Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Desde la quinta hasta la décima persecución)


Desde la quinta hasta la décima persecución

¿Quién ordenó la quinta persecución? El emperador Septimio Severo, en el año 203. Al principio de su reinado se mostró favorable a los cristianos; mas duró poco este buen comienzo, porque luego dictó nuevo edicto de persecución, y reaparecieron los tormentos y suplicios. Tan general y sangrienta fue esta persecución, que alcanzó a la Península Ibérica, donde apenas se habían dejado sentir las anteriores.

¿Cuáles son los mártires más notables de esta persecución? San Ireneo, sucesor de san Potino en la sede episcopal de Lyon. Este obispo fue un buen apologista. Debatió en muchas ocasiones acerca del respeto a la tradición apostólica y, en defensa de la fe católica, publicó un célebre tratado contra la herejía. Coronó con su martirio su laborioso y fecundo episcopado. Pero no sólo fue mártir el pastor de la diócesis, sino que cerca de 20.000 cristianos de Lyon también consiguieron la palma del martirio.

No fue menor el encono de los perseguidores de Cartago y su comarca. Aquí dos distinguidas damas Perpetua y Felicidad, a la cabeza de muchos cristianos, marcharon a la muerte con una alegría que sólo podía infundirles el amor de Dios, por quien iban a sufrir martirio.

¿Qué son los apologistas? Los autores de las apologías. La apología es la defensa elogiosa que los teólogos hacen de las verdades de la fe cristiana, refutando las objeciones de sus adversarios. Florecieron sobre todo en los tres primeros siglos, cuando la Iglesia sufrió enconados ataques del paganismo.

¿Cuáles son los apologistas más conocidos? Quizás el más importante fue Tertuliano, sacerdote de Cartago. Entre sus numerosos escritos tiene una elocuente apología para refutar las múltiples calumnias que se propalaban contra los cristianos, escrita poco antes de la persecución de Septimio Severo. En ella decía a los paganos: Somos de ayer, y llenamos ya vuestras ciudades, vuestros campos y fortalezas, el palacio y el Senado: solamente os hemos dejado los templos. Siendo, como somos, numerosos, podríamos recurrir a las armas, sobre todo nosotros que no tememos a la muerte, si no fuera porque, según nuestras máximas, debemos antes morir que matar… ¿Qué hacemos para que merezcamos la muerte? ¡Vosotros, los que juzgáis a los criminales, hablad! ¿Hay entre ellos uno solo que sea cristiano? Tráigase para prueba el registro de los tribunales… Atormentadnos, torturadnos, aplastadnos: vuestra más refinada crueldad no os servirá de nada, porque cuanto más seguéis, más nos multiplicaremos. La sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Antes de Tertuliano hubo otro famoso apologista, san Justino. Éste era filósofo griego. Y después sobresalieron Orígenes, llamado el Príncipe de los Apologistas y Lactancio, que mereció el sobrenombre de Cicerón cristiano.

¿Quiénes ordenaron la sexta y séptima persecución? Los emperadores Maximino y Decio dieron sus nombres a estas dos persecuciones. La primera tuvo lugar en el año 227; y la segunda, en el año 250.

El edicto de Maximino iba dirigido principalmente contra los obispos y sacerdotes, que, en efecto, se vieron perseguidos con el más extremado rigor, habiendo dado la vida por Jesucristo, en esa época, los papas san Ponciano y san Antero, el sacerdote romano san Hipólito, y la virgen santa Bárbara.

El advenimiento de Decio al imperio fue la señal de una de las sangrientas persecuciones que tuvieron que soportar los cristianos. En esta persecución hubo bastantes lapsi (caídos), es decir, cristianos que consistieron en participar en un sacrificio pagano a los dioses de Roma. Pero también innumerables mártires, entre los que están el papa san Fabián; san Basilio, obispo de Antioquía; san Pionio, sacerdote de Esmirna; la virgen mártir santa Águeda, de Palermo.

También sufrió martirio en esta persecución el niño Cirilo, de Cesarea, que fue entregado por su propio padre al juez pagano, al ver la inutilidad de sus esfuerzos para hacerle apostatar. Camino del suplicio, Cirilo decía a los que lloraban viéndole ir a la muerte con tan poca edad: En lugar de llorar os regocijaríais como yo, si conocierais la esperanza que me anima.

¿Hubo otras persecuciones en el siglo III? Sí, la octava persecución decretada por el emperador Valeriano en el año 257 y la novena, durante el imperio de Aureliano, en el año 274. Este emperador, que al principio se mostró benigno con los cristianos, acabó por desenterrar los sangrientos edictos de sus predecores.

En la primera de estas persecuciones fueron martirizados en Roma el niño san Tarsicio, el papa san Sixto II y su diácono san Lorenzo; en Cartago, el obispo san Cipriano; y en España, san Fructuoso, obispo de Tarragona, y sus diáconos san Augurio y san Eulogio. Y en la segunda, el papa san Félix I.

A san Tarsicio se le conoce como el niño mártir de la Eucaristía y Patrón de los monaguillos. Ésta es su historia: Valeriano, emperador romano duro y sanguinario, perseguía a los cristianos como enemigos del Imperio y estaba dispuesto a acabar con ellos. Los cristianos se escondían en las catacumbas o cementerios romanos para poder celebrar la Eucaristía. Con alguna frecuencia, los soldados los sorprendían llevándolos al martirio.

Un día que celebraba la Eucaristía el papa Sixto II en las catacumbas, se acordó de los cristianos que estaban en la cárcel y que no tenían sacerdote, y sintió gran lástima hacia ellos porque no podían fortalecer su espíritu para resistir en la lucha, si no recibían el cuerpo del Señor. Pero, ¿quién sería el alma generosa que se ofreciera para llevarles el Cuerpo de Cristo? Muchos se ofrecieron voluntarios, entre ellos Tarsicio, que tenía once años. Tarsicio dijo al Papa: Padre, nadie sospechará de mí por mis pocos años.

El Papa tomó las Sagradas Formas y las colocó con gran devoción en un relicario, diciéndole a Tarsicio: Cuídalas bien, hijo mío. El niño dijo: Descuide, Padre, que nadie las tocará; antes pasarán por mi cadáver. Al poco rato de salir de las catacumbas, se encontró Tarsicio con unos muchachos de su edad que estaban jugando. Hola, Tarsicio, juega con nosotros. Necesitamos un compañero. Tarsicio, mientras apretaba sus manos sobre su pecho, dijo: No, no puedo. Otra vez será. Entonces, uno de aquellos mozalbetes exclamó: A ver, a ver. ¿Qué llevas ahí escondido? Se acercaron a él, lo zarandearon y lo derribaron a tierra. Los agresores intentaron abrir los brazos de Tarsicio sin conseguirlo. Entonces comenzaron darle pedradas, cada vez con más fuerza y más rabia. Tarsicio, en el suelo, iba derramando su sangre. Todo inútil. Ellos no se saldrán con la suya, pensaba para sí Tarsicio, mientras encomendaba su alma a Dios. Por nada del mundo permitió que le robasen aquellos Misterios a los que amaba más que a sí mismo.

Momentos después pasó por allí Cuadrado, un fornido soldado que estaba en el periódo de catecumenado y que por eso conocía a Tarsicio. Al verle, los brutales niños huyeron corriendo. Poco después, Tarsicio agonizó llevado en brazos de Cuadrado hacia las catacumbas donde estaba el Papa. Al llegar, Tarsicio ya había entregado su alma a Dios.

¿Cómo fue martirizado san Lorenzo? San Lorenzo era el diácono de la Iglesia de Roma y depositario de los fondos destinados al sostenimiento de los pobres. Al ver san Lorenzo como el papa san Sixto II era llevado al martirio, lamentaba profundamente ser separado del papa, pero éste le dijo: ¡Ánimo, hijo mío, que no tardarás en seguirme! Entretanto apresúrate a distribuir en limosnas los tesoros que te están confiados.

Y efectivamente, tres días después se cumplió esta predicción. El prefecto de Roma mandó buscar a san Lorenzo y, cuando éste compareció ante él, le dijo el prefecto: Asegúranme que vuestra Iglesia es muy rica, y que posee gran cantidad de vasijas de oro y plata, aparte de otros grandes tesoros. Entrégamelo todo, el emperador lo necesita. San Lorenzo contestó que ya no tenía en su poder ninguna riqueza, porque los bienes de que era administrador los había distribuido entre los pobres.

Entonces el prefecto hizo que azotasen primeramente al santo diácono, y después que fuera tendido en una parrilla candente. Colocado en ella, san Lorenzo se puso a hacer oración sin que de su boca saliera la menor queja. Pasado un rato dijo con total serenidad a su verdugo: Ya estoy bastante asado de este lado; vuélveme del otro y come, si quieres. Poco después murió, rogando a Dios por la conversión de Roma, que había sido regada ya con la sangre de tantos mártires.

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