cumplir con un último deber. Acudió a rezar ante la tumba del cardenal Pizzardo. Éste había sido su maestro en Roma y era quien le había hecho entrar en la Secretaría de Estado. Pero también le hizo sufrir mucho cuando era superior suyo. Con el presagio de su ya cercana muerte, buscó con este gesto la reconciliación total, si es que todavía quedaba algo por perdonar. Si aún hay alguna diferencia entre nosotros dos -dijo-, la arreglo aquí, pues quiero marcharme en paz al encuentro del Señor.

Cumple los mandamientos. La Ley de Dios también es conocida como el Decálogo, pues son diez los mandamientos escritos en las tablas que Dios entregó a Moisés en el Sinaí. El quinto, que se enuncia de forma negativa –no matarás-, podría decirse de un modo positivo –respetarás toda vida humana-. Dios nos ordena conservar la salud y la vida propias, así como las ajenas, tanto en lo espiritual como en lo temporal. Pero también nos manda querer bien a todos y amarlos, aun a los enemigos; hacer el bien a todos, dentro de las posibilidades, cuando la ocasión se presenta… y perdonar a los que nos han ofendido.

La venganza no es cristiana. La ley del talión ha sido superada por la ley evangélica de la caridad. Tampoco es propio de un discípulo del Señor tener una lista de agravios. ¿Qué razón tienes para no amar? ¿que el otro respondió a tus favores con injurias? ¿que quiso derramar tu sangre en agradecimiento de tus beneficios? Pero si amas por Cristo, ésas son razones, que te han de mover a amar más aún (San Juan Crisóstomo).

Son pecados internos contra el quinto mandamiento el odio, la ira y la venganza. El rencor y la cólera son odiosos; y el hombre pecador los tendrás en el corazón. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas (Si 27, 33-28, 1). No hay que buscar discordias, sino la reconciliación y la paz. No se puede tener el ánimo irritado contra el prójimo. Pensemos cómo Dios nos ha perdonado. Hay que perdonar al prójimo para poder ser perdonado por Dios. Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, por tu oración, se te perdonarán los pecados. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? El hombre que no tiene misericordia con su semejante, ¿cómo se atreve a rezar por sus propios pecados? Si él, siendo mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados? ¿Y pide a Dios la reconciliación? (Si 28, 2-5). Se cuenta que estando próximo a morir el rey Carlos III de España, se le acercó el arzobispo de Toledo para hablarle del perdón a los enemigos. ¿Había de esperar a este trance para perdonarles? -se oyó decir al rey-. Todos lo fueron ya en el momento de la ofensa.

Nuestro Señor Jesucristo tenía presentes estas palabras de la Escritura al enseñar en el Padrenuestro: perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 14). Y comenta un Padre de la Iglesia: Aunque no les cause ningún mal (a los enemigos), si les miras con poca benevolencia, conservando viva la herida dentro del alma, entonces tú no observas el mandamiento ordenado por Cristo. ¿Cómo es posible pedir a Dios que te sea propicio cuando no te has mostrado misericordioso, también tú, con quien te ha faltado (San Juan Crisóstomo). Quien tiene una lista de agravios; quien es incapaz de pasar por alto una ofensa; quien es rencoroso, ¿cómo puede rezar el Padrenuestro?

El papa Francisco comenta la petición Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que ofenden, diciendo: En estas palabras del Padrenuestro está todo el proyecto de vida basado en la misericordia. La misericordia, la indulgencia, la condonación de la deuda, no es algo sólo devocional, privado, un paliativo espiritual, una especie de óleo que ayuda a ser más suaves, más buenos, no. Es la profecía de un mundo nuevo (Homilía 5.VII.14).

Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 452). A veces se mete el amor propio, la soberbia, y uno se reafirma en que la ofensa que se le ha hecho exige una respuesta adecuada. Esto es una tentación contra la caridad que hay que vencer perdonando inmediatamente.

Bien ilustrativa de lo que estamos diciendo es la parábola del siervo despiadado. Esta parábola la pronunció Jesucristo inmediatamente después de contestar a Simón Pedro a la pregunta: Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? (Mt 18, 21). Cristo al responder: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete (Mt 18, 22), dice que hay que perdonar siempre. No encerró el Señor el perdón en un número determinado, sino que dio a entender que hay que perdonar continuamente y siempre (San Juan Crisóstomo).

Queramos o no, todos nosotros tenemos enemigos. Jesús nos dice que debemos amar a los enemigos y nos da este consejo: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial”. Cristo perdona a sus enemigos. Hace todo por perdonarlos. Pensemos en la ternura con la que Jesús recibe a Judas en el huerto de los Olivos. Jesús nos pide amar a los enemigos. ¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: rezad, rezad por vuestros enemigos. La oración hace milagros; y esto vale no solamente cuando tenemos enemigos; sino también cuando percibimos alguna pequeña enemistad.

La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entres sí (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.844).

Cómo decíamos, después decir Jesucristo que hay que perdonar siempre, comienza a decir: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: “Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré”. Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda (Mt 18, 23-27).

Nosotros, profanos en el valor de las monedas de la antigüedad, no tenemos ni idea lo que era aquella deuda: diez mil talentos. Gracias a Dios están los estudiosos de la Sagrada Escritura, y estos nos dicen que un talento valía unos seis mil denarios, y que un denario equivalía el jornal de un trabajador. Por tanto, la deuda de aquel hombre era una cantidad desorbitada -sesenta millones de denarios- e imposible de restituir. Pero he aquí, que ante la súplica del siervo, el señor le condonó toda la deuda. Ahora nos podemos preguntarnos: ¿Cuánto le debo a Dios? Porque es cierto que todos somos deudores de Dios. Por mucho que sea, Dios, en su infinita misericordia, nos perdona siempre. Y esto ocurre cuando vamos al sacramento de la penitencia.

La cifra desorbitante es una exageración, pero con ella, el Maestro quiere resaltar su clemencia con los pecadores. Por grandes que sean los pecados, hay que tener en cuenta que ningún pecado es demasiado grande, ninguno es más grande que la misericordia de Dios. Sí, la misericordia divina es más grande que todas nuestras infidelidades. Pero también esa exageración nos dice que el pecado es una insondable iniquidad, una injuria a Dios, que tiene algo de infinito; y que el pecador no puede satisfacer esa deuda. Sólo el perdón de Dios hace desaparecer el pecado.

Jesucristo instituyó el sacramento de la Penitencia para perdonar los pecados. Nada puede perdonar la Iglesia sin Cristo y Cristo no quiere perdonar nada sin la Iglesia. Nada puede perdonar la Iglesia sino a quien es penitente, es decir a quien Cristo ha tocado con su gracia; Cristo nada quiere considerar como perdonado a quien desprecia a la Iglesia. Por eso, quien dice que se confiesa directamente con Dios, no se le perdona los pecados.

Continuemos con el relato de la parábola. Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: “Paga lo que debes”. Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: “Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré”. Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía (Mt 18, 28-30). Destaca aquí el Señor la dureza de corazón de aquel siervo que, tras haber sido perdonado de su inmensa deuda, no perdonó a su compañero. Ésta es la verdad de la ingratitud del hombre con respecto a Dios misericordioso y la dureza nuestra respecto de nuestros semejantes, a los que nos cuesta perdonar aun los defectos pequeños. Por eso, le pedimos al Señor que haga nuestro corazón compasivo, a la medida del suyo; que sepamos perdonar enseguida cuando somos ofendidos.

Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti? Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía (Mt 18, 31-34). Su falta de caridad hizo que su señor lo castigara. Termina Jesús la parábola diciendo: Del mismo modo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano (Mt 18, 35).

El papa Francisco nos dice: No podemos seguir a Jesús por el camino de la caridad si no nos queremos antes entre nosotros, si no nos esforzarnos en colaborar, en comprendernos recíprocamente y en perdonarnos, reconociendo cada uno sus propias limitaciones y sus propios errores. Debemos hacer las obras de misericordia, pero con misericordia. Con el corazón ahí. Las obras de caridad, con caridad, con ternura y siempre con humildad. Y el apóstol san Pablo nos da unas razones para el ejercicio de la caridad fraterna: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos (Rm 14, 7-9). Por tanto, ningún cristiano vive o muere para sí mismo, sino que vive y muere también para Dios, al que dará cuenta. Pues la caridad por la que amamos a Dios y al prójimo es una misma virtud, porque la razón de amar al prójimo es precisamente Dios, y amamos a Dios cuando amamos al prójimo con caridad.

Santa María, Madre de misericordia y Refugio de los pecadores, intercede a tu divino Hijo por nosotros para que nuestro corazón, estando libre de resentimientos, se llene cada vez más de amor a Dios y al prójimo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s