LA MISIÓN DEL BUEN PASTOR. Homilía del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)


Vosotros os habéis apartado del camino, habéis hecho tropezar a muchos con vuestra enseñanza (Ml 2, 8). Dios, por medio del profeta Malaquías, reprocha a los sacerdotes de Israel, a los que tenían la misión de guiar al pueblo elegido, de no haberlo hecho. En definitiva, de no ser buenos pastores. Tenían que conducir a los israelitas por el buen camino, pero al no obedecer el mandato del Señor de poner todo el corazón en glorificar el nombre de Dios, ese nombre que es respetado en las naciones (Ml 1, 14), han conducido al pueblo por una senda equivocada, haciendo tropezar a muchos. Por eso -dice el Señor de los ejércitos- os he hecho despreciables y abyectos para todos los pueblos, ya que nadie de vosotros guardó mis caminos e hicisteis acepción de personas ante la Ley (Ml 2, 9). Y de ahí que resulte ineficaz su tarea de pastorear: Enviaré contra vosotros la maldición y maldeciré vuestras bendiciones (Ml 2, 2). Para que resulte eficaz su ministerio, el profeta exhorta a los sacerdotes a vivir las virtudes que descubre la ley de Leví: el temor de Dios, la humildad y la veracidad en el hablar. Este último aspecto se subraya especialmente: el sacerdote no habla por sí mismo, es mensajero del Señor, y sus palabras deben ser sabiduría de la Ley.

En la primera carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses, se describe el comportamiento lleno de dulzura del buen pastor: Como una madre que da alimento y calor a sus hijos, así, movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. (1 Ts 2, 7-9). Esta conducta deben seguir todos los que en la Iglesia anuncian el Evangelio (sacerdotes, catequistas, misioneros y maestros). Bien lo entendió el beato Palafox: Que los buenos pastores han de ser más madres que Padres de sus feligreses, y en ningún caso Señores. Al igual que san Pablo, deben transmitir la doctrina evangélica y, al mismo tiempo con el amor de una madre por sus hijos, sin exigir a cambio recompensa material alguna. La vida de trabajo reforzó la autoridad moral del Apóstol de los gentiles cuando tuvo que denunciar la tentación de holgazanería, y sirve de admirable modelo para todas las generaciones de cristianos. San Juan Crisóstomo, poniéndose en el lugar de san Pablo, glosaba: Es verdad que os he predicado el Evangelio para obedecer un mandato de Dios, ¡pero os amo con un amor tan grande que habría deseado poder morir por vosotros! Tal es el modelo acabado de un amor sincero y auténtico. El cristiano que ama a su prójimo debe estar animado por estos sentimientos. Que no espere a que se le pida entregar su vida por su hermano, antes bien debe ofrecerla él mismo.

La predicación del Evangelio requiere toda clase de atenciones, pero ha de ofrecer certezas sólidas basadas en la palabra de Dios que permitan el arraigo, desarrollo y madurez en la fe de quienes la han recibido. Por tanto, se debe conservar, transmitir, exponer y difundir la doctrina católica con absoluta fidelidad. Pero también sabiendo acoger a todos, sin ninguna distinción. ¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? (Ml 2, 10). El buen pastor debe amar a sus ovejas. San Pablo no se limitó a predicar en la sinagoga o en otros lugares públicos, o en las reuniones litúrgicas cristianas. Se ocupó de las personas en particular; con el calor de una confidencia amistosa daba a cada uno aliento y consuelo, y les enseñaba cómo debían comportarse en su vida de modo coherente con la fe. Por eso, su predicación fue eficaz y pudo escribir: No cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes (1 Ts 2, 13).

En el Evangelio vemos cómo Jesús pone en contraste la conducta de los escribas y fariseos con la que debe ser la de los maestros cristianos. Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “rabbí” (Mt 23, 1-7). Estas palabras son una dura acusación contra los escribas y fariseos. En ellas delata sus principales vicios y corrupciones; y al mismo tiempo muestran el dolor y la compasión de Jesús hacia las gentes sencillas, mal conducidas por aquéllos, maltratadas y abatidas como ovejas sin pastor (Mt 9, 36). Jesús ve en la situación de su tiempo cumplida la profecía de Ezequiel, en la que Dios, por medio de este profeta, increpa a los malos pastores de Israel, en sustitución de los cuales enviará al Mesías.

Moisés entregó al pueblo la Ley que había recibido de Dios. Los escribas, que pertenecían en su mayoría al partido de los fariseos, tenían a su cargo enseñar al pueblo la Ley mosaica; por eso se decía de ellos que estaban sentados sobre la cátedra de Moisés. El Señor reconoce la autoridad con que los escribas y fariseos enseñan, en cuanto que transmiten la Ley de Moisés; pero previene al pueblo y a sus discípulos acerca de ellos, distinguiendo entre la Ley que ellos leen y enseñan en las sinagogas y las interpretaciones prácticas que ellos muestran con su vida. También san Pablo -fariseo e hijo de fariseo, manifestará acerca de sus antiguos colegas un juicio idéntico al de Jesús: Tú, que enseñas a otros, ¿cómo no te enseñas a ti mismo?; tú, que predicas no hurtar, hurtas…; tú, que te glorías en la Ley, con la violación de la misma Ley, deshonras a Dios. Vosotros sois la causa, como dice la Escritura, de que sea blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles (Rm 2, 21-24).

Los fariseos y escribas decían, pero no hacían. Además, buscaban los honores, que los tuvieran por justos y sabios, que les saludaran en las plazas y que la gente les llamaran maestros. Los cristianos debemos servir y humillarnos. Pero siempre, independientemente de la conducta de los pastores, los fieles deben hacer y cumplir las enseñanzas del Señor. La tentación de la vanidad y de la codicia siempre está presente. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con dedo (Papa Francisco). Hay que predicar también con el ejemplo. Jesucristo dijo e hizo. Habló de rezar por los que nos persiguen y fue lo que Él hizo cuando le estaban clavando en la cruz.

Éstos son los caminos de la enseñanza de la palabra divina, según la Iglesia: el testimonio de la vida, que ayuda a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones, la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos de ver la gloria de Dios, también hoy (San Juan Pablo II).

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro maestro: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado (Mt 23, 8-12). Frente a la apetencia de honores, que mostraban los fariseos, el Señor insiste en que toda autoridad, y con más razón si es religiosa, debe ser ejercida como un servicio a los demás. Y, como tal, no puede ser instrumentalizada para satisfacer la vanidad o la avaricia personales. La enseñanza de Cristo es absolutamente clara: el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El espíritu de orgullo y de ambición nunca debe estar presente en quienes tienen la misión de pastorear a sus hermanos, los hombres.

¿Quién es el buen pastor? En principio, todo fiel cristiano debería ser buen pastor del prójimo. Pero más en concreto, todos los que tienen la misión de dar una formación cristiana a otros fieles (sacerdotes, catequistas, misioneros, maestros…). Y en especial, los sacerdotes. Decía Benedicto XVI a los sacerdotes de Roma: El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Debe ser un conocimiento con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a mí, sino que la guía hacia Jesús, haciéndolo así libre y abierto. Así también nosotros nos hacemos cercanos a los hombres. Pidamos siempre de nuevo al Señor que nos conceda este modo de conocer con el corazón de Jesús, de no vincularlos a mí sino al corazón de Jesús, y de crear así una verdadera comunidad.

El modelo de Buen Pastor es Jesucristo. Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma (Mt 9, 36). En efecto, Nuestro Señor se llenó de compasión -el verbo griego es más profundamente expresivo: conmoverse en las entrañas- al ver al pueblo, porque sus pastores, en lugar de guiarlo y cuidarlo, lo descarriaban, comportándose más como lobos que como verdaderos pastores de su propio rebaño. El papa Francisco se fija en los cuatro verbos que aparecen en ese versículo evangélico: ver, tener compasión, enseñar. Los podemos llamar “los verbos del Pastor”. Ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra.

Un pastor de almas debe preocuparse ante todo por los que creen y viven con la Iglesia, por los que buscan en ella el camino de la vida y que, por su parte, como piedras vivas, construyen la Iglesia y así edifican y sostienen juntos también al sacerdote. Sin embargo, como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo “a los caminos y cercados” para llevar al invitación de Dios a su banquete también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él.

El trabajo de pastorear produce cansancio, pero en ese cansancio hay que ver la belleza de la dedicación por los demás. El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Como el buen pastor siempre está cerca de sus ovejas, así los que tienen en la Iglesia el oficio de guiar a los fieles por el camino del Evangelio debe estar siempre de servicio y tener una cercanía con las personas que les han sido confiadas. Por supuesto, esto cansa pero, según palabras del papa Francisco, es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. Pero a pesar de esta fatiga, el papa Francisco indica a los sacerdotes que no pueden ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Y reitera la necesidad de pastores con olor a oveja y sonrisa de padre. Y añade: Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba.

Mis ovejas escuchan mi voz. Para el buen Pastor, lo que está lejos, periférico, lo que está perdido y despreciado es objeto de una atención mayor, y la Iglesia no puede sino hacer suya esta predilección y esta atención. En la Iglesia, los primeros son quienes tienen mayor necesidad, humana, espiritual, material, más necesidad. Hay que ir a buscar las ovejas perdidas. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se ha representado la figura del buen pastor, la del pastor que lleva una oveja sobre sus hombros.

Las buenas costumbres y la salvación de los pueblos dependen de los buenos pastores. Si a la cabeza de una parroquia hay un buen cura o párroco, se verá allí inmediatamente florecer la devoción, la frecuencia de sacramentos, oración mental en conformidad con el proverbio: Qualis pastor, talis parochia, y según el Eclesiástico: Qualis est rector civitatis, tales et inhabitantes in ea (San Alfonso María de Ligorio).

Acudimos al patrocinio de la Divina Pastora para que cuide de nosotros que formamos parte del rebaño del Buen Pastor, Cristo Jesús.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s