Compendio de Historia de la Iglesia. Curs0 2017-18. Clases de Religión. Lección 9ª (El destierro de Aviñón)


 

El destierro de Aviñón

¿Qué se entiende por el destierro de Aviñón? Se llama el destierro de Aviñón los aproximadamente setenta años en que los Papas residieron en Aviñón, sujetos, de grado o por fuerza, a la voluntad de los reyes de Francia. También a este periodo se ha dado en llamar “cautiverio de Babilonia” en obvia referencia al cautiverio del pueblo judío.

El terrible enfrentamiento del papa Bonifacio VIII (1294-1303) con el rey francés Felipe IV el Hermoso terminó con la muerte del Pontífice. El pontificado de su sucesor, beato Benedicto XI (1303-1304), fue breve, de unos cuantos meses, y después hubo una larga sede vacante. Los cardenales reunidos en Perugia, al cabo de once meses llegaron a un compromiso y eligieron al arzobispo de Burdeos, Bertrand de Got, que tomó el nombre de Clemente V (1305-1314).

Tal era la situación en Roma que el nuevo papa, que se encontraba en su sede de Burdeos al ser notificado de su elección, en lugar de marchar a la Ciudad Eterna fue a Lyon y allí reunió a los cardenales y se hizo coronar en presencia del Felipe IV según su deseo. La ceremonia de la coronación fue accidentada, pues se desprendió un lienzo del muro, hirió levemente al Papa y le tiró al suelo la tiara, entre una nube de polvo levantada por los escombros. Algunos de los presentes interpretaron este hecho como un presagio funesto.

Clemente V cambió de sede muchas veces en los primeros tres años de su pontificado -Burdeos, Lyon, Tolosa y Poitiers- hasta que decidió fijar su residencia en Aviñón, concretamente en el convento de los dominicos, en cuya Orden había profesado tiempos atrás. Quizá no consideró la ciudad del Ródano como sede definitiva, pero, sin embargo, en Aviñón residieron él y sus sucesores hasta 1377, justificando, al menos en parte, el apelativo de “capellanes del rey de Francia”, con el que muchos historiadores los nombran.

¿Cuáles fueron los papas de Aviñón? El primero fue Clemente V (1305-1314). Hombre de buena voluntad, enfermizo, tan débil de carácter como de cuerpo, indeciso y ansioso, al que le faltó la correspondiente energía en los momentos decisivos. Acabó cayendo bajo la abrumadora influencia de Felipe IV el Hermoso, llegando a ser un instrumento maleable en manos del rey galo. Su pontificado ha sido juzgado de nefasto.

A Clemente V le sucedió Juan XXII (1316-1334). Cabe destacar de su pontificado algo más que una simple anécdota, pues dio lugar a la controversia. El día de Todos los Santos de 1331 el Papa, predicando en la catedral de Aviñón, como hacía con frecuencia, afirmó, advirtiendo que se trataba de una opinión personal que a nadie obligaba, que las almas de los bienaventurados no verían a Dios hasta después del juicio final. Esta arriesgada opinión fue de inmediato rebatida por la mayoría de los teólogos. El 18 de noviembre de 1333 aclaró que él no había querido decir que fuese doctrina segura, sino solamente que era una cuestión que convenía debatir. Ya en su lecho de muerte, Juan XXII se retractó de su afirmación, expresando que la había hecho a título personal, y diciendo: Creo y confieso que las almas, separadas del cuerpo y purificadas, están en el cielo con Jesucristo y con los ángeles, ven a Dios y la divina Esencia claramente y cara a cara. Si alguna vez he predicado, dicho o escrito lo contrario, lo revoco expresamente.

Después de Juan XXII vino Benedicto XII (1334-1342). Hombre lleno de virtudes, con un sentido muy austero de la vida, y una honda religiosidad, no pudo o no quiso sustraerse al ambiente de la época y del lugar en los que desempeñó su ministerio. Y como les había ocurrido a sus inmediatos predecesores no consiguió desprenderse de las cadenas que le vinculaban a la monarquía francesa. Puso fin a la controversia suscitada por su predecesor, definiendo dogmáticamente, mediante la constitución Benedictus Deus, fechada el 29 de enero de 1334, la visión beatífica de los bienaventurados sin tener que esperar al juicio final. Al comienzo de su pontificado manifestó su propósito de trasladar la curia a Roma, pero a las pocas semanas dispuso la construcción de un palacio para los Papas que tenía traza de fortaleza.

El sucesor de Benedicto XII fue Clemente VI (1342-1352). Hombre de gran cultura, había sido profesor en La Sorbona. Durante su pontificado, entre 1348 y 1350, una epidemia de peste asoló Europa, segando cerca de cuarenta millones de vidas humanas, casi la mitad de la población del Viejo Continente. En tan trágicas circunstancias el Papa hizo derroches de caridad. Aviñón fue una de las ciudades más castigadas por la peste negra. Tal era el número de cadáveres insepultos -al no haber lugar en los cementerios- que tuvieron que ser arrojados al Ródano, después de ser el río bendecido como lugar santo por el propio papa. Otra manifestación de su espíritu caritativo fue el total apoyo que prestó a los judíos que estaban siendo víctimas de las sistemáticas persecuciones cruentas iniciadas en 1348 en Francia y Alemania.

Tras la muerte de Clemente VI está el pontificado de Inocencio VI (1352-1362). Al comienzo de su pontificado pensó seriamente en residir en la Ciudad Eterna, pero para ello, antes, tenía que restaurar autoridad en los Estados Pontificios, que eran una especie de enjambre de pequeños dominios independientes. Para lograrlo, envió a la Península Itálica al arzobispo de Toledo, el cardenal Gil de Albornoz, que tan a gusto se sentía en el confesonario como a lomo de un caballo. El genio del cardenal español le permitió realizar aquella tarea, aparentemente imposible: fue en verdad el segundo fundador de los Estados de la Iglesia, a los que dotó de una constitución que se mantendría vigente hasta 1816. Una vez pacificada Italia la muerte sorprendió a Inocencio VI el 13 de septiembre de 1362, sin haber podido su propósito de ir a Roma.

A Inocencio VI le sucedió el beato Urbano V (1362-1370). Este Pontífice no hizo oídos sordos a las voces del clero y pueblo de Roma que pedían insistentemente el retorno del Papa a la Ciudad Eterna, y el 30 de abril de 1367 abandonó Aviñón camino de la Ciudad de las Siete Colinas. El 16 de octubre hizo su entrada en Roma. Dos años después, el emperador de Oriente, Juan V Paleólogo se trasladó a Roma y, en gesto que conmovió a la cristiandad, abjuró el cisma y abrazó el catolicismo, profesando creer que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, que el sacramento de la Eucaristía puede hacerse con pan ázimo y con pan fermentado, y que el Obispo de Roma tiene primacía sobre todas las Iglesias del mundo. Desgraciadamente la conversión del emperador no supuso el fin del Cisma de Oriente. Urbano V, presionado por los cardenales franceses, decidió volver a Aviñón. De nada valieron las súplicas de muchos clérigos lúcidos ni las lágrimas y la profecía de santa Brígida de Suecia: Morirás al llegar a Provenza, pues el Papa emprendió el regreso a la ciudad del Ródano. Pero la profecía se cumplió, pues poco tiempo después de llegar a la ciudad provenzal murió.

El último papa del destierro de Aviñón fue Gregorio XI (1370-1378). Fue el último papa de Aviñón. Desde momentos después de su elección mostró su predilección por Roma, afirmando en una bula que la Iglesia Sacrosanta de Letrán es la Sede principal del Sumo Pontífice. Sin embargo, no terminaba de tomar la decisión de trasladarse a Roma. Estando dubitativo, un día preguntó, por enésima vez, a santa Catalina de Siena: ¿Qué me aconsejáis que haga? La santa le dijo: ¿Quién puede saberlo mejor que Vuestra Santidad, puesto que ya hace mucho tiempo habéis hecho el voto de volver a Roma? El Pontífice se estremeció. En efecto, había hecho ese voto, pero no se lo había confiado a nadie. Estaba clara la voluntad de Dios. Por fin, se decide viajar a la Ciudad Eterna. El 13 de septiembre de 1376 deja Aviñón. Momentos antes de embarcar en la nave, su anciano padre sale a su paso para disuadirle: Padre Santo -le dice con gritos de angustia-, marcháis a un país y entre unas gentes donde vos no sois amado. Bien lo sabía el Papa, pero su decisión era firme, y vencido aquel último obstáculo, emprendió el viaje. El 17 de enero de 1377 entró en Roma, donde fue recibido con júbilo, gritando la multitud: ¡Alabado y exaltado sea el pastor supremo, que llega en el nombre del Señor!

¿Qué hecho tuvo lugar durante el pontificado de Clemente V para decir que su pontificado fue funesto? La disolución de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, llamada también la Orden del Temple.

¿Cómo fue la supresión de los templarios? En 1307, el rey Felipe IV el Hermoso de Francia inició una brutal persecución contra la Orden del Temple, acusando a sus miembros de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a los ídolos. Se trataba de falsedades sin base alguna para ocultar la verdadera causa de carácter económico, que no eran otra que la de apropiación por parte de Felipe IV el Hermoso de las posesiones y bienes de los templarios.

Por medio de la tortura obtuvo Felipe IV las declaraciones que deseaba. Incluso el Gran Maestre de la Orden, Jacobo de Molay, confesó haber cometido los crímenes de los que se acusaba a los templarios. Como consecuencia inmediata, muchos templarios fueron pasando por la hoguera en medio de un sinfín de irregularidades y el recelo del pueblo llano. Las confesiones hechas bajo tortura fueron después revocadas por los acusados. El rey francés montó un proceso contra los templarios y consiguió del papa Clemente V la supresión de la Orden. La bula Vox in Excelso, fechada el 22 de marzo de 1312 declaraba la disolución definitiva de los templarios. Dos años después, Jacobo de Molay, Godofredo de Charney, Maestre en Normandía, Hugo de Peraud, Visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, Maestre en Aquitania, fueron condenados a cadena perpetua. Cuando se les comunicó la pena, renegaron de sus confesiones, diciendo: Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas. Esta revocación motivó que fueran condenados a morir en la hoguera.

Antes de subir al patíbulo, Jacobo de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: Dios conoce que se nos traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad. Palabras que resultaron ser proféticas pues aún no había transcurrido un año y ya habían muerto tanto Felipe IV el Hermoso y Clemente V.

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