PARÁBOLA DE LOS OBREROS DE LA VIÑA. Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña (Mt 20, 1). Con estas palabras comienza Jesucristo a contar la parábola de los obreros de la viña. En la Sagrada Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se hace referencia a la viña. ¿Cuál es la viña del Señor? Al principio, era el pueblo que había elegido, Israel. Dios dedicó a su viña los mismos cuidados que un esposo fiel reserva a su esposa. Sin embargo, esta viña en vez de dar uvas dio agrazones. Después, con la venida de Cristo, la viña es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Israel. El amor de Dios a la Iglesia también es esponsal. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y en adelante es inseparable de Él. Esta viña -la Iglesia- ha dado buena uva, frutos de santidad. Su historia es una historia de santidad.

El señor de la viña sale en busca de obreros. Aquí podemos ver una llamada por parte de Dios a todos los hombres para que formen parte de la Iglesia. Pero también una llamada a todos los bautizados, para que vivamos una exigencia de nuestra vocación cristiana que es el apostolado. En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia. Sí, todos, en la variedad de los carismas y de los ministerios, estamos llamados a trabajar en la viña del Señor.

A veces, ser obreros en la viña del Señor puede ser difícil, los compromisos se multiplican, las exigencias son muchas y no faltan los problemas. Hay que aprender a sacar diariamente de la relación de amor con Dios en la oración la fuerza para llevar el anuncio profético de salvación; y centrar nuestra existencia en lo esencial del Evangelio, cultivando la fraternidad dentro del pueblo de Dios. Con fe encontramos en la Eucaristía la energía necesaria para desempeñar bien nuestro trabajo en la viña del Señor.

Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña (Mt 20, 2). El trabajo fiel en la viña del Señor, la disponibilidad al servicio del Evangelio tiene su recompensa. Sabemos que Dios es fiel a sus promesas y permanecemos en la esperanza de que se cumplan las palabras del apóstol Pedro: Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita (1 Pe 5, 4). Todos nosotros con el bautismo hemos sido llamados a seguir y servir a Jesús; sabemos que no podemos y no debemos esperar aplausos y reconocimientos en esta tierra. La verdadera recompensa del discípulo fiel está “en los cielos”: es Cristo mismo. No olvidemos nunca esta verdad. Cualquiera que sea el servicio que Dios nos llama a desempeñar en su viña, debe estar siempre animado por una humilde adhesión a su voluntad.

San Pablo bien sabía la recompensa que le esperaba: la unión perenne con Cristo. Por eso entiende la muerte como una liberación de las ataduras terrenas, para ir enseguida a estar con Cristo. Gracias a Cristo, la muerte tiene un sentido. Es el momento de recibir la recompensa eterna. Así se entienden las palabras del Apóstol de las gentiles: Cristo será glorificado en mi cuerpo, tanto en mi vida como en mi muerte. Porque para mí, el vivir es Cristo, y el morir una ganancia (Flp 1, 20-21). La muerte es una “ganancia”, pues supone poder ver a Dios definitivamente cara a cara. Vivir en el cielo es estar con Dios, el Sumo Bien para el cual el hombre ha sido creado.

En la carta que escribe a los cristianos de Filipos manifiesta su decisión de continuar trabajando en la viña del Señor, a pesar de su deseo de contemplar ya a Cristo. Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger. Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. A la vista de esto último, estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe (Flp 1, 22-25). El apóstol abraza la vida terrena convencido de que tiene mucha tarea por hacer. Sabe que agrada a Dios lo que ha decidido porque aprovecha a la salvación de muchos. A san Pablo sólo le importa que los filipenses lleven una vida digna del Evangelio de Cristo (Flp 1, 27).

El amo de la viña salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo”. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?” Le contestaron: “Porque nadie nos ha contratado”. Les dijo: “Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 3-7). Aquel hombre sabía que la labor que requería su viña no bastaban con los que habían contratado a primera hora de la mañana. Y esto lo vemos en la Iglesia. Las crecientes necesidades de la evangelización requieren numerosos obreros en la viña del Señor. En el Evangelio de san Lucas está estas palabras de Cristo: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (Lc 10, 2). Por eso le pedimos a Dios: Señor, envía obreros a tu mies. Ayúdame a ser un buen obrero en tu viña.

Id también vosotros a mi viña. Estas salidas del dueño de la viña a diversas horas del día, nos sugiere otra idea, que es ésta: durante toda la vida del hombre, Dios le está llamando a la conversión, a la santidad, para que alcance el Reino de los cielos. Y todos los hombres son llamados a la santidad. como dice el Concilio Vaticano II: Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado (Lumen Gentium). La santidad está a nuestro alcance, pero exige esfuerzo. La búsqueda de la santidad es otra forma de trabajar en la viña del Señor. Hay que pelear contra la inclinación al mal, contra la pereza, la soberbia y las tentaciones. Y un trabajo bien hecho siempre da frutos. Para alcanzarla, hemos de aprovechar los medios que la Iglesia, instrumento universal de salvación, ofrece y enseña a vivir a todos los hombres: frecuencia de sacramentos, trato íntimo con Dios en la oración, fortaleza en cumplir los deberes familiares, profesionales, sociales.

Al amanecer, a la hora tercia, a la hora sexta, a la hora nona, a la undécima y a cualquier hora del día puede Dios llamar a la conversión. Buscad al Señor mientras se le puede encontrar. Invocadle mientras está cerca. Que el impío deje su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, que se convierta al Señor y se compadecerá de él, a nuestro Dios, que es pródigo en perdonar (Is 55, 6-7). Dios invita a la conversión. Para trabajar en la viña del Señor es necesario decidirse, a volver a Dios. Y no es preciso buscarle porque el Señor se deja encontrar, es más, es Él quien va en busca de la oveja perdida, de quien se ha alejado de la viña. El hombre que está en la plaza, parado, ocioso, no debe dejar pasar esa oportunidad que Dios le brinda. No hagamos oídos sordos a la llamada a trabajar en la viña, a convertirnos. Hasta la última hora del día hay posibilidad de convertirse. Pero, después, llegada la noche, ya no es posible. San Agustín, urgiendo a la conversión, escribió: No digas, pues, “Mañana me convertiré, mañana agradaré a Dios, y todas mis iniquidades de hoy y de ayer se me perdonarán”. Dices verdad al afirmar que Dios prometió el perdón a tu conversión; pero no prometió el día de mañana a tu dilación.

Continuemos con la lectura de la parábola. A la caída de la tarde le dijo el amo a su administrador: “Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros”. Vinieron lo de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño: “A estos últimos que han trabajado sólo una hora los ha hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor”. Él le respondió a cada uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?” (Mt 20, 8-15).

Esta segunda parte de la parábola nos enseña la bondad y misericordia de Dios, superior a los criterios de justicia humanos. Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos (Is 55, 8), pudo decir el amo de la viña a los obreros de la primera hora, a los que soportado el peso del día y del calor. Las palabras citadas del profeta Isaías evidencian cómo en numerosas ocasiones hacemos planteamientos pequeños o nos quedamos cortos ante las grandes cosas que Dios nos tiene preparadas. Todos somos deudores de la libre disposición de la bondad divina que nos ha llamado a trabajar en su viña. Aquellos obreros llamados al amanecer, con su actitud, parecen acusar al amo de injusticia. Ni Dios es injusto ni nosotros debemos juzgarle. Tengamos en cuenta estas otras palabras de Dios recogidas por Isaías: Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos, y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos (Is 55, 9).

En las justicias humanas no caben los criterios de la generosidad de Dios: tanto trabajas, tanto cobras. Sin faltar a su palabra -había dicho que recibirían un denario- el Señor da a todos por igual -un denario- porque le mueve el amor y mira las necesidades, no las horas de trabajo. Siempre da más de lo que merecemos. Son tantos los beneficios, tantas gracias, como recibimos de su mano. Y todo por pura bondad.

Nuestra actitud natural debe ser el de aceptar sus dones y darle gracias por todo, agradeciéndole especialmente que haya querido con nosotros en su plan salvífico. Por otro lado, se resalta que lo importante es responder positivamente a la llamada divina sin importar el momento en que se produzca. Serán verdaderos discípulos los que conozcan esa bondad divina y la manifiesten con obras.

Es motivo de más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión (lc 15, 7). Igualmente es para motivo de alegría ver que a lo largo del día van llegando obreros a la viña del Señor y comparten con nosotros el trabajo siempre fatigoso de la vendimia de la vid, para preparar el vino de la Misericordia divina. A ellos y a los que han soportado el peso de una larga jornada, al final del día, Dios los llama para acogerlo en sus brazos paternos llenos de bondad.

Al final de la parábola, el Señor dice: Así los últimos serán primeros y los primeros últimos (Mt 20, 16). Estas expresión podemos considerarla referida al pueblo hebreo: Dios lo llamó a primera hora, aunque al final se ha dirigido también a los gentiles.

Pidamos a Santa María que todos los que trabajamos juntos en la viña del Señor, el Padre celestial, al final de la vida terrena, a cualquier hora y en cualquier momento, nos acoja en su reino eterno, liberados definitivamente de lo que quede en nosotros de la fragilidad humana, y nos conceda el premio prometido a los servidores buenos y fieles del Evangelio.

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