LA PRINCIPAL ACTIVIDAD DE JESÚS. Homilía del Domingo V del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Porque si evangelizo, no es para mí un motivo de gloria, porque es un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Co 9, 16). Con estas palabras del apóstol san Pablo la Iglesia recuerda a todos los fieles la llamada que el Señor les hace para que difundan la Buena Nueva de la Salvación por todas las partes. El apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida. Si es necesario dar buen ejemplo, por supuesto, pues como decía san Antonio de Padua: En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras. Con nuestra conducta debemos reflejar como en un espejo la luz de Dios, mas es preciso que el espejo esté limpio. Pero el verdadero apóstol -todo cristiano está llamado al apostolado- busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra: ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa.

Si lo hiciera por propia iniciativa, tendría recompensa; pero si lo hago por mandato, cumplo con una misión encomendada (1 Co 9, 17). Hay un mandato de Cristo para que evangelicemos, el mismo que dio a los apóstoles antes de subir al Cielo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). No vale excusas para no hacer lo que el Señor nos pide. San Juan Crisóstomo salía al paso de las posibles disculpas ante esta obligación: No hay nada más frío que un cristiano que no se preocupe por la salvación de los demás. No digas: no puedo ayudar a los demás, pues si eres cristiano de verdad es imposible que no lo puedas hacer. Sí podemos -y debemos- llevar a todos la luz, el fuego, el calor y la alegría de Cristo. El Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano.

Cristo nos llama no solamente a caminar con Él en esta peregrinación de vida. Él nos envía en su lugar, para servirle de mensajeros de la verdad, para ser su testimonio en el mundo. En este mundo en el que muchos están en busca del camino, de la verdad y de la vida, pero no saben a dónde ir. No podemos faltar a esta llamada urgente del Señor.

¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por el Evangelio (1 Co 9, 18). Dios no se deja ganar en generosidad. Todo el bien que hagamos será recompensado con creces. Bien claro está en el Evangelio. Cuando los discípulos de Cristo regresaron llenos de alegría después de una misión apostólica y le dijeron a su Maestro: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre (Lc 10, 17), el Señor les dice: No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos (Lc 10, 20).

Porque siendo libre de todos, me hice siervo de todos para ganar a los más que pueda. Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me he hecho todo para todos, para salvar de cualquier manera a algunos. Y todo lo hago por el Evangelio, para tener yo también parte en él (1 Co 9, 19.22-23). San Pablo se hace todo para todos, con corazón grande, deseoso de salvar al mayor número posible de almas, a costa de los mayores sacrificios y pasando por las humillaciones que sean necesarias. El cristiano ha de mostrarse siempre dispuesto a convivir con todos, a dar a todos -con su trato- la posibilidad de acercarse a Cristo Jesús. Ha de sacrificarse gustosamente por todos, sin distinciones, sin dividir las almas en departamentos estancos, sin ponerles etiquetas como si fueran mercancías o insectos disecados. No puede el cristiano separarse de los demás, porque su vida sería miserable y egoísta: “debe hacerse todo para todos, para salvarlos a todos (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 124).

El evangelista san Marcos nos cuenta con detalles lo que hizo el Señor un día en Cafarnaún. Estuvo en la sinagoga predicando, curó a muchos enfermos, entre otros a la suegra de Simón Pedro que tenía fiebre y dedicó tiempo a la oración. Al atardecer, cuando se puso el sol, llevaba hasta él a todos los enfermos y a los endemoniados; y estaba toda la ciudad agolpada junto a la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades, y expulsó a muchos demonios, y no les dejaba hablar, porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí oraba (Mc 1, 32-35). Predicar y curar: esta es la actividad principal de Jesús en su vida pública. Con la predicación anuncia el reino de Dios, y con la curación demuestra que este reino ya ha llegado.

Jesús, que vino al mundo para anunciar y realizar la salvación de todo el hombre y de todos los hombres, muestra una predilección particular por quienes están heridos en el cuerpo y en el espíritu: los pobres, los pecadores, los endemoniados, los enfermos, los marginados. Así, Él se revela médico, tanto de las almas como de los cuerpos, buen samaritano del hombre. Es el verdadero Salvador. Cada uno de nosotros está llamado a llevar la luz de la palabra de Dios y la fuerza de la gracia a quienes sufren (Papa Francisco). Procuremos hacerlo con entrega generosa, sin tacañería; con amor evangélico, no con simple filantropía; y con la ternura propia de una madre.

En los Evangelios son frecuentes las referencias al particular amor e interés de nuestro Señor por los enfermos y por todos los que sufren. Jesús amó a los que sufren, y esta actitud suya ha pasado a su Iglesia. La Iglesia ha aprendido de Cristo a amar a los enfermos. En un encuentro con enfermos, san Juan Pablo II les dijo: Es para mí uno de los encuentros más importantes de mi viaje apostólico. Porque en vosotros me encuentro de manera especial con Cristo que sufre, con Cristo que pasó curando a los enfermos, que se identifica de tal modo con vosotros que considera hecho a Él lo que a vosotros se hace. A lo largo de los siglos, la Iglesia se hecho particularmente “cercana” de quienes sufren. Y pide que se atienda a las personas enfermas con abnegación y espíritu de sacrificio. En cada enfermo, cualquiera que sea, reconoced y servid a Cristo mismo; haced que en vuestros gestos y en vuestras palabras perciba los signos de su amor misericordioso (Benedicto XVI).

Especial cuidado se ha de prestar a los moribundos, ayudándoles a vivir sus últimos momentos con dignidad y paz, y facilitándoles los auxilios espirituales de la oración y de los sacramentos (Penitencia, Unción de los enfermos y Comunión) para que estén bien preparados para el encuentro con el Dios vivo.

Continuemos con el relato de la estancia de Jesús en Cafarnaún. Se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Son muchos los pasajes del Evangelio que refieren la oración de Jesús. Oración de alabanza y acción de gracias, oración de petición. El Señor quiere enseñarnos con su ejemplo cuál ha de ser nuestra actitud cristiana: entablar habitualmente un diálogo filial con Dios, en medio y con ocasión de nuestras actividades ordinarias, con el fin de que con nuestra vida demos gloria a Dios.

Salió a buscarle Simón y los que estaban con él; y, cuando lo encontraron, le dijeron: “Todos te buscan”. Y les dijo: “Vayamos a otra parte, a las aldeas próximas, para que predique también allí, pues para esto he venido”. Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios (Mc 1, 36-39). Jesucristo nos dice que su misión es predicar. Y para predicar su mensaje salvífico envió a los apóstoles por todo el mundo, a todas partes, incluso los lugares más recónditos. La predicación es el medio elegido por Dios para llevar a cabo la salvación.

La predicación del Señor no consiste sólo en palabras. Es una doctrina acompañada por la eficacia de unos hechos. También la Iglesia ha sido enviada a predicar la salvación. Y todos los fieles hemos de escuchar devotamente la predicación del Evangelio, y todos hemos de sentir, a la vez, la responsabilidad de transmitirlo con palabras y con hechos. Jesucristo enseña también con su vida. Y acepta el dolor. Tomó sobre sí todo el sufrimiento humano, confiriéndole un valor nuevo… Por eso los cristianos que viven en situaciones de enfermedad, de dolor, de vejez, no están invitados por Dios solamente a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino también a acoger ya ahora en sí mismos y a transmitir a los demás la fuerza de la renovación y la alegría de Cristo resucitado. Tienen en sus manos un gran tesoro con el cual pueden hacer mucho bien a los demás.

¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los del jornalero? (Jb 7, 1). Las imágenes de la milicia y del jornalero son muy gráficas para expresar las penalidades que sufre el hombre durante su vida entera.

Recuerda que mi vida es como un soplo, que mis ojos no volverán a ver la dicha (Jb 7, 7). Job arguye que si su fin va a ser la muerte, no tiene sentido su dolor. Ve la muerte como meta y fin de las angustias de la vida. ¿Qué respuesta da el cristianismo al dolor? La respuesta está en el Evangelio. Sólo hay que ver a Cristo crucificado. Su sufrimiento es una luz para el misterio del dolor, y también una promesa de que habrá una recompensa. La fe invita a los enfermos, a los que sufren, a encontrar en Jesús apoyo y consuelo, y a no perder jamás la esperanza. En la prueba y en la enfermedad Dios nos visita misteriosamente y, si nos abandonamos a su voluntad, podemos experimentar la fuerza de su amor (Benedicto XVI). Por eso podemos hablar de esperanza en el dolor.

San Juan Pablo II, en la carta apostólica Salvifici doloris, recordaba una idea que está en la base de la vida cristiana: afrontar el sufrimiento como camino de salvación, no sólo personal sino para toda la Iglesia y la sociedad. Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). Con estas palabras, san Pablo indica el valor salvífico del dolor, de la visión cristiana del sufrimiento humano, que unido al de Cristo tiene sentido.

Tarde o temprano el dolor llama a nuestra puerta y, aunque no queramos abrirle, entra dramáticamente en nuestra existencia. Muchas personas hacen todos los esfuerzos posibles para huir de todo género de dolor. No se dan cuenta de que el sufrimiento -además de ser inevitable mientras vivamos sobre la tierra-, desde que ha sido redimido por Cristo en la Cruz, puede llegar a ser un medio de purificación, de crecimiento espiritual (Javier Echevarría).

Las enfermedades del cuerpo las da Dios para la salud del alma (San Francisco de Asís). Es necesario sufrir con paciencia la enfermedad; y aprovecharla para unirse a la Pasión de Jesucristo. Un sacerdote asesinado mientras oraba había escrito: Sólo seremos capaces de salvación ofreciendo nuestra propia carne. Debemos cargar con el mal del mundo, debemos compartir el dolor, absorbiéndolo en nuestra propia carne hasta el fondo, como hizo Jesús.

Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo, y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin Ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización. Nosotros hoy fijamos en Ella la mirada, para que nos ayude anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores (Papa Francisco).

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