Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 6ª (El siglo de hierro)


El siglo de hierro

¿Qué es el siglo de hierro del Papado? Desde la muerte violenta del papa Juan VIII, ocurrida en el 882, comienza lo que el historiador César Baronio, autor de los Annales Ecclesiastici, denomina siglo de hierro del Pontificado. Esta época sombría de la historia de la Sede de Roma abarca desde el final del imperio carolingio hasta la elección de Clemente II, en 1046.

En el año 887 el imperio carolingio se derrumbó con la deposición de Carlos el Gordo, incapaz de enfrentarse a las incursiones normandas. A principios del siglo X Occidente se vio asediado por todas partes: al norte y al oeste por los vikingos, al sur por los sarracenos y al este por los húngaros. En el interior, se tambaleaba a causas de discordias internas. La disolución de los vínculos de la soberanía política en una sociedad atomizada por el feudalismo y la falta de una auténtica conciencia moral, en un mundo que atravesaba por una profunda crisis religiosa, dieron la preeminencia a la espada como símbolo de la fuerza a la vez que iba desapareciendo el orden basado en la justicia. La decadencia fue general y evidente: todo se vino abajo: los Estados, las costumbres, la cultura.

Italia, en particular, fue escenario de salvajes conflictos. Los descendientes de Carlomagno no pudieron ejercer en Italia el poderío de antaño, llegando a ser ilusoria la protección que prestaban a los Estados Pontificios. En Roma asumieron el poder las familias nobles de la ciudad, que constituían una aristocracia rebelde y codiciosa que se disputó los despojos del poder real y que no reparó lo más mínimo en los medios para realizar sus sueños de ambición y para alcanzar sus intereses. Con frecuencia la Urbe estuvo dominada por una familia que había alcanzado el poder por medio de la intriga y el crimen.

Durante la época carolingia el Papado logró afianzar su prestigio eclesiástico-político, pero cuando se derrumbó por completo la posición universal del Imperio, también el Papado perdió el apoyo y la protección, que tan necesarios le eran frente a los poderes ambiciosos de Italia y de Roma. Abandonado a sí mismo se fue convirtiendo cada vez más, durante las primeras décadas del siglo X, en el juguete de las banderías de la nobleza romana, ocupadas preferentemente en intrigas y maquinaciones para hacerse el poder. Al querer controlar al Papado lo que perseguían sobre todo aquellas familias era el dominio de la ciudad, sus ingresos y finanzas.

Cerca del medio centenar de papas y antipapas se fueron sucediendo en tan lamentable período. Los papas eran puestos y quitados según el antojo de unas cuantas familias: los marqueses de Túsculo, los condes de Spoleto, los duques de Toscana, los de Casa de Teofilacto y los Crescencios.

El hecho de que el Papado sobreviviera al siglo de hierro se debió principalmente a la fervorosa e indeclinable veneración de los pueblos del norte a la Roma de san Pedro y a la distinción, de enorme importancia, entre la persona que ocupa la Sede Apostólica y el ministerio papal. Gracias a los emperadores germánicos -Otón I, Otón II, Otón III, Enrique II y Enrique III- el Papado pudo salir adelante después de pasar por tan dura prueba.

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