LA ALEGRÍADEL PERDÓN. Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Si he borrado tus crímenes, y no he querido acordarme de tus pecados, ha sido únicamente por amor a mí mismo (Is 43, 25). El profeta Isaías se refiere a los pecados de Israel, y cómo éstos son borrados por Dios. Queda manifiesta la infinita misericordia de Dios. Todo pecado es rechazo del amor paterno de Dios, ofensa a Dios, desagrada a Dios. Pusiste sobre mí la carga de tus pecados, y me cansaste con tus iniquidades (Is 43, 24). El misterio de la Redención está, en su misma raíz, unida de hecho con la realidad del pecado. La salvación de la que habla la divina Revelación es, ante todo, la liberación del pecado.

El sacrificio de la Cruz nos hace comprende la gravedad del pecado. Dios ama a su criatura, al hombre, y aunque le ofenden profundamente los pecados, no por eso deja de amarle. Lo ama también en su caída y no lo abandona así mismo. Lleva su amor hasta el extremo de entregar a su Hijo al sacrificio redentor del Calvario. Cristo lleva sobre sí los pecados de toda la humanidad. La misericordia de Dios es tan grande, que el mismo Dios se hace Niño en Belén, Pan en el Sagrario y Reo en la Cruz, para que el hombre alcance su salvación.

Jesucristo vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. En el Evangelio aparecen constantes referencias al pecado y al perdón del Señor. En la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo que se había marchado de la casa paterna vuelve a su casa y dice: Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 21), el padre lo acoge de nuevo y le perdona, sin echarle en cara su mal comportamiento. En Cafarnaún, cuando ponen delante de Jesús a un paralítico, lo primero que le dice el Señor a aquel hombre que yace en la camilla es: Tus pecados te son perdonados (Mt 9, 2). Estando Jesús invitado a comer en casa de un fariseo llamado Simón, una mujer pecadora le ungió los pies con perfume. El fariseo se decía a sí mismo: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora (Lc 7, 39). El Señor, conociendo lo que estaba pensando Simón, le dijo refiriéndose a la mujer pecadora: Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho (Lc 7, 47). En la escena de la mujer adúltera, Cristo les dijo a los que le habían aquella mujer: El que de vosotros esté sin pecado que tire la piedra el primero (Jn 8, 7). Y después, dirigiéndose a la mujer, le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y desde ahora no peques más (Jn 8, 11). En el mismo día de su Resurrección, Jesucristo transmite a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados: A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos (Jn 20, 23).

El evangelista san Juan escribió: Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos y la verdad no estaría en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1, 8-9). Todos estamos necesitados de misericordia. La misericordia de Jesús ¡es una fuerza que da vida, que resucita al hombre! No es sólo un sentimiento, es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del “cáncer” que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual.

Fijémonos en el pasaje evangélico del paralítico de Cafarnaún. Está en una casa Jesús predicando, anunciando la llegada del Reino de Dios, ante un gentío, y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Mc 2, 3-5). Es de resaltar la relación entre la fe y el perdón de los pecados. Los que llevan al paralítico muestran la fe que tenían en Cristo, y el Señor movido por ello perdona los pecados del enfermo. El paralítico y quienes lo llevan piden a Jesús la curación del cuerpo. Reconocen en el Señor que tiene poderes sobrenaturales para hacer milagros. Pero Cristo se interesa más por la salud del alma y pone remedio perdonando los pecados.

El paralítico simboliza al pecador que yace en el pecado, a todo hombre al que los pecados impiden llegar a Dios. Los que llevan la camilla representan a los que con sus consejos conducen al pecador hacia Dios. ¡Qué grande es el Señor, que por los méritos de algunos perdona a los otros, y mientras alaba a los primeros absuelve a los segundos! Aprende, tú que juzgas, a perdonar; aprende, tú que estás enfermo, a implorar perdón. Y si la gravedad de tus pecados te hace dudar de poder recibir el perdón, recurre a unos intercesores, recurre a la Iglesia, que rezará por ti, y el Señor te concederá, por amor a Ella, lo que a ti podría negarte (San Ambrosio).

Cristo perdona los pecados del paralítico. La pregunta que se hacen los escribas –¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (Mc 2, 7)- es lógica. Si los pecados son ofensa a Dios, sólo éste puede perdonarlos. Y precisamente, porque Jesucristo es Dios perdona los pecados. Además, transmitió este poder de perdonar los pecados a su Iglesia, instituyendo el sacramento de la Penitencia. Conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: “¿Por qué pensáis así en vuestros corazones?” (Mc 2, 8). Aquí se manifiesta la divinidad de Nuestro Señor: perdona los pecados; conoce por Sí mismo la intimidad del corazón humano -sabe lo que los escribas pensaban en su corazones (Mc 2, 6)-, y tiene poder para curar al instante las enfermedades corporales. Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos (Mc 2, 10-12). Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios. Jesús es todo misericordia, Jesús es todo amor: es Dios hecho hombre. Por eso curó a aquel hombre de las dos parálisis: la del cuerpo, que le impedía andar; y la espiritual por la cual no podía retornar a Dios.

Nuestro Señor Jesucristo ejerció el poder de perdonar los pecados y, por su infinita misericordia, quiso extenderlo a su Iglesia, transmitiéndolo a los Apóstoles y a sus sucesores en el ministerio sacerdotal. Los sacerdotes ejercitan el perdón de los pecados en el sacramento de la Penitencia no en virtud propia, sino que actuando en nombre de Cristo –in persona Christi- son instrumentos en manos del Señor. Con los ojos de la fe, en el sacerdote debemos ver a Cristo mismo, a Dios, y recibir las palabras de la absolución con la fe firme de que es el propio Jesús quien las dice por boca del sacerdote. Por esta razón, el ministro del sacramento de la Reconciliación no dice: Cristo te absuelva… sino yo te absuelvo de tus pecados…, en primera persona, en una identificación plena con el mismo Jesucristo.

La confesión es el sacramento de la alegría. No solamente porque el penitente siente gozo al recobrar la gracia de Dios, sino también por la alegría que tiene Dios cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón. Yo os digo que en el Cielo será mayor la alegría por un pecador que haga penitencia que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia (Lc 15, 7). También es el sacramento de la misericordia. ¿Habéis visto una manifestación más grandiosa de la misericordia de Nuestro Señor? Dios Creador nos lleva a llenarnos de admiración y de agradecimiento. Dios Redentor nos conmueve. Un Dios que se queda en la Eucaristía, hecho alimento por amor nuestro, nos llena de ansias de corresponder. Un Dios que vivifica y da sentido sobrenatural a todas nuestras acciones, asentado en el centro del alma en gracia es inefable… Un Dios que perdona, ¡es una maravilla! (San Josemaría Escrivá).

Antes de la Última Cena, Jesucristo lavó los pies a sus Apóstoles. Él, en el sacramento de la Penitencia, lava nuestra alma, con el baño de su amor, que tiene la fuerza purificadora de limpiarnos de la impureza y de la miseria. Lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios, para hacernos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos no podríamos ni deberíamos hacer jamás (Benedicto XVI).

¿Cuál es la mesa del Señor? Podemos referirnos a la mesa del banquete eucarístico, donde recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para acercarse a comulgar hay que estar limpios. Nunca nadie podrá recibir la Comunión con toda la dignidad que el Señor se merece, pero Cristo instituyó la Eucaristía para que pudiéramos recibirle a pesar de nuestras miserias y flaquezas, siempre que se tenga el alma limpia de pecados mortales. La Iglesia dice: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue sin acudir antes a la confesión sacramental (Código de Derecho Canónico, c. 916).

Volvamos al Cenáculo. Después del breve diálogo de san Pedro con el Señor sobre si debía o no lavarle los pies, el Señor dijo: Vosotros estáis limpios, aunque no todos (Jn 13, 10). La excepción era Judas Iscariote. Éste no estuvo presente cuando Jesucristo instituyó la Eucaristía, porque el evangelista san Juan dice: Aquél, (Judas) habiendo tomado el bocado, salió enseguida. Era de noche (Jn 13, 30). Los otros once sí estaban limpios y recibieron sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

También el Cielo suele representarse como un banquete, al cual hay que acudir vestido con el traje de fiesta. Por tanto, también es necesario -si se ha tenido la desgracia de pecar gravemente- purificarse en la Confesión para participar del banquete celestial. Preguntémonos: ¿Me confieso lo antes posible después de haber ofendido a Dios? ¿Me acerco a la Sagrada Comunión lo más limpio posible, con el alma en gracia?

Ir a confesarse es ir a encontrarse con Dios, que reconcilia, que perdona y que hace fiesta. ¡Dios perdona siempre! No se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Pero Él no se cansa de perdonar. No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo. Y te hace sentir la alegría del perdón. El sacramento de la Penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios. En la Confesión Dios hace desaparecer los pecados, los borra totalmente. Por eso nos dice por medio del profeta Isaías: No recordaréis las cosas pasadas, ni pensaréis en las cosas antiguas (Is 43, 18).

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el Cielo (Mt 18, 18). Es una promesa del Señor. Y escribe san Pablo: Todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él; y por eso decimos por Él “Amén” a la gloria de Dios (2 Co 1, 20). Dios cumple sus promesas, es fiel a su Palabra.

La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su Hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a Él, para decirle que no lo perderemos más (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 278).

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