Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 20ª (Pío XII y la Segunda Guerra Mundial)


Pío XII y la Segunda Guerra Mundial

¿Quién ocupaba la sede de san Pedro durante la Segunda Guerra Mundial? Pío XII. Fue elegido papa en una de las horas más graves de la Iglesia. Por segunda vez, un conflicto inhumano va a devastar Europa, destrozar países y sacudir los estratos de la civilización. Desde el día de su coronación -12 de marzo de 1939- consagró la totalidad de sus esfuerzos para impedir la guerra que era inminente. El 24 de agosto de 1939, una semana antes del comienzo de la guerra dirigió un llamamiento a la razón, cuyo contenido fundamental es éste: Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra.

El día 1 de septiembre de 1939 los alemanes ocupan Dantzig y su pasillo, y la Wehrmacht desencadena una formidable ofensiva contra Polonia. Dos días después, Francia e Inglaterra declaraban la guerra a Alemania. Había estallado el mayor conflicto bélico de toda la historia de la Humanidad.

¿Cuáles fueron los principales esfuerzos de Pío XII por la paz? Iniciada la guerra, Pío XII intentó impedir la planetización del conflicto. Virtualmente prisionero en el Vaticano, utilizó la radio para hacer oír su voz pacificadora. Desde el principio de las hostilidades, por encargo del Papa, se creó en el Vaticano un comité de ayuda a las víctimas y un servicio de información en favor de los prisioneros, refugiados y deportados.

Pío XII hizo todo lo posible por mantener a Italia al margen de la contienda, sin resultado positivo. Convertida Italia en beligerante, el Estado Vaticano queda aislado en medio del furioso torrente de la guerra. Por el artículo 24 de los Pactos Lateranenses el Papa está obligado a no inmiscuirse en política. Y de hecho mantiene la más rigurosa neutralidad, pero sin dejarse enredar en la propaganda de uno o de otro bando y conservando toda su independencia para condenar lo que no se puede justificar ni moral ni políticamente.

Con el ataque alemán a Rusia el 22 de junio de 1941, y el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre del mismo año, la guerra adquiere proporciones universales. Pío XII insistió en la necesidad de orar y de hacer penitencia para obtener de Dios el señalado beneficio de la paz. Acudió a la Basílica de Santa María la Mayor para implorar en fervorosa plegaria la paz a la Santísima Virgen, a la vez que realizó gestiones diplomáticas para abreviar los sufrimientos de la Humanidad.

¿Protegió el Papa a los judíos? Sí. Durante la guerra fue infatigable la acción de paz de Pío XII en favor de los prisioneros, los perseguidos y los refugiados. Con respecto al espantoso genocidio judío es injurioso reprocharle a Pío XII actitudes reservadas. El silencio, al principio, del Papa ante las deportaciones judías y la violación de los derechos humanos se debió al temor de que una denuncia contundente pudiera empeorar la situación. El 13 de mayo de 1940 dijo al Embajador italiano que realmente tendría que pronunciar palabras de fuego sobre los horrores cometidos por los nazis en Polonia y que sólo le contenía para no hacerlo el saber que, de hablar, la suerte de los polacos sería peor. Tenía muy presente las reacciones de los nazis como consecuencia de la encíclica Mit brennender Sorge de su predecesor Pío XI. A pesar de todo, cuando tuvo conocimiento de la existencia de campos de exterminio, alzó su voz en el mensaje navideño de 1942 para referirse a esos cientos miles de hombres que, sin culpa alguna por su parte, sólo por el hecho de su nacionalidad o de su raza, son entregados a una muerte rápida o lenta. En virtud de sus experiencias con el nacionalsocialismo, Pío XII y sus colaboradores estaban persuadidos de que una protesta inflamada no sólo no haría parar la máquina asesina nazi sino que la aceleraría.

En la época de la ocupación alemana de Roma, centenares de perseguidos se refugiaron en las basílicas romanas y demás edificios de la Santa Sede extramuros del Vaticano. Nadie que solicitaba asilo en el Estado Papal fue rechazado. No había diferencias por motivo de raza ni de religión. Fueron acogidos católicos, protestantes, judíos.

El 28 de noviembre de 1943 el Gran Rabino de Roma, Zolli, solicitó la protección del Santo Padre. Los nazis y los neofascistas habían exigido a los judíos residentes en Roma la entrega de un millón de liras y cien libras de oro, amenazándoles con saquear sus casas y llevarlos a campos de concentración si no lo hacían. Los judíos consiguieron el dinero, pero no la cantidad exigida del precioso metal. Entonces Pío XII ordenó fundir muchos vasos sagrados para poder socorrer a aquellos hombres de una fe distinta. A las veinticuatro horas los judíos pagaban el injusto tributo.

En la ayuda a los judíos el Papa encontró una inestimable ayuda en el embajador Weizsäcker y en el diplomático alemán Albrecht von Kessel. En la redada de la Gestapo del 16 de octubre de 1943 si no fueron arrestadas las ocho mil personas previstas, la causa estuvo en la hábil cooperación entre la Embajada alemana ante la Santa Sede y la Curia romana. Es Kessel quien sugirió la redacción de una carta de protesta, firmada por el obispo austríaco residente en Roma, Aloius Hudal. Dicha carta sirvió a Weizsäcker como apoyo a sus argumentaciones ante el Gobierno de Berlín. Por motivos tácticos se añadieron en la carta algunas observaciones diplomáticas sobre los jefes nazis y las buenas relaciones entre el Vaticano y Alemania: se trataba de argumentar que el arresto de los judíos bajo las ventanas del Papa era un acto perjudicial para la política alemana. Desgraciadamente, el objetivo no se consiguió del todo. Mil judíos son trasladados al norte de Italia, en un viaje sin retorno para la mayor parte de ellos. Pero se había conseguido salvar a siete mil.

¿Cómo se ayudó a los prófugos? Cuando se produjo en 1943 la capitulación de Italia y el cambio de régimen, la situación se convirtió en caótica. Pío XII se preocupó por el socorro de los indigentes, de los huérfanos, de los niños, de los prófugos y emigrados, de los prisioneros de guerra, de todos aquellos, en fin, que por la fuerza aciaga de las circunstancias se hallaban sumidos en el profundo abismo del dolor, del hambre o de la miseria. Creó la Comisión Pontificia de asistencia a los prófugos para aliviar la triste situación de los que, tras haberlo perdido todo, se veían forzados a vagar errantes por los caminos de Italia sin encontrar el fin de su desdichada peregrinación.

También a los demás países ocupados por los nazis llegó la acción benéfica del Papa. A los obispos de Francia, Bélgica y Luxemburgo envió considerables sumas de dinero para socorrer a los pobres y reparar los daños causados por las operaciones bélicas. Igualmente se mandaron subsidios extraordinarios a las misiones de Escandinavia y a las poblaciones eslovenas, croatas y serbias; alimentos a Grecia y a Polonia, y considerables auxilios a los polacos diseminados en Francia, Hungría, Suiza y otros lugares. En las Nunciaturas funcionaban oficinas especiales para consuelo y ayuda de los prófugos.

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