Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 2ª (Décima persecución)


Décima persecución

¿Qué emperador ordenó la décima persecución? El emperador Diocleciano fue el que promovió la décima y última de las persecuciones generales, que fue la de mayor duración y la más cruel de todas. Esta persecución tuvo mayor incidencia en la parte occidental de Imperio.

¿A qué se debe esta mayor incidencia en Occidente? Al poco tiempo de ser emperador, Diocleciano dio a Maximiano Hércules el título de Augusto y le hizo compartir el poder con él, de tal forma que Diocleciano gobernaba el Oriente desde Nicomedia, y Maximiano las provincias occidentales del Imperio. Como Maximiano tenía un odio mortal a los cristianos, no cesó de perseguirlos, y a la vez, alentaba a Diocleciano para los persiguiese en las provincias orientales. Por eso mientras la Iglesia de Oriente disfrutaba de paz, en la de Occidente todos los días aumentaba el número de mártires y de confesores de la fe.

¿Cuáles son los mártires más conocidos de la última persecución? El centurión san Marcelo y el escribano imperial san Casiano dieron testimonio de su fe en Tánger. En Roma, san Ginés, que se convirtió al cristianismo parodiando en el teatro las ceremonias del bautismo, y san Sebastián, oficial de la guardia pretoriana. En la Penísula Ibérica, las santas Justa y Rufina, de Sevilla; santa Leocadia, de Toledo; santa Eulalia, de Barcelona; santa Marina, en Galicia; santa Engracia y dieciocho familiares suyos, en Zaragoza. En las Galias: san Víctor, en Marsella; san Luciano, en Beauvais; san Quintín, en Picardía; y en el Valais (Suiza), los soldados de la legión tebana.

¿Cómo murió san Sebastián? Un infeliz apóstata dio parte al sucesor de Cromacio en la Prefectura de Roma de la condición cristiana de Sebastián. Y que era él el que convertía a los gentiles, y el que mantenía en la fe a los cristianos. El Prefecto no se atrevió a arrestarle, por el elevado empleo que ocupaba en la Corte, hasta dar parte al Emperador, informándole de la religión y del celo ardiente del primer capitán de sus guardias. Asombrado Maximiano, mandó traer a su presencia a Sebastián, y con expresión violenta le recriminó su ingratitud por haber intentando atraer la cólera de los dioses contra el Emperador y contra el Imperio, introduciendo hasta en la misma casa imperial una creencia tan perniciosa al Estado.

Sebastián, con tranquila dignidad y con el mayor respeto, confiesa su fe en Cristo. Y a continuación dijo que a su modo de entender no podía hacer servicio más importante al Emperador y al Imperio que adorar a un solo Dios verdadero; y que estaba tan distante de faltar a su deber por el culto que rendía a Jesucristo, que antes bien nada podía ser tan ventajoso al Príncipe y al Estado como tener vasallos fieles que, menospreciando a los dioses falsos, hiciesen oración incesantemente al Creador del universo por la salud del Emperador y del Imperio.

Las palabras de inocencia y honradez que pronunció Sebastián son completamente inútiles. Irritado el Emperador mandó al instante, sin otra forma de proceso, que Sebastián fuese asaeteado. Aun así, el capitán de la guardia pretoriana agradeció al que le había delatado la oportunidad que le brindaba de morir por Cristo.

Para cumplir la sentencia del César condujeron a Sebastián al estadio del Monte Palatino. Allí fue asaeteado por sus mismos soldados. Dándolo por muerto, es abandonado atado al árbol del suplicio. Los cristianos van a recoger su cuerpo y descubren con admiración y gozo que aún tiene vida. Una ilustre romana, la matrona Irene, viuda del mártir Castulo, lo oculta en su casa y cuida de sus heridas hasta que se restablece plenamente.

Una vez restablecido, Sebastián, -conocedor ahora en carne propia de las inmensas dificultades y atroces tormentos a que son sometidos los cristianos, sin amilanarse lo más mínimo, se siente llamado a dar una prueba más de reciedumbre y entereza cristianas- fue a buscar al Emperador, y en el lugar llamado Mirador de Eliogábalo, comparece espontáneamente ante él para interceder a favor de los cristianos. ¿Es posible, señor -le dice con valor y respeto-, que eternamente os habéis de dejar engañar de los artificios y de las calumnias que perpetuamente se están inventando contra los pobres cristianos? Tan lejos están, gran príncipe, de ser enemigos del Estado, que no tenéis otros vasallos más fieles y que a solas sus oraciones sois deudor de todas vuestras prosperidades.

Atónito Maximiano al ver y al oír hablar a un hombre que ya tenía por muerto, le pregunta: ¿Eres tú aquél mismo Sebastián a quien yo mandé quitar la vida, condenándole a que fuese asaeteado? Sí, señor -responde el antiguo capitán de la guardia pretoriana-, el mismo Sebastián soy; y mi Señor Jesucristo me conservó la misma vida, para que en presencia de todo este pueblo viniese ahora a dar público testimonio de la impiedad y de la injusticia que cometéis persiguiendo con tanto furor a los cristianos.

El Emperador reacciona coléricamente ordenando que fuese allí mismo apaleado hasta que muriese. Orden que fue cumplida al momento. Este segundo y definitivo martirio tuvo lugar en el año 304.

¿Qué ocurrió con la legión tebana? Esta legión del ejército romano de Oriente que procedía de Tebas (Egipto), y cuyos oficiales, entre los que se encontraban Mauricio el tebano, Exuperio y Cándido, se habían convertidos al cristianismo. Igualmente, los soldados eran cristianos.

Estando Maximiano acampado con su ejército en los Alpes, se enteró que los legionarios tebanos eran cristianos, y tomó la resolución de exterminarlos. Dispuso que todo el ejército tuviese parte en los sacrificios que se iban a ofrecer a los dioses del Imperio; pero los soldados de la legión tebana dijeron al emisario imperial: Hemos venido a las Galias para luchar contra los enemigos de Roma y no para renegar de nuestro Dios. Y no obedecieron la orden de Maximiano. Éste, irritado, hizo diezmar la legión tebana; pero el martirio de sus compañeros, en vez de intimidar a los supervivientes les dio más valor. Una nueva orden imperial y fueron diezmados de nuevo aquellos legionarios cristianos. A los que quedaban se les ordenó sacrificar a los dioses. Entonces, san Mauricio escribió al emperador diciéndole: Señor, somos soldados vuestros, pero antes somos siervos de Dios. Os debemos el servicio de la guerra, pero debemos a Dios la inocencia de nuestras costumbres. Si de vos recibimos la paga, Aquél nos ha dado y nos conserva la vida. No podemos obedeceros, renunciando a Dios, Creador nuestro y vuestro, al que habíamos prestado juramento antes de prestarlo a vos. Si hay que escoger entre la obediencia debida a un hombre y la que se debe a Dios, optamos decididamente por ésta… No temáis trastornos ni disturbios por nuestra parte: los cristianos sabemos morir, pero no sublevarnos, y aunque tenemos armas no nos serviremos de ellas; preferimos morir inocentes que vivir culpados.

Exasperado Maximiano, ordenó que los supervivientes de la legión fuesen pasados a cuchillo. San Mauricio y los demás legionarios tebanos depusieron las armas y, sin poner resistencia alguna, se dejaron matar. Solamente se les oyó exhortarse mutuamente a morir de una manera digna y generosa por el nombre de Jesucristo.

¿Firmó Diocleciano nuevos edictos contra los cristianos? Sí. En el año 292, Diocleciano y Maximiano Hércules, para atender mejor las fronteras del Imperio, que todas las partes se hallaban amenazadas, incorporaron cada uno un asociado, que recibió el título de César. Diocleciano tomó a su yerno Galerio, hombre brutal y astuto, y Maximiano eligió a Constancio Cloro, que era una persona benévola y tolerante.

Galerio abrigaba contra los cristianos un odio tan profundo como el de Maximiano, y ambos redoblaron sus esfuerzos para inducir a Diocleciano los antiguos edictos de persecución. Aunque Diocleciano estuvo indeciso durante algún tiempo acabó por ceder, y el 24 de febrero del año 303 firmó un decreto que condenaba a los cristianos al más completo exterminio. Y en ese mismo año promulgó dos nuevos edictos contra los clérigos.

Y aún hubo un cuarto edicto, publicado en el año 304, referentes a todos los fieles. En él se decía: Serán destruidas todas las iglesias y arrojados a la hoguera sus libros. Los cristianos quedarán privados de sus bienes, honores y dignidades y condenados a muerte sin distinción de clase ni condición. Cualquiera podrá perseguirlos ante los tribunales de justicia, y ellos no serán admitidos a reclamar contra ninguna persona. En una palabra: los cristianos quedaban fuera de la ley, sin ningún apoyo ante las autoridades civiles.

¿Con qué nombre se conoce estos años de la décima persecución? El tiempo que duró esta cruel persecución se conoce con el nombre la era de los mártires.

Poco después de la firma de los edictos contra los cristianos, se desencadenó una persecución de la forma más atroz en todas las provincias del Imperio. Sólo las Galias, España y Gran Bretaña, por depender de Constancio Cloro, se vieron libres. Sin embargo la tranquilidad en España duró poco tiempo, porque seguía gobernada por Daciano, y éste, que ya había procurado acabar con el cristianismo, volvió no pocas veces a dejarse llevar de su aversión hacia los fieles y de su espíritu sanguinario, causando numerosas víctimas.

En los demás países que formaban parte del Imperio romano, los cristianos fueron perseguidos con el mayor rigor, y muy pronto las cárceles se llenaron de fieles, hasta el punto de faltar sitio para colocar a los verdaderos criminales. Sufrieron las torturas más horribles, porque los jueces tenían orden de emplear cuantas clases de suplicio pudiesen imaginar. En Roma y Nicomedia se derramó muchísima sangre cristiana; en Egipto diariamente se arrojaba las víctimas a millares. Frigia, que era una ciudad cristiana, fue allanada por el ejército romano e incendiada con todos sus habitantes. Varios papas, centenares de obispos e incalculable número de fieles perecieron en esta persecución, llamada con propiedad la era de los mártires.

Entre los muchísimos que dieron testimonio de su fe en Cristo en la era de los mártires está: santa Lucía, en Siracusa de Sicilia; los papas san Marcelino, san Marcelo I y san Eusebio, y la virgen santa Inés, en Roma; san Pedro, obispo de Alejandría; san Metodio, obispo de Olimpia; y en España, san Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza. En esta ciudad muchos cristianos fueron martirizados en las afueras, tan pronto como salieron expulsados de la población. Su número fue tan considerable, que se los venera bajo la advocación de los Innumerables mártires de Zaragoza.

¿Cómo fue martirizado san Vicente? Daciano encarceló al obispo de Zaragoza, Valero, y a su diácono Vicente, los cuales fueron llevados a Valencia, donde sufrieron un largo y penoso cautiverio. Juzgados, Valero fue condenado al destierro, pero Vicente estaba destinado a pasar por diversas y crueles torturas. Primeramente lo tendieron en el potro y le estiraron los miembros con tal violencia que sus huesos quedaron dislocados. Después dispuso Daciano que le azotasen con varas y le rasgasen los costados con uñas de hierro. Con tal castigo la carne del mártir saltó en jirones y quedaron a la vista sus entrañas. Sin embargo, san Vicente estaba radiante de gozo celestial, sin que el tremendo dolor le arrancase una sola queja.

Confundido Daciano, recurrió a los medios de persuasión y procuró ganar a Vicente con expresiones de hipócrita ternura. El santo diácono le replicó: Lengua de víbora, menos temo los tormentos que tus pérfidas caricias; descarga en mi cuerpo todo el peso de tu furor y yo te haré ver que la fe del cristiano le comunica fuerza invencible. Entonces, viendo que no doblegaba la fortaleza del mártir, Daciano hizo que lo ataran a una parrilla y que la colocaran sobre el fuego. Estando en este suplicio, san Vicente elevó sus miradas al cielo y se unió a Dios en fervorosa oración.

No murió san Vicente en la parrilla, y Daciano lo volvió a encarcelar. En la primera noche de prisión, el calabozo del mártir se llenó de resplandor, y éste unió su voz a la de los ángeles que con cánticos le consolaban. El carcelero, que fue testigo de este hecho maravilloso, se convirtió al momento, y pidió ser bautizado. Enterado Daciano de este prodigio, y considerando que atormentar de nuevo a san Vicente contribuiría a aumentar el esplendor de su triunfo, cambió de táctica. Hizo colocar al mártir en una cama, y llamó a los médicos; pero ya no le faltaba a san Vicente más que ir a recibir la corona, y murió apenas lo pusieron sobre el lecho, como si su alma se negase ya a animar un cuerpo que sólo debía servir para glorificar a Jesucristo.

¿Las persecuciones dieron el resultado deseado por los perseguidores? Las persecuciones no consiguieron el objetivo pretendido, el de acabar con el cristianismo. Defraudaron por completo las expectativas de los paganos, pues por todas las partes los cristianos se mostraban dispuestos a morir, a pesar de los terribles tormentos a que fueran sometidos, antes que renegar de Jesucristo. El resultado es que muchos cristianos, mártires de la fe, alcanzaron el cielo, y la Iglesia apareció resplandeciente por el valor heroico de sus fieles; de suerte que los esfuerzos de los enemigos del cristianismo para destruir la religión de Cristo sirvieron para su magnífico triunfo.

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