Virgen de la Cinta. Patrona de Huelva (Homilía V)


Homilía pronunciada el 6 de mayo de 1995, con motivo de la romería de mayo, en la Ermita de Nuestra Señora de los Remedios en Colmenar Viejo (Madrid).

Queridos hermanos de la madrileña Hermandad de Nuestra Señora de la Cinta, Patrona de Huelva.

Hace escasamente unos días, el martes pasado, fui de romería al Santuario de la Virgen de la Cinta, allá en el Conquero. Mientras subía por el sendero de la empinada cuesta de la Avenida de Manuel Siurot, al pasar por aquel camino tantas veces recorrido por los onubenses, me venían a la memoria tantos recuerdos relacionados con el amor de la gente de nuestra tierra a su Patrona. En su blanco Santuario la Virgen Chiquita recibe la veneración de un pueblo que sabe querer a la Madre de Dios.

Allí van los hijos de Huelva a rezar a su Patrona o, simplemente, a verla, para manifestarle el cariño que le tienen. Y Ella, la Virgen de la Cinta, marinera como la inmensa mayoría de sus hijos, es faro de sus vidas que conduce al puerto seguro de nuestra salvación.

Hoy, un grupo de onubenses, que nos une el amor a la tierra que nos ha visto nacer, pero más especialmente estamos unidos por la devoción y el cariño a nuestra Patrona, hemos venido a esta Ermita de la Virgen de los Remedios, ubicada en este lugar serrano, para honrar y venerar a la Madre de Dios, que también es Madre nuestra. Y venimos como romeros, en una romería en la que pediremos a la Virgen María su protección. Que nos ayude a caminar por los senderos de la vida con la mirada puesta en su santísimo Hijo, con el deseo ilusionante de llenar la tierra que pisamos de amor y de paz, de fraternidad y caridad.

Estamos en mayo, el mes que la Iglesia Católica dedica, desde antiguo, a Santa María. Una mirada al mundo, una mirada al pueblo de Dios, en este mes de mayo que comienza, nos hace contemplar el espectáculo de esa devoción mariana que se manifiesta en tantas costumbres, antiguas o nuevas, pero vividas con un mismo espíritu de amor. Da alegría comprobar que la devoción a la Virgen está siempre viva, despertando en las almas cristianas el impulso sobrenatural para obrar como domestici Dei, como miembros de la familia de Dios (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 139).

Muchas manifestaciones de piedad mariana, fruto de la devoción de los cristianos a la Virgen María, hacen que mayo sea mariano, que sea un mes lleno de alegría.

A los cristianos siempre nos ha gustado visitar, con motivo de alguna fiesta, una ermita, un santuario, o una imagen de la Virgen, para rezarle. Y aquí estamos, con espíritu de oración, para pedirte, Madre, por nuestras familias, para que sean verdaderamente cristianas; por los jóvenes, ahora que están sometidos a tantas tentaciones, para que sepan poner sus vidas en las manos de Dios y se conviertan en instrumentos de un mundo mejor que éste en que vivimos; por nuestra Patria, tierra de María Santísima, para que nuevamente ella sea -como en siglos pasados- impulsora de una firme y fuerte devoción mariana y de la evangelización que quiere el papa Juan Pablo II en los umbrales del tercer milenio del Cristianismo.

En el Evangelio se lee que Cristo todo lo hizo bien. La Llena de gracia, Santa María, también hizo y lo hace todo bien. Y realiza a la perfección el oficio de madre. Por eso, le pedimos una vez más que siempre esté pendiente de nosotros, hijos suyos, protegiéndonos, queriéndonos; que nos lleve de la mano hasta su Hijo Jesús, Autor de la gracia y Salvador del género humano.

La Virgen quiere que nos mostremos como hijos, como buenos hijos. Y espera nuestro cariño concretado en pequeños detalles de amor. Quiere de nosotros que cada día, a pesar de nuestras flaquezas y miserias, aumentemos nuestro amor a Dios, porque sabe que de esta forma seremos felices, ya aquí en la tierra, y después, en la eternidad sin fin del Cielo.

Durante todos los días de este mes de mayo, mes de María, procuraremos obsequiar a la Virgen con un regalo, con un ramillete de buenas obras, de jaculatorias, de pequeños sacrificios… Estas cosas también son flores que nuestra Madre espera que le ofrezcamos.

A Ti acudimos, Virgen María, con súplica de hijo necesitado, queriendo imitarte en el ejercicio de las virtudes. Te pedimos que nos ayude a ser fieles a Cristo y a la Iglesia hasta el último instante de nuestra vida. Haz fuerte nuestro amor a Dios, y por Dios, que sepamos amar a nuestro prójimo.

En esta romería queremos comprometernos en la aventura divina de la nueva Evangelización. Que todos los que aquí estamos presentes sepamos llevar la Luz de Cristo a otros muchos corazones. Sabemos que la sociedad de nuestros días está necesitada más que nunca de la verdad del Evangelio, y que encontraremos dificultades para difundir el mensaje salvífico de Cristo, pero también estamos plenamente convencidos que Tú nos ayudarás en esta tarea apostólica, pues siguiendo el consejo que nos diste en Caná de Galilea queremos emplear todos los días de lo que nos quede de vida en hacer lo que tu Hijo nos vaya diciendo. Amén.

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