Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Tercera y cuarta persecuciones)


Tercera y cuarta persecuciones

¿Cuándo tuvo lugar la tercera persecución? A comienzos del siglo II, bajo el imperio de Trajano. En el año 106, Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió al emperador para consultarle sobre la conducta que debía seguir respecto de los cristianos. En la carta, refiriéndose a los cristianos, le decía: Todo su crimen consiste en cantar himnos en honor de Cristo. Son numerosos: los hay de toda edad y estado, tanto en las poblaciones como en el campo, de modo que los templos de nuestros dioses se ven casi desiertos. Por lo demás, su vida es pura e inocente. En la respuesta, Trajano decía que no debía andar en averiguaciones con relación a los cristianos, pero si eran acusados y convictos de serlo, debía condenarlos a muerte.

Un escritor cristiano de los primeros siglos -Tertuliano- comentó: Sentencia extraña, pues prohíbe hacer indagaciones sobre si los cristianos son inocentes y, sin embargo, manda castigarlos como si fuesen culpables.

¿Cuáles son los mártires más conocidos de esta persecución? En la persecución de Trajano los mártires más notables son el papa san Clemente I; san Ignacio, obispo de Antioquía; y el obispo san Simeón, que fue el sucesor del apóstol Santiago el Menor en la sede de Jerusalén. Este santo obispo era ya centenario en edad cuando fue reducido a prisión por la fe; y después de haber sufrido muchos tormentos, tuvo la dicha de morir en una cruz como Nuestro Señor Jesucristo, de quien era pariente.

Durante el reinado de Adriano, sucesor de Trajano, aunque el emperador se mostró tolerante, hubo también muchos mártires, entre los que figuran santa Sinforosa y sus siete hijos.

¿Por qué escribía cartas san Ignacio cuando fue llevado de Antioquía a Roma para ser martirizado? San Ignacio, discípulo del apóstol san Juan y segundo sucesor de san Pedro en la sede de Antioquía, venía siendo, desde hacía cuarenta años, la admiración de la Iglesia por sus eminentes virtudes. En una visita de Trajano a Antioquía, el emperador hizo que lo llevasen a su presencia, y después de un largo interrogatorio fue condenado al suplicio de las fieras y trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio.

El viaje de san Ignacio fue un continuo triunfo y una provechosa misión: por todas partes los fieles cristianos salían a su encuentro para besar sus cadenas y mostrarle profunda veneración. Durante el viaje, mientras experimentaba la ferocidad de sus centinelas, semejante a la de los leopardos, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias, en las cuales exhortaba a los hermanos a servir a Dios unidos con el propio obispo, y a que no le impidiesen poder ser inmolado como víctima por Cristo.

En cuanto llegó a Roma, fue llevado al anfiteatro, y al ver los leones que se iban a lanzar sobre él, repitió, lleno de júbilo, aquello que antes había escrito a los romanos: ¡Trigo soy de Cristo y debo ser triturado por los dientes de las fieras para hacerme digno de Jesucristo! Momentos después veía cumplidos sus ardientes deseos. Los fieles recogieron sus ensangrentados y sagrados restos, y los enviaron a la Iglesia de Antioquía. Era el año 107.

¿Transcurrió tiempo entre la tercera y cuarta persecución? Sí, seis décadas. La cuarta persecución tuvo lugar bajo el reinado de Marco Aurelio, en al año 167. El emperador, prevenido contra los cristianos por las calumnias que se divulgaban, renovó los edictos de persecución que se habían dictado contra ellos.

Como mártires más notables están: San Policarpo, obispo de Esmirna (Asia Menor), martirizado en tiempos del reinado de Antonino Pío; en Roma fue martirizada santa Felicitas y sus siete hijos; también en la capital del Imperio dieron testimonio de su fe con el martirio san Justino, apologista de la religión cristiana, y la virgen santa Cecilia; y en las Galias, san Potino, primer obispo de Lyon, y san Sinforiano de Autún. Éste último era un joven, que supo mantener valerosamente su fe en presencia del juez pagano y fue condenado a morir decapitado. Cuando lo llevaban al patíbulo, su misma madre le exhortaba al martirio con estas palabras: ¡Mi querido hijo Sinforiano: acuérdate de Dios, ten valor! No se debe temer una muerte que nos lleva seguramente a la vida. Mira al cielo, hijo mío; desprecia los tormentos de un instante, que han convertirse en felicidad eterna.

San Potino, discípulo de Policarpo, fue la primera víctima de la persecución de Lyon, de donde era obispo. Como ya no podía andar a causa de su ancianidad, fue llevado al tribunal del Procónsul, donde confesó públicamente la fe de Jesucristo. Entregado con tal motivo a discreción del populacho desenfrenado, expiró en la cárcel dos días después, víctima de la violencia que había sufrido.

Otros muchos cristianos alcanzaron la palma del martirio a la vez que el santo obispo. Entre ellos, el adolescente de 15 años san Póntico, hermano de la joven esclava Blandina. Ésta, a pesar de su débil complexión, se mostró valiente en la fe, y con energía sobrehumana cansó a los verdugos encargados de martirizarla, repitiendo en medio de las mayores torturas: ¡Soy cristiana! Nosotros no hacemos mal a nadie ni cometemos ningún crimen.

¿Se conocen detalles del proceso y martirio de san Policarpo? Sí. Existe la Pasión de san Policarpo. Se entiende por Pasión de un mártir al relato de su proceso y de su suplicio.

San Policarpo fue denunciado por uno de sus sirvientes que también indicó el sitio donde se había refugiado, y fue hecho preso. Presentado al procónsul de Asia, éste quiso al principio inducirle a que renegase de la fe, diciéndole: Compadécete de ti mismo, maldice a Cristo, y te daré la libertad. San Policarpo contestó: ¿Por qué he de maldecirle? Hace ochenta y seis años que le sirvo y no me ha hecho sino bien. ¡soy cristiano! Si queréis conocer la doctrina de los cristianos, concededme sólo un día y os instruiré en ella.

Al oír estas palabras, el procónsul le ordenó: Justifícate ante el pueblo, y persuádele. San Policarpo le dijo: No; nuestra religión nos enseña a tributar los honores debidos al que está en el poder, siempre que no son sean incompatibles con la ley de Dios; debo, pues, contestaros cuando me preguntéis, pero como el pueblo no es mi juez, ninguna obligación tengo de justificarme ante él.

Irritado, el proncósul le amenazó: ¿Sabes tú que puedo mandar que te echen a las fieras? A lo que san Policarpo respondió con calma: Ya podéis hacerlas preparar. El procónsul de nuevo le amenaza, esta vez con un castigo mayor: Te haré morir abrasado. Y el santo obispo de Esmirna dijo: Me amenazáis con un fuego que sólo quema un momento, y es porque no conocéis el fuego eterno que está reservado a los impíos.

A petición del pueblo, el procónsul condenó a san Policarpo a ser quemado vivo. Cuando todo estaba preparado, el mártir se subió encima de la leña, dejando entrever su gozo; como quisieran atarlo a un poste, díjoles: Dejadme; es inútil esa precaución, toda vez que el me da fuerzas para sufrir me las dará también para mantenerme firme en medio de las llamas. Y dicho esto, se puso en oración.

Algunos instantes después prendieron fuego a la leña, y se levantaron grandes llamas; pero, por un milagro que llenó de consuelo a los fieles, las llamas, en lugar de abrasar a san Policarpo, se desplegaron alrededor de su cabeza como las velas de un barco henchidas por el viento. Se pusieron furiosos los paganos, y pidieron a gritos que le atravesasen de una estocada. Así se hizo, y, por un nuevo prodigio, la sangre del santo mártir apagó el fuego.

¿Hubo alguna tregua durante esta persecución? Sí. Hubo una tregua motivada por el siguiente hecho milagroso. Hallándose Marco Aurelio en guerra con los marcomanos, pueblo bárbaro y errante de Germania, se encontró cercado por ellos en un estrecho desfiladero, donde se había metido imprudentemente. El calor era asfixiante, y falto de agua el ejército romano se veía en la cruel alternativa de morir de sed o caer en manos del enemigo que se había posesionado de las alturas. En tan apurado trance, los soldados de la legión Melitina, cristianos en su mayor parte, doblan la rodilla e imploran el socorro de Dios con esa fe viva y ardiente que obra milagros. De repente se cubre el cielo de nubes, y mientras una benéfica lluvia refresca el campamento romano, un espantoso pedrisco, acompañado de truenos y relámpagos, destroza y dispersa las tropas enemigas. Desde entonces se dio el nombre de Fulminante a la legión Melitina. Este hecho ocurrió en el año 174.

El mismo emperador reconoció en una comunicación dirigida al Senado, que el ejército romano debía su salvación a las oraciones de los cristianos, y por ello prohibió que los molestaran en lo sucesivo bajo pretexto de religión.

Para conservar el recuerdo de aquel acontecimiento, lo hizo grabar Marco Aurelio en el pedestal de una columna que todavía existe en Roma, y es conocida con el nombre de Columna Antonina. Desgraciadamente olvidó pronto el emperador el gran beneficio recibido, y, apenas transcurridos tres años, el fuego de la persecución volvió a encenderse en las Galias, especialmente en la ciudades Autún y Lyon.

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