Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 7ª (La reforma gregoriana)


La reforma gregoriana

¿Quiénes fueron los papas pregregorianos? La llegada a la Sede de San Pedro de una serie de papas, algunos de origen germánico, hizo posible que el Papado se viera libre de las influencias de las poderosas familias romanas que durante el siglo de hierro habían controlado la Sede Apostólica.

La fuerte crisis sufrida por el Papado durante el siglo de hierro es el antecedente inmediato de la reforma gregoriana, de la que surgieron los mejores momentos de la Edad Media cristiana. Aunque san Gregorio VII dio el nombre a la reforma, ésta no fue obra exclusiva de él. Fue iniciada por sus inmediatos predecesores en la Sede de San Pedro, que han sido denominados los Papas pregregorianos.

Estos papas pregregorianos fueron:

San León IX (1049-1054) es el primer papa pregregoriano, pues fue el iniciador de la reforma de la Iglesia, después de dos siglos de verdadera crisis en la Sede romana. Designado por la voluntad imperial de Enrique III de Alemania, fue aceptado y elegido por el pueblo y el clero de Roma según las normas canónicas.

Supo rodearse de buenos consejeros como el joven monje Hildebrando, que estuvo al servicio de varios papas y, finalmente, fue papa con el nombre de Gregorio VII. Otro notable consejero fue san Pedro Damián. También llamó a Roma a algunas de las personas más capaces de los países del norte de los Alpes como Hugo Cándido, del monasterio Remiremont; a Humberto, del monasterio lotaringio de Moyenmoutier (cardenal de Silva Cándida); a Federico de Lorena (futuro Esteban IX), del cabildo catedralicio de Lieja.

Fue el verdadero iniciador de los grandes viajes papales, recorriendo numerosos países europeos y presidiendo sínodos en Pavía, Reims y Maguncia y un concilio en Roma, en los que se condenó severamente la simonía, se ratificó el celibato sacerdotal y se tomaron medidas enérgicas en apoyo de la reforma, de acuerdo con los ideales de Cluny.

Víctor II (1055-1057). Fue el último obispo alemán que ocupó la Silla de San Pedro hasta Benedicto XVI. Designado por el emperador Enrique III por consejo de Hildebrando, que consiguió que los romanos lo aceptaran. Firme impulsor de la reforma eclesiástica, este pontífice, como su antecesor, realizó diversos viajes por Europa. En Florencia, junto con el Emperador, presidió un sínodo en el que condenaron la simonía y las faltas contra el celibato sacerdotal. También convocó diversos sínodos con el mismo fin en Francia, que fueron presididos por su legado, Hildebrando. Víctor II asistió en su lecho de muerte a Enrique III, buen cristiano y decidido defensor de la fe que, si elegía papas, lo hacía porque era la única autoridad que podía hacerse respetar en una Iglesia anarquizada, recién salida del siglo de hierro.

Esteban IX (1057-1058). Hombre de la escuela de san León IX. Se dedicó de lleno a la reforma eclesiástica, preocupándose especialmente por la libertad de la Iglesia.

Nicolás II (1058-1061). A este papa se debe el famoso decreto In nomine Domini, por el cual se reserva exclusivamente la elección de los papas a los cardenales. Además, en el sínodo romano de 1059, celebrado en Letrán, prohibió terminantemente y sin ninguna concesión toda práctica de simonía; estableció con severidad que ningún clérigo debía aceptar la investidura de manos de un seglar; y dictaminó que los fieles no debían asistir a las misas celebradas por sacerdotes que no respetasen el celibato. Este papa nombró a Hildebrando archidiácono de la Iglesia de Roma.

Alejandro II (1061-1073). Este pontífice apoyó el movimiento popular de Pataria en Milán, que dio batalla al clero concubinario. Estableció en los monasterios la misa comunitaria y mostró a los monjes la importancia del rezo en común. Continuó la tarea de sus predecesores en la lucha contra el concubinato de los sacerdotes y contra la simonía. Esta lucha acabó convirtiéndose en una batalla por la libertad de la Iglesia. Cuando murió Alejandro II empezaban a aparecer en el cielo los signos de la tormenta que sería la lucha de las investiduras, el total enfrentamiento entre el Papado y el Imperio.

¿Cuál fue el objetivo de la reforma gregoriana? La reforma gregoriana tuvo un triple objetivo: a) acabar con la simonía; b) dar con la forma más adecuada de repartir los cargos eclesiásticos; y c) reforzar el celibato sacerdotal, acabando de una vez con el triste espectáculo de la corrupción del clero.

¿Por qué la reforma se llama gregoriana? Por san Gregorio VII, que dejó en el Papado y en Europa una huella imborrable. Era pequeño de estatura, pero de carácter decidido e intrépido. Poseía una notable vitalidad, una extraordinaria fuerza de voluntad y una fe indomable. Profundamente religioso, su ardiente fe estaba iluminada por una piedad mística centrada en la persona de Jesús. Hombre de moral austera, de lúcido genio político, de inquebrantable energía y de elevados propósitos, desde el primer momento de su pontificado promovió con una claridad meridiana la triple batalla para librar a la Iglesia de la simonía, de la corrupción del clero y de la confusión de la política con la vida religiosa. Su lucha tenía como objetivo conseguir una Iglesia libre, casta y católica.

En su lucha contó siempre con la incondicional ayuda de san Pedro Damián, de los monjes de Cluny y de una pléyade de insignes prelados. Con esta inestimable colaboración realizó la más importante reforma -ya preludiada en tiempos de sus predecesores- de la Comunidad católica.

Gregorio VII tenía la convicción de que la salud de la Iglesia dependía del sacerdocio y de que la reforma debía apoyarse en el Papado. Del primado del Romano Pontífice, instituido por Jesucristo, se derivaba la suma potestad en la legislación, administración y jurisdicción sobre la Iglesia universal y sobre las Iglesias particulares. Y fiel a estas ideas gobernó la Iglesia.

¿Qué actos realizó Gregorio VII para acabar con los males que padecía la Iglesia? Su programa consistió en devolver a la Iglesia, nuestra Madre y Esposa de Cristo, su libertad y hermosura. En el primer año de su pontificado, Gregorio VII se dedicó casi exclusivamente a reformas internas. En el sínodo de la cuaresma del año 1074 impuso, con una severidad y vigor desconocido hasta entonces, la antigua costumbre del celibato; declaró inválidos todos los actos llevados a cabo por sacerdotes casados y pidió al pueblo fiel que no asistiera a las funciones litúrgicas de tales pastores. En otro sínodo posterior, el de 1078, ordenó que debían ser suspendidos todos los obispos que por dinero permitían el concubinato de sus clérigos. Con idéntico vigor luchó contra la simonía. Con este fin, prohibió que ningún clérigo promovido simoníacamente pudiese ejercer sus ministerios en la Iglesia; determinó que perdiera su cargo quien lo hubiese obtenido a precio de dinero.

Como la raíz de estos dos males, muy arraigados en la vida de la Iglesia en aquella época inmediatamente posterior al siglo de hierro, era la investidura laica, en 1075 emitió un decreto contra la investidura laica de los obispos y abades, y pidió libertad para su erección canónica, sin que interviniese la autoridad civil. En el decreto se prohibía a todo poder secular, bajo pena de excomunión, dar obispados o abadías: Cualquiera que en lo sucesivo reciba un obispado o abadía de mano de una persona seglar no será tenido por obispo o abad. Perderá la gracia de San Pedro y no podrá entrar en el templo. Igualmente, si un emperador, duque, marqués, conde o cualquier otra autoridad osare dar la investidura de un obispado o de otra dignidad eclesiástica, sepa que incurre en idénticas penas.

Gregorio VII esperó contar con el apoyo de los reyes contra los obispos recalcitrantes, y con este fin hizo un uso muy amplio del nombramiento de legados: Hugo de Dié en Francia; Amando de Oleron en Languedoc y la Marca Hispánica, Ricardo de San Víctor en España; Anselmo de Luca en Lombardía, Altmann de Passau en Alemania, Lanfranco de Canterbury en Inglaterra.

¿Fue aceptado el decreto de san Gregorio VII por los monarcas? En Francia, el legado de Gregorio VII consiguió que el rey Felipe I aceptara la deposición del arzobispo de Reims, Manasés. Igualmente encontró colaboración para la ejecución de sus planes de reforma en Guillermo I de Inglaterra y en Alfonso VI de Castilla. También los reyes de Hungría y Dinamarca aceptaron la primacía absoluta del Papa. Sin embargo, para Enrique IV, emperador de Alemania, el decreto papal prohibiendo la concesión de investiduras por los laicos era todo un ataque a la propia estructura del Imperio. Haciendo caso omiso de lo decretado en el sínodo romano del 1075 nombró por el método de la investidura laica a los obispos de Espira, Lieja, Bamberg, Espoleto y Fermo, además de empeñarse en imponer en Colonia un candidato rechazado por el clero y el pueblo. En Milán se niega a reconocer como arzobispo a Attón, aprobado por Roma, y nombra por su cuenta para dicha sede a Teobaldo, subdiácono de aquella Iglesia particular.

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