Virgen de la Cinta, Patrona de Huelva (Homilía I)


Homilía pronunciada el 8 de septiembre de 1993, con motivo de la fiesta de la Virgen de la Cinta, en la Iglesia parroquial de Santa Cruz de Madrid.

Celebra hoy la Iglesia la fiesta de la Natividad de la Virgen María, Madre de Dios y, por designio divino, Madre nuestra. Para los onubenses es, además, el día de nuestra Patrona, la Virgen de la Cinta.

Nuestra devoción y veneración a la Virgen debe ser una constante de nuestra vida, porque en la vida de quien ama a Dios no puede faltar el amor a la criatura más excelsa salida de las manos del Creador, la criatura que Dios más ama.

La devoción a Santa María no es una devoción más. Es propio de los buenos hijos querer mucho a su madre, y la Virgen es Madre nuestra. La verdadera piedad mariana es santa. Implica el rechazo sincero del pecado y el anhelo de imitar las virtudes de la Virgen: su fe y su esperanza, su ardiente caridad, su profunda humildad, su obediencia rendida, su inmaculada pureza, su paciencia, su espíritu de sacrificio…

La devoción a la Virgen es camino que conduce a Cristo, es llave segura que abre las puertas del Cielo. Ser devoto de Santa María es estar en buenas manos. No hay nada que temer, porque Ella nos llevará siempre hasta su Hijo, Jesús.

Nunca dejemos que se enfríe el amor a la Virgen en nuestros corazones, sino todo lo contrario, que cada día sea mayor. El papa Juan Pablo II aconseja: Sed fieles a los ejercicios de piedad mariana tradicionales en la Iglesia: la oración del Ángelus, el mes de María y, de modo muy especial, el Rosario. Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia.

María es muy cercana a Dios, es la obra maestra del Hacedor del universo, roza las fronteras de la divinidad. Más que Ella sólo Dios. Pero también es muy próxima a nosotros por ser Madre de todos los redimidos por Cristo y refugio de los pecadores. Acudimos a Ella con confianza, sabiendo que está dispuesta siempre a mostrarse como madre. Sí, con la confianza con que un hijo acude a su madre.

¿En quién nos vamos apoyar sino en esa Madre nuestra que tan poderosa es ante su Hijo? Su ruego a Jesús siempre es eficaz. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora la omnipotencia suplicante.

Acudamos, pues, a Santa María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Cinta, para que nos prepare un camino seguro en nuestra peregrinación terrena, para que seamos fieles a Cristo y a la Iglesia hasta el último instante de nuestra vida, para que no nos apartemos nunca de los ejemplos de su virtud.

A Ella nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo: ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de poder contar con su poderosa ayuda.

María es Madre nuestra: nos ha engendrado a la vida de la gracia e intercede continuamente por nosotros, pendiente de las necesidades de cada uno. Recientemente, Su Santidad el papa Juan Pablo II, delante de la imagen de la Virgen Chiquita, tan querida para todos nosotros, en su viaje apostólico a Huelva, nos hablaba de la Virgen de la Cinta. Éstas eran sus palabras: A diario, desde su santuario del Conquero, Ella hace llegar a nuestros oídos la súplica dirigida a su Hijo en las bodas de Caná: No tienen vino (Jn 2, 3). Pero Ella también nos repite las palabras que dirigió a los sirvientes y que son como su testamento: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5).

El mejor regalo que podemos hacer a la Santísima Virgen, la mejor manera de que esté contenta de nosotros, es seguir su consejo: Haced lo que Él os diga. Es su deseo de Madre, porque sabe que haciendo todo lo que Cristo Jesús, su Hijo, nos pida seremos felices.

En nuestros días vemos una sociedad necesitada de la luz y de la verdad del Evangelio. Nuestro mundo necesita una nueva evangelización para hacerlo más humano, más fraterno, más cristiano, más de Dios. El reto es decisivo y no admite dilaciones ni esperas -nos ha dicho últimamente el Papa-. Ni hay motivos para el desaliento, pues por muchas que sean las sombras que oscurecen el panorama, son más los motivos de esperanza que en él se vislumbran: vuestras propias raíces cristianas, vuestra fe en Jesucristo, vuestra devoción a su divina Madre.

Pidamos a María, Estrella de la Evangelización, el impulso necesario para llevar la luz de Cristo a todos los hombres, a todos los pueblos.

Virgen de la Cinta, Madre y Señora nuestra, haz fuerte nuestro amor a Dios, para que nada nos aparte del camino de la salvación. Madre. ¡Escúchanos! Queremos ser buenos hijos tuyos. Que sepamos abrir de par en par el corazón a Cristo, tu Divino Hijo. Bendícenos. Protege a las familias, a los niños y jóvenes, a los ancianos, a los pobres y enfermos, y a cuantos se acogen a tu protección. Ruega por nosotros, siempre necesitados de la misericordia divina, para que alcancemos todos la bienaventuranza eterna.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s