Virgen de la Cinta. Patrona de Huelva (Homilía III)


Homilía pronunciada el 8 de septiembre de 1994, con motivo de la fiesta de la celestial Patrona de Huelva, la Virgen de la Cinta, en la Iglesia parroquial de Santa Cruz de Madrid.

Un año más nos hemos reunido en este templo, en esta fecha tan entrañable del 8 de septiembre, para celebrar la festividad de la Natividad de la Virgen María, Madre de Dios. Para los onubenses es, además, el día de nuestra Patrona, la Virgen de la Cinta.

Lo primero que se nos ocurre es felicitar a nuestra Madre Santa María en la conmemoración litúrgica de su natividad. La Iglesia canta llena de alegría en la Liturgia de las Horas: Hoy ha nacido la Santísima Virgen, de la estirpe de David, por quien vino a los creyentes la salvación del mundo y cuya vida gloriosa llenó de luz toda la tierra.

El origen de la fiesta de la Natividad de la Virgen María fue la dedicación en el siglo V de una iglesia en honor de María en el lugar en que Ella nació. En el siglo VI hay testimonios de su celebración en Bizancio. De ahí la importó la Liturgia romana en el siglo VII. El historiador Baronio asegura que ya se celebraba en el pontificado de Sergio I, elegido como papa el año 687, y quedó constituida oficialmente entonces.

San Ildefonso de Toledo (siglo VII) afirma que sólo se celebraban tres natividades en el mundo: la de Cristo, la de su Madre y la de San Juan Bautista.

Muchas ciudades y pueblos han escogido esta fecha tan mariana para honrar de forma especial a su Patrona, a la vez que acuden a su poderosa intercesión. Los onubenses acudimos a Santa María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Cinta, para que nos prepare un camino seguro en nuestra peregrinación terrena, para que seamos fieles a Cristo y a la Iglesia hasta el último instante de nuestra vida, para que seamos siempre buenos hijos de Ella procurando imitar todas sus virtudes. Hoy vamos a fijarnos en la fe de la Virgen.

En la visitación de Santa María a su prima Santa Isabel, ésta, movida por el Espíritu Santo, proclama bienaventurada a la Madre del Señor y alaba su fe. Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor (Lc 1, 45). No ha habido fe como la de María. Con su fe, María es el instrumento escogido por Dios para llevar a cabo la Redención como Mediadora de todas las gracias.

La fe de Santa María: vio a su Hijo recién nacido, indefenso, en la cueva de Belén, y lo creyó Creador del mundo; lo vio huyendo del rey Herodes, y no dejó de creer que Jesús era el Rey de reyes; lo vio nacer en el tiempo, y no dudó un instante de su eternidad; lo contempló pobre, necesitado de alimento y de vestido, y lo reconoció como Señor del universo; lo vio débil, tendido en un pesebre, y tuvo fe en su omnipotencia; observó su mudez, y creyó que era el Verbo del Padre, la misma Sabiduría increada; lo sintió llorar, y creyó que era la alegría del paraíso; lo vio crucificado e insultado, y creyó siempre que era Dios; lo tuvo muerto en sus brazos, y no dudó de la Resurrección. Santa María permaneció siempre en la fe.

Y nuestra vida de cristianos, de devotos de la Madre de Dios, es una vida de fe. El justo vive de la fe, afirma San Pablo en tres de sus epístolas. Y nuestra conducta tiene que ser coherente con la fe cristiana que profesamos.

Morir por la fe es un don para algunos, para todos aquellos que Dios les concede la palma del martirio. Pero vivir la fe es una llamada para todos. Una fe que hay que ejercitar y ponerla por obra. Una fe que debe influir en todas nuestras actuaciones. ¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? (…). La fe, si no tiene obras, es de suyo muerta (San 2, 14.17).

En nuestros días vemos un mundo paganizado, quizá muy parecido al que se encontraron los Apóstoles cuando fueron enviados a predicar la Buena Nueva, el mensaje de Cristo. En la sociedad de aquella época el paganismo lo invadía todo, especialmente las costumbres. Pero no hay que olvidar: los hombres de Dios -los cristianos- salvaron aquel mundo podrido. A este mundo sucio de ahora lo salvarán los que tienen fe en Dios y afrontan generosamente las exigencias de la fe. No olvidemos las palabras de la Escritura: Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4).

Le pedimos a nuestra Madre, la Virgen de la Cinta, que vivamos siempre nuestra fe, que la manifestemos con la santidad de vida, con la limpieza de costumbres y con la escrupulosa observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia. Que nuestra fe sea una fe operativa, que influya en la vida cotidiana con sus exigencias constantes.

Fe en Dios, en su poder y en su misericordia. Y esta fe nos llevará a pedir a Dios por la intercesión de su Madre con confianza, porque sabemos que Dios es todopoderoso y quiere nuestro bien.

Fe en la Iglesia fundada por Cristo, único camino de salvación, que nos transmite la verdad revelada por Dios y pone a nuestra disposición los medios de santificación.

La fe es el tesoro más grande que tenemos y, por eso, hemos de poner todos los medios para conservarla y acrecentarla. Hemos de preferir incluso la muerte antes que perder la fe.

Terminamos suplicando a nuestra Patrona, la Virgen de la Cinta, que todos sus hijos e hijas seamos hombres y mujeres de fe. Que sepamos ser propagadores de la verdad de Cristo. Y pidamos de forma especial por nuestras familias, por nuestra querida ciudad, Huelva, lejana geográficamente, pero siempre cercana en nuestro corazón. Y pidamos con fuerza por las intenciones del Romano Pontífice, Juan Pablo II. En estos días se está celebrando la Conferencia de El Cairo. Sabemos como el Santo Padre está pendiente de lo que allí suceda. Encomendemos para que no se apruebe nada que vaya contra la vida de los seres más inocentes que existen, la persona humana concebida aún no nacida, ni contra la santa Ley de Dios.

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