Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 20ª (Misión pacificadora de la Iglesia en la primera Guerra Mundial)


Misión pacificadora de la Iglesia en la Primera Guerra Mundial

¿Qué originó la Primera Guerra Mundial? El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero del Imperio austro-húngaro, era asesinado en Sarajevo por un estudiante bosnio. Cuando la noticia del magnicidio llegó a oídos de san Pío X, éste exclamó: ¡He aquí la chispa! Y las palabras del Romano Pontífice fueron tristemente proféticas: la tempestad estalló. El pistoletazo de Sarajevo fue la mecha que incendió el polvorín europeo. Lleno de amargura y presintiendo la gran tragedia que se cernía sobre Europa, san Pío X observaba el impulso hacia la guerra, lento al principio, y luego, a medida que transcurrían los días de julio, a un paso terriblemente acelerado.

El 28 de julio, Austria, contando con el apoyo de Alemania, declaró la guerra Serbia. Era la primera. Después se sucedieron otras declaraciones de guerra, y a lo largo de todas las fronteras de las grandes naciones europeas comenzaron a dispararse los fusiles, que irían intensificando el fuego a medida que llegaban las divisiones y el estampido de los cañones acompañaba el tableteo de las ametralladoras en el tremendo holocausto.

En un escrito apostólico, de 2 de agosto de 1914, a todos los católicos del mundo, el papa san Pío X exhortaba a todos los pueblos a la oración y presentaba a Cristo como príncipe de la paz. Tres semanas más tarde, el 22 de agosto de 1914, falleció santamente el papa.

¿Qué fue lo que marcó todo el pontificado de Benedicto XV? Cuando se celebró el cónclave para elegir el nuevo papa, Europa vivía horas dramáticas. Todo el pontificado de Benedicto XV estuvo marcado por aquella catástrofe. La primera gran tarea del nuevo Pontífice fue la de mantener, como padre común de todos, la imparcialidad y neutralidad del Papado durante la contienda.

Independientemente de las posiciones políticas de los gobernantes -reyes, primeros ministros, cancilleres- de los países en guerra, era evidente que sus súbditos y soldados -franceses o alemanes, rusos, ingleses o austríacos- creían con absoluta buena fe defender una causa justa. Benedicto XV era consciente de esta buena fe y, aunque tuviera una opinión particular respecto a quienes eran los agresores, no podía como Vicario de Cristo y Jefe de la Iglesia Católica manifestar dicha opinión o expresar simpatía por un bando o censurar al otro, pues al condenar a los dirigentes responsables de la agresión aparecería como parcial ante los ojos de millones de sus seguidores, con el riesgo de disminuir la confianza de éstos en la Iglesia y hasta de cuartear su fe en Dios.

Ante la conflagración, el Vaticano se fijó como objetivo la estricta neutralidad. Tarea que no resultaba fácil de observar. El deseo de la Santa Sede era que Italia se mantuviera al margen del conflicto, pero no pudo impedir que los católicos italianos, en una amplia mayoría, votaran a favor de la participación en la guerra.

¿Fue bien comprendida la neutralidad de la Santa Sede? No. La actitud imparcial del Papa provocaba recelos en ambas partes. Así, todos los esfuerzos de Benedicto XV para lograr el alto el fuego fueron interpretados, a veces, en cada uno de los campos rivales como gestiones en favor del adversario. En lo único en que las potencias centrales y los aliados coincidían era en no desear la intromisión del Vaticano. Incluso Estados Unidos, neutral en los años primeros de la guerra, adoptó una actitud vidriosa respecto a cualquier proposición de paz del Papa.

¿Cuáles fueron los esfuerzos por la paz de Benedicto XV? Desde el primer momento de su pontificado, Benedicto XV se esforzó en trabajar por el restablecimiento de la paz. En 1914 promovió lo que fue la tregua de Navidad, tregua no oficial que se dio lugar en las fronteras occidentales entre bandos que dejaron de luchar incluso por semanas. Además publicó la encíclica Ad Beatissimi Apostolorum, en la que indicaba las principales causas de la guerra, que eran cuatro según él: la falta de mutua comprensión entre los hombres; el menosprecio de la autoridad; las injustas luchas entre las clases; y el exagerado apetito de las cosas perecederas.

Basado en la idea cristiana de que la guerra es uno de los peores males que pueden abatirse sobre la humanidad, Benedicto XV hizo todo lo posible para aliviar los sufrimientos relacionados con el conflicto que dividía el mundo en dos campos enemigos. Varias de sus sugerencias -sobre el intercambio de prisioneros no aptos para el servicio, de los heridos graves, sobre la liberación de los civiles-, apoyadas por Alfonso XIII, rey de España, fueron tomadas en consideración por los beligerantes.

Gracias a la mediación del Papa se realizaron notables canjes de prisioneros, se salvó la vida a no pocos condenados a muerte, se mitigó la suerte de muchos prisioneros enfermos trasladándolos a la Suiza neutral, y se liberó de las cárceles innumerables prisioneros civiles. Colocándose por encima de todo partidismo, Benedicto XV reprobó todas las infracciones del derecho de gentes. En vano Benedicto XV, desde la atalaya vaticana de San Pedro, trató de imponer moderación a los excesos y de fijar límites a la crueldad.

En agosto de 1917, el Papa afirmó en una nota pontificia sobre la paz que la paz no podía ser hija de la violencia, sino de la razón. Además, Benedicto XV proponía a los Estados en guerra una base de discusiones. La nota fue favorablemente recibida, aunque con recelos, en Alemania y en el Parlamento austro-húngaro, y mal acogida en Francia, donde se tenía la impresión de que la Santa Sede trataba de favorecer a los Imperios centrales. El 23 de agosto el embajador británico comunicó al cardenal Secretario de Estado la respuesta inglesa a las proposiciones del Papa, en la que se decía que no era posible entablar unas conversaciones para alcanzar el cese de las hostilidades. El Presidente norteamericano, Wilson, contestó a la nota diciendo que apreciaba los esfuerzos del Pontífice, pero que era imposible lograr un acuerdo de paz con los dirigentes alemanes. La realidad es que ninguna de las partes beligerantes deseaba negociar, porque confiaban ciegamente en la victoria de sus armas.

¿Participó la Santa Sede en las conferencias de paz una vez acabada la guerra? No. En noviembre de 1918, tras el derrumbamiento de los ejércitos de los Imperios centrales, llegó la paz, pero fue la paz del agotamiento y no la paz de la concordia.

Acabada la guerra, los vencedores, en cumplimiento de la promesa hecha a los italianos en 1915 para decidirlos a que combatieran a su lado, excluyeron al Vaticano de las conferencias de paz. Elogiaron los servicios prestados por Benedicto XV a la humanidad, pero no le dieron la oportunidad de participar en el diseño del nuevo orden mundial que saldría de la Conferencia de paz de Versalles. Pero el Papa continuó trabajando incansablemente para remediar las múltiples necesidades derivadas de la guerra, y por calmar los odios existentes. Además escribió una carta al presidente de Estados Unidos pidiéndole que hiciera valer su poderosa influencia para que las condiciones de paz no fuesen una provocación para los vencidos, sino que estuvieran inspiradas en principios de justicia y de caridad cristiana.

Desgraciadamente, en Versalles triunfaron los sentimientos de venganza sobre toda índole de consideraciones humanas. La paz alcanzada estaba basada en el odio, que no haría sino acumular afanes de revancha en el bando vencido, y facilitaría el camino de un segundo conflicto, todavía más grave, una generación más tarde. Los 440 artículos del tratado allí concluido fueron calificados por Benedicto XV de artículos de guerra y no de paz, al tiempo que se pronunciaba contra la división de Europa.

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