EN LA VIÑA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Voy a cantar a mi amado la canción de mi amigo a su viña: Mi amado tenía una viña en una loma fértil. La cercó con una zanja y la limpió de piedras, la plantó de cepas selectas, construyó en medio una torre, y excavó un lagar. Esperó a que diera uvas, pero dio agrazones (Is 5, 1-2). Con estas palabras comienza el profeta Isaías la “canción de la viña”, una pequeña obra maestra de la poesía judía. Esta canción solía cantarse en el otoño, durante la vendimia. Por viña se entiende un terreno plantado de muchas vides. Y el fruto de la vid es la uva. La uva pisada en el lagar da el vino. El Salmista dice que el vino “alegra el corazón”.

Para el profeta, la viña es la “casa de Israel”, y Dios, el viñador. A pesar de los muchos cuidados que puso el labrador, las vides no dieron buenas uvas, sino agrazones, recimillos de uvas que nunca maduran, inservibles para sacar vino. Bajo la imagen del viñador desencantado se descubre al Señor dolorido por la falta de justicia de su pueblo. De ahí que se pregunte: ¿Qué más pude hacer por mi viña, que no hiciera? ¿Por qué esperaba que diera uvas, y dio agrazones? (Is 5, 4). Este versículo ha pasado a la liturgia del Viernes Santo, en los Improperios, en esas sentidas quejas que Jesucristo dirige a su pueblo, al cual había colmado de beneficios. ¿Qué más debí hacer por ti que no hiciese? Yo te planté como viña preciosísima: ¡y tú me has salido tan amarga!

En los Improperios, que se canta durante la adoración de la Cruz, se recuerda lo que hizo Dios por el Pueblo elegido: Te saqué de la tierra de Egipto; te abrí paso en el mar; te llevé durante cuarenta por el desierto y te serví de guía; te alimenté con el maná y te di de beber una agua saludable; te entré en una tierra muy buena… La ingratitud de la “casa de Israel” está patente en la Pasión del Señor: Preparaste una cruz para tu Salvador; me diste a beber hiel y vinagre; con una lanza abriste mi costado; me entregaste a los príncipes de los sacerdotes; me llevaste al pretorio de Pilato; me moliste a bofetadas y azotes; me heriste con una caña y pusiste en mi cabeza una corona de espinas; me levantaste en el patíbulo de la Cruz.

La Palabra de Dios presenta la imagen de la viña como símbolo del pueblo que el Señor eligió. Como una viña, el pueblo requiere mucho cuidado, requiere un amor paciente y fiel. Así se comporta Dios con nosotros. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. También se puede referir la viña al alma de cada cristiano. Ésta, cuidada amorosamente por Dios, regada con las aguas bautismales y abonada con la gracia, debería dar abundantes frutos de santidad. Y sin embargo, ¿en cuántas ocasiones da agrazones en vez de uva? ¿Nuestra vida cristiana no es a menudo mucho más vinagre que vino?

Fijémonos en algunos de los beneficios que hemos recibido de Dios. En primer lugar, Dios nos ha creado y somos hijos suyos. Después, Cristo nos ha redimido y nos ha abierto las puertas del Cielo. También, estamos bautizados en la Iglesia Católica. Además nos ha dado a su Madre como Madre nuestra. ¿Y en cuántas ocasiones nos ha perdonado los pecados? Y podríamos seguir diciendo más dones. Pero lo más importante ya está dicho: somos hijos de Dios y el Señor nos ha preparado un lugar maravilloso para que seamos eternamente felices. Hemos sido creados para la gloria del Cielo. Y en la tierra estamos de camino hacia ese lugar de felicidad.

De la “casa de Israel”, Dios esperaba juicio y encontró prejuicios, justicia y encontró lamentos (Is 5, 7). Dios espera de nosotros que demos frutos de santidad. Triste cosa sería que el Señor no encontrara en nuestra vida esos frutos. Al amor ya conocido de Dios no se puede responder de otro modo que con amor. Sin embargo, existe la posibilidad -Dios no lo permita- de ofenderle. El pecado es negación de la fidelidad a Cristo. Las palabras de la Escritura son fuertes: Los que pecan, crucifican nuevamente a Jesucristo dentro de sí mismos (Hb 4, 6). No defraudemos a Dios y demos los frutos del Espíritu, que son: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la lealtad, la mansedumbre, el dominio de sí (Ga 5, 22-23).

En una de sus parábolas -la de los viñadores homicidas-, Jesucristo comienza con una evocación implícita a la “canción de la viña”. Escuchad otra parábola: Había un hombre, dueño de una propiedad, que plantó una viña, la rodeó de una cerca y cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos de allí (Mt 21, 33). En esta parábola Jesús compendia la historia de la salvación y la suya propia.

Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo envió a otros siervos, más numerosos que los primeros, pero les hicieron lo mismo. Por último les envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y nos quedaremos con su heredad”. Y lo agarraron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron (Mt 21, 34-39). Claramente se puede ver el siguiente simbolismo. Los viñadores, encargados por Dios del cuidado de su pueblo, simbolizan a las clases dirigentes de Israel. Dios había enviado en diversos tiempos a los profetas, que no habían recogido el fruto, sino que fueron maltratados o muertos. De este envío de los profetas hace referencia la Carta a los Hebreos: En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas (Hb 1, 1).

Los jefes de Israel, que habían recibido el encargo de cuidar de la viña del Señor, no actuaron como administradores, sino como dueños tiranos. Pese a los esfuerzos de Dios por hacer que el pueblo elegido diera frutos, la resistencia de los hombres, especialmente de los dirigentes del pueblo, hizo que la viña no diera los frutos deseados.

En el hijo del dueño de la viña está simbolizado a Jesús. El hijo amado (Mc 12, 6) es Jesús. En estos últimos días (Dios) nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo (Hb 1, 2). El hecho de que el hijo fuera arrojado fuera de la viña y matado, es lo que le ocurrió al Señor. En la Historia de la Salvación vemos que Dios ha enviado a su Hijo Único, Jesús. Su muerte tuvo lugar fuera de los muros de Jerusalén.

Cuando venga el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: “A esos malvados les dará una mala muerte, y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo”. Jesús les dijo: “¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos?” Por esto os dijo que se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos (Mt 40-43). El evangelista habla del castigo de los viñadores homicidas. Es lógico el castigo de Dios, ya profetizado por Isaías: Os daré a conocer lo que voy a hacer con mi viña: arrancaré su seto para que sirva de leña; derribaré su cerca para que la pisoteen; la haré un erial, no la podarán ni la labrarán, crecerán cardos y zarzas, y mandaré a las nubes que no descarguen lluvia en ella (Is 5, 5-6). San Mateo es el único evangelista que al narrar la parábola habla de que la viña se entregará a un pueblo que rinda sus frutos, en clara alusión a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, cuyo fundamento es Cristo resucitado, piedra que rechazaron los constructores, los judíos.

El plan de Dios de redimir a la humanidad no fracasa con el rechazo del Mesías por parte de Israel. Este rechazo hizo que Dios escogiera un nuevo pueblo cimentado en Cristo, nueva piedra angular. San Ireneo, comentando esta parábola, escribió: (La viña) el Señor Dios la consignó -no ya cercada, sino dilatada por todo e mundo- a otros colonos que den fruto a sus tiempos, con la torre de elección levantada en alto por todas partes y hermosa. Porque en todas partes resplandece la Iglesia, y en todas partes está cavando en torno al lagar, porque en todas partes hay quienes reciben al Espíritu.

Los frutos de este nuevo Pueblo de Dios son patentes. La historia de la Iglesia es una historia de santidad con el resplandor de Dios en sus santos. La Iglesia mejorado a la humanidad porque ha sido fiel a Cristo y lo ha hecho precisamente en la medida que ha sido fiel a sus mandamientos. De ella se puede decir que es la cepa de las delicias (Is 5, 7) de la viña del Señor. Ahora bien, los frutos están en relación con la docilidad a la acción de Dios. Para dar fruto es preciso ser dócil al plan de Dios. Cada fiel cristiano, miembro de la Iglesia Católica, tiene su propia vocación, ha recibido de Dios una porción de su viña amada en su vida, ha sido colocado en un lugar preciso de la Iglesia y tiene una misión personal e intransferible. No la podemos desempeñar de cualquier modo o según nuestros caprichos. El éxito de la fecundidad espiritual radica en la obediencia al Plan de Dios, como se ve en la vida de los santos. El secreto radica en la identificación con Cristo obediente que sufre y ofrece su vida en rescate por la salvación de los hombres.

¿Cuál es esa porción de viña que he recibido? ¿Cómo la trabajo y la cuido? ¿Hasta qué punto soy consciente de que los frutos son de Dios y debo entregárselo a Él? Cada uno le decimos ahora al Señor: Gracias por los dones que me has dado, por las gracias con que me has enriquecido, por las personas que me han sido confiadas. Quiero entregarte los frutos de las buenas obras que Tú me pides. También te entrego las ganas de producir más y mejores frutos en actitudes y palabras que me hagan poder contestar a ese amor tan inmenso que me tienes.

Tengamos en cuenta las palabras de san Pablo dirigidas a los filipenses: Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros (Flp 4, 8-9). Todas las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo tienen un valor divino, son buenas, y le sirven al cristiano para acercarse a Dios. Por eso se las entregamos a Dios, son los frutos que le ofrecemos y por los que le damos gracias.

Mientras estemos trabajando en la viña del Señor, encontraremos dificultades. Pero no debe haber motivo de inquietud. No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4, 6-7).

Santa María, Huerto cerrado (Ct 4, 12), toma bajo tu protección materna a todos los operarios de la viña de tu Hijo, y haz que sepamos ofrecer a Dios el fruto de nuestro esfuerzo por extender el Reino de Dios por toda la tierra. Y que con nuestro trabajo haya en la tierra paz, libertad, verdad, justicia y esperanza.

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