EL “SÍ” A DIOS. Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Jesucristo, dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, dijo ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo lo mismo. Éste le respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? El primero, dijeron ellos (Mt 21, 28-31). Aquí se ve dos actitudes claramente diferentes. Un hijo -el mayor- hizo la voluntad de su padre, y el otro, no. También a cada uno de nosotros nos dice Dios que vayamos a trabajar a su viña. ¿Y cuál es nuestra respuesta? No basta decir “sí”, sino hacer lo que el Señor nos pide. El mensaje de la parábola está claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Seguramente todos estaremos pensando en otra actitud, que es la más correcta: decir sí y hacerlo. Ésta debe ser nuestra actitud, que es la Jesucristo.

El papa Benedicto XVI, comentando esta parábola, dijo: En el Evangelio se habla de dos hijos, pero tras los cuales hay misteriosamente un tercero. Éste dice “sí” y hace lo que se le ordena. Este tercer hijo es el Hijo unigénito de Dios. Jesús, entrando en el mundo, dijo: “He aquí que vengo… para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 7). A quien hemos de imitar es al Señor, Él es nuestro modelo.

La ruina le sobrevino al género humano por la desobediencia. El hombre ha sido redimido por Cristo: la Redención es fruto de la obediencia libre de Jesucristo a la Voluntad del Padre. Pues como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos (Rm 5, 19). Cristo nos dio un ejemplo maravilloso de obediencia. En toda su vida se ve ese afán de cumplir los decretos divinos, y manifestó repetidas veces su ardiente deseo de cumplir la Voluntad del Padre: Mi alimento es hacer la Voluntad del que me ha enviado (Jn 4, 34). En su oración de Getsemaní, se nos muestra como ejemplo de unión perfecta con el querer de Dios: no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42). Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir.

El “sí” de Cristo va acompañado de obras. No solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta la muerte. En el himno cristológico de la Carta a los Filipenses, san Pablo dice: Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2, 5-8).

Jesús, durante su vida terrena -en todo momento- cumplió la voluntad del Padre en humildad y obediencia. Según los decretos divinos, murió en la cruz por todos los hombres -por nosotros- y nos ha redimido de nuestra soberbia y obstinación. Por esa obediencia del Señor, Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos (Flp 2, 9-10). Seamos agradecidos con el Señor, dándole gracias por su sacrificio redentor, y doblemos las rodillas ante su Nombre confesando con nuestra lengua, junto con los discípulos de la primera generación: Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre (Flp 2, 11).

El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad (Benedicto XVI). El mismo Jesús indicó el camino del Cielo: No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt 7, 21). Procuremos, pues, querer con Él lo que Él quiera, sin otra voluntad que la suya.

Después de que los interlocutores de Jesús respondieran a la pregunta que les hizo, prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por el camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto, os movisteis después a penitencia para poder creer en él (Mt 21, 31-32). San Juan Bautista había enseñado el camino de la santidad, anunciando el Reino de Dios y predicando la conversión. Los sacerdotes, ancianos escribas y fariseos no le habían creído, a pesar de jactarse de una actitud oficial de fidelidad a los planes de Dios. Estaban representados por el hijo que dice “voy” y luego no va. En cambio los publicanos y las meretrices que se arrepintieron y rectificaron su vida les precederán en el Reino: vienen a ser el hijo que dice “no voy”, pero luego va. El Señor pone de relieve que la penitencia y la conversión pueden enderezar y situar a todos en camino de santidad, aunque hayan vivido mucho tiempo alejados de Dios.

Las palabras de Cristo –los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Diostraducidas al lenguaje de nuestro tiempo, podrían sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe (Benedicto XVI). Sin embargo, aclaraba Benedicto XVI, esto no significa en modo alguno que se deba considerar a todos los que viven en la Iglesia y trabajan en ella como alejados de Jesús y del Reino de Dios. Absolutamente no.

En el Evangelio se cita nombres de publicanos que son santos: Mateo y Zaqueo. Y en el Santoral de la Iglesia hay santas que fueron prostitutas antes de su conversión. Y son santas porque se arrepintieron de sus pecados, de su mala vida, e hicieron penitencia. Citemos a dos: Santa Pelagia de Antioquía y santa María Egipcíaca. Pues, por muy grande que sea el pecado, cuando hay arrepentimiento, la misericordia divina es mayor. Esta misericordia es diáfana desde el principio de la Revelación bíblica, puesto que Dios siempre está pronto a perdonar. Dice Dios por medio del profeta Ezequiel: Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido para practicar el derecho y la justicia, conservará su vida. Ha abierto los ojos y se ha apartado de todos los crímenes que había cometido; vivirá sin duda, no morirá (Ez 18, 27-28).

Jesús hablaba a los judíos que viéndole no creyeron en Él ni se arrepintieron de sus malas obras. Pero también es una invitación para que recemos por la conversión de los pecadores, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10). La conversión salva. La Iglesia no duda nunca en denunciar la malicia del pecado; proclama la necesidad de la conversión, e invita a los pecadores a reconciliarse con Dios. La conversión no se reduce a un buen propósito de enmienda, sino que es preciso cumplirlo, aunque cueste. Jacinta, vidente de Fátima, le dijo a su hermano Francisco: Da muchos saludos de mi parte a nuestro Señor y a nuestra Señora, y diles que estoy dispuesta a sufrir todo lo que quieran con tal de convertir a los pecadores. Seamos generosos en la oración y en el sacrificio por la conversión de los pecadores.

Otra enseñanza de la parábola, es la libertad que Dios nos ha concedido. Cuando el hijo mayor le dice que no, el padre no le obliga. Si va después a la viña, es por ha recapacitado, y libremente decide hacer lo que su padre le ha pedido. Comentaba Benedicto XVI: Ante todas las cosas terribles que suceden hoy en el mundo, hay teólogos que dicen que Dios de ningún modo puede ser omnipotente. Frente a esto, nosotros profesamos nuestra fe en Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y nos alegramos y agradecemos que Él sea omnipotente. Pero, al mismo tiempo, debemos darnos cuenta de que Él ejerce su poder de manera distinta a como nosotros, los hombres, solemos hacer. Él mismo ha puesto un límite a su poder al reconocer la libertad de sus criaturas. Estamos alegres y reconocidos por el don de la libertad. Pero cuando vemos las cosas tremendas que suceden por su causa, nos asustamos. Fiémonos de Dios, cuyo poder se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón.

No hay duda alguna que Dios desea nuestra salvación. Es un Dios cercano y su corazón se conmueve por nosotros. Es un Dios lleno de amor, su misericordia es infinita. Pero para que el poder de su misericordia pueda tocar nuestros corazones, es preciso que nosotros -libremente- le digamos “sí”, que le abramos las puertas de nuestro corazón. Para el perdón se necesita la libre disponibilidad para abandonar el mal, superar la indiferencia y dar cabida a su Palabra. Dios respeta nuestra libertad. No nos coacciona. Él espera nuestro “sí”, y, por decirlo de alguna forma, lo mendiga. Ése el proceder de Dios.

Y vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Qué no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que no es justo? (Ez 18, 25). Es posible que los sacerdotes y ancianos del pueblo, al escuchar a Cristo también dijeran lo mismo que sus antepasados –no es justo el proceder del Señor-. Pero si ellos, los expertos en religión de su pueblo, no hubieran convertido su religiosidad en una rutina, que hizo que percibieran el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús como una molestia, no habrían recibido el reproche del Señor, ni advertencia: Si el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, a causa del mal que ha cometido muere (Ez 18, 26).

La vida cristiana debe medirse continuamente con Cristo. San Pablo nos exhorta: Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir (Flp 2, 1-2). Queramos nosotros dar alegría a Dios. Digamos siempre “sí” a Dios. Hagamos lo que Él nos pida. No hay para mí mayor alegría que oír que mis hijos caminan en la verdad (3 Jn 1, 4).

Para decir “sí” se requiere la humildad. Nos dice san Pablo: No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás (Flp 2, 3-4). La humildad es una virtud que en el mundo de hoy y, en general, de todos los tiempos, no goza de gran estima, pero sólo desde la humildad se puede escuchar la Palabra de Dios que nos invita a trabajar en su viña.

La humildad de Santa María hizo posible que respondiera al ángel: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). María anticipa así la tercera invocación del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”. Dice “sí” a la voluntad grande de Dios, una voluntad aparentemente demasiado grande para un ser humano. María dice “sí” a esta voluntad divina; entra dentro de esta voluntad; con un gran “sí” inserta toda su existencia en la voluntad de Dios, y así abre la puerta del mundo a Dios. Adán y Eva con su “no” a la voluntad de Dios habían cerrado esta puerta (Benedicto XVI).

La Virgen nos invita a decir también nosotros este “sí”, que a veces resulta tan difícil. Sentimos la tentación de preferir nuestra voluntad, pero ella nos dice: “¡Sé valiente!, di también tú: Hágase tu voluntad”, porque esta voluntad es buena. Al inicio puede parecer un peso casi insoportable, un yugo que no se puede llevar; pero, en realidad, la voluntad de Dios no es un peso. La voluntad de Dios nos da alas para volar muy alto, y así con María también nosotros nos atrevemos a abrir a Dios la puerta de nuestra vida diciendo “sí” a su voluntad, conscientes de que esta voluntad es el verdadero bien y nos guía a la verdadera felicidad.

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