EL BANQUETE DE LAS BODAS DEL HIJO DEL REY. Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). Desde el principio, Dios habla con el hombre. La caída de nuestros primeros padres acarreó la ruina del género humano e introdujo en el mundo la muerte. El paraíso terrenal se convirtió en un valle de lágrimas. Pero Dios no abandonó al hombre al poder de la muerte, sino que compadecido decidió redimirlo. En el Protoevangelio se habla ya de la salvación. El hombre es expulsado del paraíso, pero con esperanza. Vendrá un Mesías que abrirá las puertas del Cielo que el hombre había cerrado con su pecado. En la Sagrada Escritura está narrada la Historia de la Salvación. Los profetas hablan en nombre de Dios, y manifiestan verdades sobrenaturales y naturales acerca de la naturaleza divina y del decreto de salvación para con el hombre.

La Redención es universal. Así se deduce estas palabras del profeta Isaías: Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos (Is 25, 6). El Señor ha preparado a todos los pueblos un singular banquete. Dios les hará partícipes de manjares suculentos y vinos exquisitos. Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable. Es un anuncio del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” del que habla san Juan en el Apocalipsis. Alegrémonos, saltemos de júbilo; démosle gloria, pues llegaron las bodas del Cordero y se ha engalanado su esposa; le han regalado un vestido de lino deslumbrante y puro: el lino son las buenas obras de los santos. Entonces me dijo: Escribe: Bienaventurados los llamados a las bodas del Cordero (Ap 19, 7-9). La alegría de los santos, de la Iglesia celeste, se refleja en alabanzas a Dios, por la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el demonio; y por la plena instauración del Reino de Dios, que es amor y se manifiesta en un banquete de bodas, en las nupcias del Cordero. Con esas nupcias, contemplada desde la perspectiva del final de la historia, se está mostrando a la Iglesia de todos los tiempos, y el objetivo y la tarea cotidiana de los cristianos: preparar su vestido nupcial -mediante las buenas obras, la alabanza y la vida santa- para entrar en el banquete de bodas.

Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros (Is 25, 8). Esta profecía de Isaías se cumplió con Jesucristo. San Pablo, en la primera carta a los cristianos de Corinto, cita esta predicción, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad , y este cuerpo mortal se haya convertido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? (1 Co 15, 54-55). Y también san Juan se refiere al versículo de Isaías al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: Y enjugarás toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Ap 21, 4). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria: allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).

La figura del banquete adquiere en el Nuevo Testamento una significación peculiar, pues le sirve a Jesús para describir el Reino de Dios. Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo (Mt 22, 1-2). Con esta parábola –la de los invitados a las bodas– el Señor explica la formación de la Iglesia como convocatoria universal a la salvación. Todos los hombres estamos invitados al banquete de Dios, aunque no todos participarán del mismo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: “Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda” (Mt 22, 3-4). Con qué cariño Jesucristo nos ha preparado un lugar en el Cielo. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando yo me haya marchado y os haya preparado el lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy estéis también vosotros (Jn 14, 2-3).

El rey no se da por vencido a la primera negativa de los invitados. Insiste. La conversión va precedida de una gracia actual que da gratuitamente Dios. Si el pecador rechaza esta gracia, Dios no está obligado a concederle otra gracia. Si la da, es por su infinita misericordia. El pecador impenitente es como los invitados al banquete de boda que rechazan la invitación. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad (Mt 22, 5-7). Dios quiere la salvación de todos los hombres, pero respeta nuestra libertad. Si alguien se empecina en el pecado sin arrepentirse no se salva, pero porque él lo ha querido. Y será castigado como los invitaron que rehusaron ir a las bodas del hijo del rey. El rechazo a la invitación por parte de muchos es tan grave que merece un castigo definitivo. Ante la llamada de Dios a la aceptación de la fe y de sus consecuencias, a la conversión, no hay intereses humanos que se puedan oponer razonablemente. No admite excusas.

En estos primeros invitados está representado Israel, pues no sólo ha rechazado el banquete de Dios, su llamada a la salvación, sino que ha maltratado y matado a los siervos que le ha enviado su Señor. Por eso su destino es fatídico. Dios había elegido a Israel para que fuera mediador de la salvación; pero cuando estaba ya todo preparado y envió a su Hijo, los primeros invitados -el Israel más digno- lo rechazaron. Por eso Dios ahora fundará su Iglesia con los despreciados de Israel y con los paganos.

El rechazo de Israel lleva consigo una nueva iniciativa de Dios, que ahora llama a todos los hombres a la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios. Entonces dice a sus siervos: “La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda”. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales (Mt 22, 8-10). Los que responden a la llamada son malos y buenos, y no todos son dignos porque no todos se han convertido el traje de bodas. Este episodio es así una llamada de alerta a quienes ya formamos la Iglesia: el fracaso de Israel señala el nuestro si no nos mostramos dignos de la elección.

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 7). La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Mt 26, 28) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

El Señor acaba la narración de la parábola haciendo referencia al traje de boda. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?” Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos (Mt 22, 11-14). San Gregorio Magno se pregunta y él mismo se responde: ¿Qué debemos entender por el vestido de boda sino la caridad? De modo que entra a las bodas, pero no entra con vestido nupcial, quien, entrando en la Iglesia, tiene fe pero no tiene caridad.

El papa Francisco, comentando esta parábola, dice: La invitación al banquete de bodas tiene tres características: la gratuidad, la generosidad, la universalidad. Son muchos los invitados, pero sucede algo sorprendente: ninguno de los escogidos acepta participar en la fiesta. La bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie: por eso el banquete de los dones del Señor es universal, para todos. Solamente hay una condición: vestir el traje de bodas, es decir, testimoniar la caridad hacia Dios y el prójimo. Como Dios es remunerador –En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús (Flp 4, 19)- y no se deja ganar en generosidad, quien vive la caridad recibirá la gloria eterna ganada por Jesucristo. Aconsejaba san León Magno: Que quien distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá.

La parábola de los invitados a las bodas ofrece muchas claves para el apostolado y la misión de los cristianos. La invitación a esta fiesta prefigura al deseo divino de la salvación de los hombres. Dios llama a todos al banquete, que es el Reino de los Cielos. Fueron avisados los convidados: Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso. Hoy día hay que recordarles a muchos que Dios nos ha creado para el banquete celestial, que es desatino ocuparse de las cuestiones temporales olvidándose de los asuntos de su alma; ya que la riqueza de esta vida, comparada con la felicidad eterna, no es nada. La invitación de Dios exige muchas veces sacrificar intereses humanos y habrá personas que no sean capaces de captar la grandeza de lo que Dios ofrece, pero no por eso los siervos del Señor deben dejar de empeñarse en buscar nuevos invitados porque todavía queda sitio.

No desfallezcamos en el estupendo intento de poner al descubierto las inquietudes espirituales que hay en todas las almas para ofrecerles la satisfacción oportuna. Especialmente en los tiempos actuales, es muy importante enseñar o recordar, a quienes tratamos, que la vida terrena es una etapa transitoria de la existencia humana. Dios nos ha creado para la vida eterna, nos ha destinado a participar de su misma Vida divina, alcanzando así una dicha completa e inacabable (Javier Echevarría, Carta 1.XII.1998).

En la Vida eterna no hay hambres, ni lágrimas, ni achaques, ni vejez, ni muerte, ni llantos, ni noches, ni dolores, ni excesivos fríos, ni excesivos calores. Todo es favorable. Todo es imponente. Todos los sueños del corazón: satisfechos. Todo es gozo: con Dios, con Cristo, con Santa María, con San José, y con nuestro Ángel Custodio, y con todos los amores grandes y nobles que nos han acompañado en este mundo, ¡pero más! Todas las ilusiones de aquí, ¡pero mejor! Las ambiciones santas de acá, ¡pero para siempre! Todo lo que tiene de hermoso la vida, tiene entrada en el Cielo… Y en el Cielo, en un día eterno, se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación (Is 25, 9). A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Flp 4, 20).

El Cielo es el único bien que está al alcance de todas las fortunas. Las posibles dificultades que puedan presentarse en la vida no constituyen un obstáculo insalvable ni pueden ser ocasión para perder la paz. El cristiano cuenta con la fortaleza que Dios proporciona. Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 13), y con la ayuda de la Virgen María para vestir el traje de boda y participar en el banquete que Dios nos ha preparado en el Cielo.

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