Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 7ª (La lucha de las investiduras)


La lucha de las investiduras

¿Fue entonces cuando se produjo el enfrentamiento del Imperio con el Papado? Sí. Entendiendo correctamente que la intromisión no tenía paliativos, san Gregorio VII envió una dura carta a Enrique IV, conminándolo a dejar sin efecto el nombramiento de Teobaldo, bajo la pena de excomunión. Con ello empezaba la lucha más enconada y feroz entre el Papado y el Imperio de cuantas vivió la Edad Media, conocida como La lucha de las investiduras.

La respuesta del inestable monarca fue fulminante. Reunió un sínodo en Worms donde hizo que los obispos alemanes declararan a Gregorio VII relevado de todas sus funciones. La reacción de Gregorio VII no se hizo esperar. Convocó el sínodo romano de la cuaresma de 1076, en el cual excomulgó solemnemente a Enrique IV y desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad.

¿Cómo reaccionó el emperador alemán? El acto de san Gregorio VII era inaudito y causó verdadero estupor. La conmoción fue terrible: toda Alemania se estremeció y los que habían apoyado a su rey, le dieron la espalda. Los efectos fueron desastrosos para Enrique IV: los sajones se rebelaron, los obispos le abandonaron y los príncipes alemanes le amenazaron con la deposición si no conseguía la absolución en un año. Se convoca una dieta, a celebrar en Augsburgo el 2 de febrero de 1077, bajo la presidencia del Papa, a la cual está citado Enrique IV para dar cuenta de todos sus actos.

El Pontífice se puso en camino hacia Augsburgo, deteniéndose en el castillo de Canossa. Y allí, en aquella fortaleza, cuyo nombre evoca la terrible tempestad levantada por el Imperio contra el Papado, tuvo lugar una escena prodigiosa, uno de los hechos culminantes y más sobresalientes del Medievo. El emperador Enrique IV viéndose abandonado y temeroso de perder su corona, adelantándose a la sentencia definitiva que se emitiría con toda seguridad en la nueva dieta, cruzó los Alpes en lo más crudo del invierno para dirigirse a Canossa, sin escolta, sin insignias regias, vestido de penitente y descalzo, para implorar del Pontífice la absolución. El 28 de enero de 1077 san Gregorio VII, sacrificando su papel de estadista al de sacerdote le absolvió, restableciéndole en la comunión. Como representante de Cristo en la tierra, no pudo haber obrado de otra manera. Gregorio VII, como inteligente hombre de gobierno que también era, sabía que políticamente aquel perdón era una equivocación, pero fue un gesto que expresaba la infinita misericordia a la cual ningún pecador recurre sin que deje de ser acogido. Nunca fue más grande el Pontífice que en aquel instante, aunque, de hecho, supuso el inicio de su decadencia.

¿Qué pasó después de Canossa? Los acontecimientos se desarrollaron de forma adversa para san Gregorio VII. El emperador Enrique IV rompió los compromisos que hizo bajo juramento para la obtención del perdón, por lo que en el sínodo cuaresmal de 1080 el Papa fulminó de nuevo el anatema solemne contra Enrique, a quien llaman rey y contra todos sus fautores. La reacción del Emperador es inmediata, ordenando denegar la obediencia al Papa en los sínodos de Bamberg y Maguncia. Y el 25 de junio de 1080, un sínodo convocado por Enrique IV, celebrado en Brixen, declaró a san Gregorio VII desposeído de su dignidad pontificia y se eligió a Guiberto de Rávena para sustituirle. El antipapa tomó el nombre de Clemente III.

En el año 1083, el monarca alemán logró conquistar la Ciudad Leonina y se hizo coronar en San Pedro por Clemente III. Mientras el antipapa ocupaba San Pedro y San Juan de Letrán, Gregorio VII, en situación desesperada, se refugia tras las murallas del inexpugnable castillo de Sant’Angelo, del que no podía salir. De allí lo liberó Roberto Guiscardo, que con sus tropas había obligado a los imperiales a abandonar Roma. El remedio fue peor que la enfermedad. El ejército normando cometió tal cantidad de excesos en la Ciudad Eterna, que el Papa tuvo que alejarse de Roma.

El 25 de mayo de 1085, en Salerno, murió Gregorio VII. Sus últimas palabras fueron una adaptación del Salmo 44 (He amado la justicia y odiado la iniquidad; por esto Dios me ha ungido con el óleo de la alegría). Dijo el moribundo Papa: He amado la justicia y odiado la iniquidad, por esto muero en el destierro.

¿Cuál se acabó la lucha de las investiduras? Tras la muerte de san Gregorio VII continuó el conflicto entre el Papado y el Imperio a causa de las investiduras. Los siguientes papas (Víctor III, Urbano II, Pascual II y Calixto II) siguieron los pasos de san Gregorio VII. Cuando murió Enrique IV, su hijo y sucesor, Enrique V, prosiguió la misma política de su padre.

El fin de la lucha de las investiduras se debe al papa Calixto II. El 23 de septiembre de 1122 se firmó el Concordato de Worms, en el que se establecía el acuerdo entre la Santa Sede y el Imperio, según el cual correspondía al poder eclesiástico la investidura clerical mediante la entrega del anillo y el báculo, y la consagración con las órdenes religiosas, mientras que al poder civil se le reservaba la investidura feudal con otorgamiento de los derechos de regalía y demás atributos temporales.

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