La raíz perversa de la mundanidad


En elprimer libro de los Macabeos se lee: Antíoco IV decretó para todo su reino que todos fuesen un solo pueblo y que cada cual renunciase a sus propias tradiciones. Todos los gentiles aceptaron el edicto del rey. Muchos en Israel adoptaron de buen grado su religión, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El rey, mediante mensajeros, envió decretos a Jerusalén y a las ciudades de Judá para que vivieran conforme a tradiciones extrañas a las del país: que se prohibiera hacer holocaustos, sacrificios y libaciones en el Santuario; que profanaran los sábados y los días de fiesta; que el Santuario y los objetos sagrados fueran contaminados; que levantaran altares, templos e ídolos; que hicieran sacrificios de cerdos y animales impuros; que no circuncidaran a sus hijos y que hicieran sus almas abominables con toda clase de inmundicia y profanación; así se olvidarían de la Ley y cambiarían todas sus buenas costumbres. El que no cumpliera la orden del rey sería condenado a muerte (1 M 1, 41-50).

La “raíz perversa” de la mundanidad. Los guías del pueblo no quieren que Israel se aísle de las demás naciones, y así abandonan sus propias tradiciones para ir a negociar con el rey. Van a “negociar” y están encantados por ello. Es como si dijesen “somos progresistas, vamos con el progreso adonde va toda la gente”. Se trata del “espíritu del progresismo adolescente”, que se cree que ir detrás de cualquier elección es mejor que permanecer en las costumbres de la fidelidad.

Esta gente, por tanto, negocia con el rey “la fidelidad al Dios que siempre es fiel”. Esto se llama “apostasía”, “adulterio”. No están, de hecho, negociando valores, sino que negocian con la esencia de su ser: la fidelidad al Señor.

Ésta es una contradicción: no negocian con los valores, sino con la fidelidad. Esto es el fruto del demonio, del príncipe de este mundo, que nos lleva adelante con el espíritu de mundanidad. Y después, llegan las consecuencias. Han tomado las costumbres de los paganos, después se va un paso adelante: el rey ordena que, en todo su reino, todos formasen un solo pueblo, abandonando cada uno sus propias costumbres. No es la bella globalización de la unidad de todas las Naciones, cada una con sus propias costumbres pero unidas, sino que es la globalización de la uniformidad hegemónica, es la del pensamiento único. Y este pensamiento único es fruto de la mundanidad.

“Todos los pueblos se adecuaron a las órdenes del rey; aceptaron también su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado”. Paso a paso “se va por este camino”. Y al final, “el rey alzó sobre el altar un abominación de devastación”.

¿Pero, padre, esto también sucede hoy? Sí. Porque el espíritu de la mundanidad también existe hoy, también hoy nos lleva, con esta voluntad de ser progresistas, hacia el pensamiento único. Si a alguien se le encontraba el Libro de la Alianza y se sabía que obedecía la Ley, la sentencia del rey lo condenaba a muerte: esto lo hemos leído en los periódicos, en estos meses. Esta gente ha negociado con la fidelidad a su Señor; esta gente, movida por el espíritu del mundo, ha negociado con su propia identidad, ha negociado con su pertenencia a un pueblo, un Pueblo muy amado por Dios, que Dios quiere que sea suyo.

En la novela de principios del siglo XX “El Señor del mundo” (el autor es Thomas Hugh Benson, converso inglés, sacerdote) se habla de este espíritu de mundanidad que nos lleva a la apostasía. Hoy se piensa que debemos ser como todos, debemos ser más normales, como hacen todos, con este progresismo adolescente. Y continúa la historia: Las condenas a muerte, los sacrificios humanos. Pero vosotros, ¿creéis que hoy no se hacen sacrificios humanos? ¡Se hacen muchos, muchos! Y hay leyes que protegen esto.

Lo que nos consuela es que ante este camino que hace el espíritu del mundo, el príncipe de este mundo, el camino de infidelidad, siempre permanece el Señor, que no puede negarse a sí mismo, el Fiel: Él siempre nos espera, Él nos ama tanto y nos perdona cuando nosotros, arrepentidos por haber dado un paso, aunque sea uno pequeño, en este espíritu de mundanidad, volvemos hacia Él, el Dios fiel a su Pueblo que no es fiel. Con el espíritu de hijos de la Iglesia recemos al Señor para que con Su bondad, con Su fidelidad, nos salve de este espíritu mundano que negocia todo: que nos proteja y nos haga seguir adelante, como hizo que anduviera su pueblo por el desierto, llevándolo de la mano, como un papá lleva a su hijo. De la mano del Señor estaremos seguros (Papa Francisco).

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