EL MATRIMONIO CRISTIANO. Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Te desposaré conmigo para siempre, nos uniremos en la justicia y la rectitud, en el amor constante y la ternura. Yo te desposaré conmigo en la fidelidad y conocerás al Señor (Os 2, 21-22). Con estas palabras el profeta Oseas se refiere a la relación de Dios con Israel como de amor esponsal. Este amor exige fidelidad. Fidelidad que Dios siempre cumple. No así Israel que en no pocas veces cae en la idolatría, adorando a otros dioses. Pero es tan grande el amor que el Señor tiene por su pueblo que, a pesar de las infidelidades de Israel, se decide siempre a conquistarlo de nuevo para empezar una etapa de esplendor en sus relaciones.

Yo mismo la seduciré, la conduciré al desierto y le hablaré al corazón. Y desde allí le daré sus viñas y el valle de Acor será puerta de esperanza, allí me responderá como en los días de su juventud, como el día que subió de la tierra de Egipto (Os 2, 16-17). El profeta habla decididamente de Dios y de su pueblo. Evoca con nostalgia la vida del Pueblo elegido durante su peregrinación por el desierto, después de salir de Egipto, como época dorada en la que el Señor era el único Dios para su pueblo.

Israel es el Pueblo de Dios, el pueblo elegido. Y la alianza de Dios con su pueblo es esponsal. El Señor reclama una absoluta exclusividad, pues es el único y exclusivo Dios. No hay más Dios que Él. Esta exclusividad en el amor matrimonial será perpetua. Dios mantendrá la ayuda singular a Israel, que será en amor y misericordia.

Dios eligió a Israel para pueblo suyo, hizo alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de la historia y lo fue santificando. Todo esto sucedió como preparación y figura de su alianza nueva y perfecta que iba a realizar en Cristo. En el Nuevo Testamento, el Señor convoca a todas las gentes, judíos y gentiles, para que se unan, no según la carne, sino en el Espíritu. Ahora el Pueblo de Dios es la Iglesia. Todos los hombres están llamados a pertenecer al nuevo Pueblo de Dios.

La Iglesia es el Pueblo de Dios porque Él quiso santificar a los hombres no aisladamente, sino constituyéndolos en un solo pueblo, reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 153). También la unión de Jesucristo con su Iglesia es esponsal. Cristo es el Esposo; la Iglesia es su esposa, a la que Él ama porque la ha comprado con su sangre, la ha hecho hermosa y santa y en adelante es inseparable de Él. Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27).

A diferencia de Israel, la Iglesia ha sido siempre fiel a Cristo, su Esposo. Ha dilatado el reino de Cristo; ha hecho partícipes a todos los hombres de la redención salvadora; proclama la Palabra de Dios sin deformarla lo más mínimo; y orienta verdaderamente todo el mundo hacia Cristo Jesús. Decía san Juan Pablo II: La Iglesia es Pueblo de Dios en camino. Por algo, y no en vano, los primeros cristianos que siguieron a Cristo fueron llamados los “hombres del camino”. La Iglesia, en su recorrido por las sendas de la historia, no deja de afirmar constantemente la presencia de Jesús de Nazaret, ya que en el camino de todo cristiano está presente el misterioso Peregrino de Emaús, que sigue acompañando a los suyos, iluminándolos con su palabra esclarecedora y alimentándolos con su Cuerpo y Sangre, pan de vida eterna.

Cuando le preguntaron al Señor: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan y, en cambio tus discípulos no ayunan? Jesús les respondió: ¿Acaso pueden ayunar los convidados a la boda, mientras el esposo está con ellos? Durante el tiempo que tienen al esposo con ellos no pueden ayunar (Mc 2, 18-19). Con esta respuesta, Jesucristo se designa como el Esposo. Por eso la alegría de la Iglesia de saberse siempre acompañada por su Esposo. Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

La Iglesia es la esposa sin mancha del Cordero inmaculado, a la que Cristo unió consigo en pacto indisoluble. Gran misterio es éste, me refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5, 32) Por tanto, la Iglesia está unida a Cristo y sumisa a Él por el amor y la fidelidad. Y el amor de Cristo a su Iglesia es el fundamento del amor entre los esposos cristianos. La grandeza y dignidad sobrenaturales del matrimonio cristiano se fundamenta en que éste es una proyección de la unión de Cristo con la Iglesia.

Dios creó al hombre por amor y también lo llama al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Habiéndolo creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es muy bueno a los ojos del Creador.

El matrimonio constituye una íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por Dios y provista de leyes propias. Esta comunidad se establece con la alianza del matrimonio, es decir, con un consentimiento personal es irrevocable. La fidelidad matrimonial expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada.

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana (Benedicto XVI).

El amor matrimonial es donación propia al otro, pero tan íntima y noble, tan leal y confiada, que por una parte exige todo, y por otra excluye a todos. Si se admitiera reservas, provisionalidad, separación, ya no sería verdadero amor, sino habría incertidumbre, temor, sospechas. Jesucristo insistió en la indisolubilidad del matrimonio. La Iglesia sería infiel a su Maestro si no insistiera, como lo hace, en que, quien se divorcia de su compañero o compañera de matrimonio y se casa con otro comete adulterio.

Los fariseos, “para ponerlo a prueba”, plantearon a Jesús la cuestión sobre el divorcio: “Si era lícito a un marido repudiar a la propia mujer”. Y Jesús respondió ante todo preguntándoles lo que decía la ley y explicando por qué Moisés hizo esa ley de ese modo. De la casuística va al centro del problema: “Desde el inicio de la creación; Dios los hizo varón y mujer; por ello el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne. Así ya no son dos, sino una sola carne”. El Señor eligió precisamente esta imagen para explicar el amor que Él tiene con su pueblo. Un amor grande hasta el punto que aun cuando el pueblo no es fiel, Él habla con palabras de amor. Cuán hermoso es el amor, cuán hermoso es el matrimonio (Papa Francisco). Efectivamente el matrimonio es hermoso. Cristo Jesús le ha restituido a su primitiva dignidad, lo ha honrado y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia.

Después de decir el motivo por qué sus discípulos no ayunan, Jesucristo sigue hablando: Nadie echa vino nuevo en odres viejos; pues de lo contrario, el vino rompe los odres, y se pierden el vino y los odres; por eso, el vino nuevo se echa en odres nuevos (Mc 2, 22). El vino nuevo del amor limpio de un hombre y una mujer no se echa en los odres viejos de la cultura de la provisionalidad, del matrimonio a prueba o de la cohabitación durante el noviazgo. Esos odres viejos hacen trizas la vida. Al contraer matrimonio por la Iglesia, ese amor se vierte en odres nuevos, que es ponerse en camino juntos, mano con mano, confiando en la gran mano del Señor. ¡Siempre y para toda la vida! Con esta confianza en la fidelidad de Dios se afronta la aventura de formar una familia.

“Prometo serte fiel, en la prosperidad y en la adversidad…” Los novios (al decirlo) no saben lo que sucederá, no saben la prosperidad o adversidad que les espera. Necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos con confianza, para quererse el uno al otro día a día, y perdonarse cada día. Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte a la familia: la oración. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos y se apaga la alegría… (Papa Francisco).

Hoy día muchos jóvenes tienen miedo a fracasar en su matrimonio. A estos les dice el papa Francisco: Jóvenes, no tengáis miedo de dar pasos definitivos, como el del matrimonio: profundizad en vuestro amor, respetando sus tiempos y las expresiones, orad, preparaos bien, pero después tened confianza en que el Señor no os deja solos. Hacedle entrar en vuestra casa como uno de la familia: Él os sostendrá siempre.

San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: No es que nosotros seamos capaces de pensar algo como propio nuestro sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual también nos hizo idóneos para ser ministros de una nueva alianza (2 Co 3, 5-6).El Apóstol de los gentiles reconoce el poder de la gracia que le hace idóneo para el ministerio que Dios le ha confiado. Igualmente, es la gracia de Dios la que hace que los esposos cristianos vivan su matrimonio conforme al querer divino.

La fuente de esta gracia es Cristo. Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el Sacramento del Matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, 48). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros, de estar sometidos unos a otros en el temor de Cristo (Ef 5, 21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero.

Y esta confianza la tenemos por Cristo ante Dios (2 Co 3, 4). Confiemos también en Santa María, Madre del Amor Hermoso. Ella, en las bodas de Caná de Galilea intercedió ante su Hijo para que los nuevos esposos no pasaran un apuro, también ahora intercede ante Dios por la santidad de los matrimonios cristianos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s