Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 8ª (Herejías mediaevales)


Herejías medievales

¿Hubo herejías en estos siglos de esplendor de la ciencia teológica? Sí. Una de ellas fue la de Berengario de Tours (1000-1080). Éste, en el año 1047, mantuvo una polémica con Lanfranco de Pavía, abad del monasterio de Le Bec, en Normandía y futuro arzobispo de Canterbury, sobre la naturaleza de la Eucaristía, verdad de fe cristiana, según la cual durante la celebración de la misa el pan y el vino se transforman realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo; esta transformación recibe el nombre de transubstanciación. Para Berengario no ocurre realmente ninguna transformación, siendo el pan y el vino únicamente símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo; para Lanfranco, en cambio, el pan y el vino -ya transubstanciados- son realmente cuerpo y sangre de Cristo.

En 1080 Berengario abjuró de su error manifestando creer que después de la consagración, el pan se convierte en el verdadero cuerpo de Cristo, el cuerpo nacido de la Virgen, y el pan y el vino sobre el altar, gracias al misterio de las palabras de Nuestro Salvador, se convierten en sustancia en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo.

Otra herejía es la de los valdenses. Originada a finales del siglo XII, deben su nombre a Pedro Valdo, que formó un grupo denominado pobres de Lyon, que eran predicadores laicos itinerantes, que exaltaban la pobreza con una postura extrema que, al denunciar la riqueza eclesiástica, adoptaban una violenta actitud anticlerical y concretamente antijerárquica. Los valdenses llegaron a ser claramente heterodoxos y rompieron con la Iglesia. Pero la principal herejía es la de los cátaros. Son herejes de los siglos XII y XIII que admitían la existencia de dos principios, uno del bien y otro del mal. Condenaban la materia y el matrimonio, como creación del principio malo. También son llamados albigenses por proceder de Albi (Francia). El catarismo tomó forma de una iglesia, cuyos miembros se dividían en dos categorías: la de los perfectos o puros, que vivían libres de todas las ataduras carnales, y la de la masa de adheridos o creyentes, que no asumían compromisos tan rigurosos. Una práctica propia de los perfectos era la muerte voluntaria por inanición, que consumaba la victoria sobre el cuerpo material.

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