Bienaventuranzas e imprecaciones

En el libro de Jeremías leemos: Maldito el varón que confía en el hombre y pone en la carne su apoyo, mientras su corazón se aparta del Señor. Será como matojo de la estepa, que no verá venir la dicha, pues habita en terrenos resecos del desierto, en tierra salobre e inhóspita. Bendito el varón que confía en el Señor, y el Señor es su confianza. Será como árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces a la corriente, no teme que llegue el calor, y sus hojas permanecerán lozanas, no se inquietará en año de sequía, ni dejará de dar frutos (Jr 17, 5-8). Estas palabras del profeta referidas al árbol frondoso son casi idénticas a las del Salmo 1. Con ellas Jeremías ilustra la perdición a la que se ve arrastrado el hombre que confía en sí mismo, frente a la prosperidad del que se fía de Dios.

Preguntémonos: ¿Dónde he puesto mi confianza? Si la hemos puesto en algo -o en alguien- fuera de Dios, hay que rectificar. Aconsejaba san Bernardo: Fíate enteramente de Dios, encomiéndate a Él, descarga en su providencia todos tus cuidados. Y Él te sustentará, de modo que confiadamente puedas decir: “el Señor anda solícito por mí” (Sal 39, 18). Y san Josemaría Escrivá dejó escrito: ¡Es una locura confiar en Dios…!, dicen. -¿Y no es más locura confiar en sí mismo, o en los demás hombres?

Pongamos toda nuestra confianza en Dios, porque Él no sólo nos conoce, sino también nos ama, quiere nuestro bien. Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Nos ama aunque muchas veces ese amor no se hace visible. Es un Dios vivo y vivificador, que nos ofrece felicidad. Podemos confiar en Él. Es lo que hizo san Juan Pablo II. En su testamento escribió: Expreso la más profunda confianza en que, a pesar de toda mi debilidad, el Señor me concederá toda la gracia necesaria para afrontar según su Voluntad cualquier tarea, prueba y sufrimiento que quiera pedir a su siervo, en el transcurso de la vida.

Bien se puede aplicar a la imagen del árbol plantado junto al agua las palabras del comentario de santo Tomás de Aquino al primer salmo: Así pues, toma la comparación del árbol, del que se consideran tres cosas, a saber, el ser plantado, el dar fruto, y el conservarse. Para ser plantado es necesaria una tierra humedecida por las aguas, pues de otro modo se secaría; y por esto dice: que está plantado a las corrientes de las aguas, es decir, junto a las corrientes de las gracias: El que cree en mí… de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Y quien tenga sus raíces junta a esta agua fructificará haciendo buenas obras; y por esto es lo que sigue: el cual dará su fruto. “Pero el fruto del espíritu es caridad, alegría, paz, y paciencia, generosidad, bondad, fidelidad”, etc., (Ga 5, 22). (…) Y no se seca. Por el contrario, se conserva. Ciertos árboles se conservan en su substancia, pero no en sus hojas, pero otros se conservan también en sus hojas: así también los justos, (…) no serán abandonados por Dios ni siquiera en las obras más pequeñas y exteriores. “Pero los justos germinarán como una hoja verde” (Pr 11, 28).

El hombre justo confía en Dios, busca y encuentra en la Ley de Dios el criterio para orientar su vida. Será feliz porque tendrá éxito. La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y el bienestar. Jesucristo proclamará definitivamente quien es el hombre “dichoso” o “bienaventurado”: aquel que pertenece al Reino de los Cielos. Bienaventurado significa feliz, dichoso. Y el Señor señala con las Bienaventuranzas los caminos para llegar a la felicidad verdadera, bien diferente de los que el hombre suele escoger. Para muchas personas la felicidad está en el dinero, en el poder, en el placer… Pero se equivocan, la felicidad sólo se puede encontrar en Cristo.

A diferencia de san Mateo, san Lucas sólo cita cuatro bienaventuranzas. Sin embargo, a continuación de ellas, pone las imprecaciones, también en número de cuatro. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas! (Lc 6, 20-26).

En el pasaje evangélico que hemos leído están las cuatro bienaventuranzas y las cuatro imprecaciones pronunciadas por Cristo ante una gran muchedumbre. Igual que muchos suelen cometer el inmenso error de silenciar la existencia del infierno, mutilando así la doctrina de la Iglesia, también hay quienes omiten las imprecaciones salidas de la boca del Señor. Con estas imprecaciones, Jesús condena: la avaricia y apego a los bienes del mundo; el excesivo cuidado del cuerpo, la gula; la alegría necia y la búsqueda de la propia complacencia en todo; la adulación y el afán desordenado de gloria humana. Vicios que son muy comunes en el mundo, y ante los cuales el cristiano debe estar vigilante para no dejarse arrastrar por ellos.

La inclinación al mal es una realidad. Es cómodo dejarse arrastrar por los vicios. Para vivir las virtudes hay que esforzarse. El mal hay que superarlo con el bien. No hay que asustarse de la debilidad de nuestra naturaleza. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición. Mientras marchemos por el sendero transformador de las bienaventuranzas, estamos venciendo el mal; estamos convirtiendo las tinieblas en luz (San Juan Pablo II).

Los pobres, los hambrientos, los que lloran y los que son rechazados manifiestan una misma actitud del alma: la necesidad. Necesitados esencialmente de Dios debemos sentirnos todos. La necesidad es una actitud humilde del hombre que le capacita para confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional. Es la actitud del hombre que no se satisface con los bienes y consuelos de este mundo y tiene puesta su esperanza última más allá de estas cosas.

Bienaventurados los pobres… Son pobres aquellas personas que aman la pobreza para agradar más a Dios. La pobreza cristiana, exige el desprendimiento de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos. La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (Benedicto XVI, Homilía 9.IV.2006).

Aquellos ricos que por herencia o por medio de un trabajo honrado abundan en bienes son realmente pobres si no se apegan a esos bienes, y como consecuencia de ese desprendimiento saben emplearlos en beneficio de los demás, según Dios les pide. En el Antiguo Testamento aparecen personajes como los Patriarcas (Abrahán, Isaac y Jacob) a quienes, aun poseyendo muchas riquezas, se le puede aplicar la bienaventuranza de los pobres.

¡Ay de los ricos…! Y hay que entender por ricos aquellos que se afanan en acumular bienes sin atender a la licitud o ilicitud de los medios empleados, y que además ponen en estas riquezas su felicidad, como si fuesen su último fin. El apego a las riquezas, a la falsa seguridad en uno mismo, cierra el alma a Dios, y, por tanto, a la verdadera felicidad. Ésta es la enseñanza que se saca de esta imprecación. El Señor nos invita a no contentarnos con la pobre felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.

Bienaventurados los que ahora padecéis hambre… San Mateo especifica más que san Lucas al añadir: y sed de justicia. La justicia, en el lenguaje de la Biblia, coincide con lo que hoy día suele llamarse santidad. El Señor exige no un simple deseo vago de justicia, sino tener hambre y sed de ella, esto es, amar y buscar con todas las fuerzas aquello que hace justo al hombre delante de Dios. El que de verdad quiere la santidad cristiana tiene que querer los medios que la Iglesia ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir con los deberes familiares, profesionales, sociales.

¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos…! Se puede considerar destinatarios de esta imprecación al rico Epulón y al hombre rico que sus tierras dieron mucho fruto, y decidió destruir sus graneros para construir otros mayores para guardar su cosecha. Los dos están satisfechos de sus bienes, de sus goces, de sus placeres… pero no hicieron lo más importante, como era preocuparse por su alma. Para Epulón la felicidad estaba en los espléndidos banquetes. El hombre rico se dedicó en atesorar para sí. Puso su felicidad en la posesión de bienes materiales. Y después ambos se encontraron con un corazón vacío, con hambre de felicidad.

Bienaventurados los que ahora lloráis… Éstos son todos los que están afligidos por alguna causa y, de modo particular, a quienes están verdaderamente arrepentidos de sus pecados, o apenados por las ofensas que otros hacen a Dios, y que llevan su sufrimiento con amor y deseos de reparación. El Espíritu de Dios consolará con paz y alegría, aun en este mundo, a los que lloran los pecados, y después participarán de la plenitud de la felicidad y de la gloria del cielo.

¡Ay de vosotros los que ahora reís…! Los impíos, los que no reconocen a Dios, se jactan de su fuerza y de sus pasiones. Su boca está llena de insultos, engaños y abusos; su lengua encubre opresión y malicia (Sal 10, 7). Piensan que su maldad no tendrá castigo. Y no solamente son impíos, sino necios y faltos de conocimiento. Insultan al justo y oprimen a los humildes. Para ellos, la vida les sonríe…, pero no podrán imponerse sobre los justos, porque el definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros. Los impíos serán como polvo que dispersa el viento. Por ello, los impíos no se levantarán en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos. Porque el Señor vela sobre el camino de los justos, mientras el de los impíos acaba en perdición (Sal 1, 4-6). Y la perdición no es otra cosa que la condenación eterna en el infierno, y allí será el llanto y el rechinar de dientes (Lc 13, 28).

Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien… El sentido de esta bienaventuranza es el siguiente: bienaventurados los que padecen persecución por ser santos o por su empeño de ser santos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Por tanto, es bienaventurado el que padece persecución por ser fiel a Jesucristo, y la lleva no sólo con paciencia sino con alegría. En la vida del cristiano se presentan circunstancias heroicas, en las que no caben términos medios; o se es fiel a Jesucristo jugándose la honra, la vida y los bienes, o se reniega de Él. En la historia de la Iglesia están los mártires. El cristiano que es fiel a la doctrina de Jesucristo es de hecho también un “mártir” (testigo) que refleja o cumple esta bienaventuranza, aun sin llegar a la muerte corporal.

¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros…! Benedicto XVI dijo en una entrevista: Si un papa no recibiera más que aplausos, debería preguntarse qué es lo que no está haciendo bien. En la segunda mitad del siglo XX, el obispo de una diócesis caía muy bien a los enemigos de la Iglesia. Un día recibió una breve carta, cuyo contenido era: Señor obispo, ¿no se ha parado usted en pensar porque cae tan bien a personas alejadas de la fe y a los enemigos de la Iglesia ? Pues, medítelo.

Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? (1 Co 15, 12). San Pablo habla de la resurrección los muertos. Después de la muerte hay vida -vida eterna-, pero sólo para aquellos que han puesto su confianza en Dios. Para los demás, hay condenación eterna. He aquí nuestra oración: Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero (San Juan Pablo II).

Es fundamental poner toda nuestra energía y confianza en Cristo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna (Jn, 6, 68). Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicia de los que mueren (1 Co 15, 20). La confianza en Dios nos hace hombres libres, sin estar ahogados por el materialismo ambiental, ni atados por la esclavitud de sus ídolos: el poder, el consumo, el placer; sin ceder al conformismo; sin ser intimidados por las persecuciones o las más sutiles oposiciones que intentan marginar a los cristianos.

En el Evangelio se dice que entre los parientes de Jesús hubo algunos que a un cierto punto no compartieron su modo de vivir y de predicar. Pero su Madre lo siguió siempre fielmente, confió plenamente en su Hijo. Y al final, gracias a la fe de María, los familiares entraron a formar parte de la primera comunidad cristiana. Pidamos a María que nos ayude también a nosotros en confiar en Jesús, incluso en los momentos difíciles de la vida, cuando todo cuesta.

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