DEBILIDAD DEL HOMBRE Y FORTALEZA DE DIOS. Homilía del Domingo XIV delTiempo Ordinario (Ciclo B)


En el lenguaje normal se emplea con frecuencia antropomorfismos para referirse a Dios. Y así se dice que estamos en las manos de Dios. En el Antiguo Testamento se habla repetidas veces del corazón de Dios, considerado como el órgano de su voluntad: el hombre es juzgado en referencia al corazón de Dios. Por ejemplo, a causa del dolor que su corazón siente por los pecados del hombre, Dios decide el diluvio, pero después se conmueve ante la debilidad humana y perdona.

En el libro de Oseas se describe de manera muy clara los sentimientos del corazón de Dios respecto a su pueblo, del amor con que el Señor se dirigió a Israel en el alba de su historia: Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (Os 11, 1). Sin embargo, a pesar de esta incansable predilección divina, Israel responde con indiferencia e incluso con ingratitud. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí (Os 11, 2), es la queja que sale de la boca del Señor. Pero a pesar de la indiferencia e ingratitud del pueblo elegido, Dios no abandona a Israel en manos de sus enemigos, pues mi corazón se conmueve en mi interior, y a la vez se estremecen mis entrañas (Os 11, 8) dice el Creador del mundo.

Dios envió profetas a Israel para que volviera al buen camino. Uno de ellos es Ezequiel. Éste oyó que el Señor le hablaba: Yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido contumaces hasta este mismo día. Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el Señor Yavé. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa de rebeldía, sabrán que hay un profeta en medio de ellos (Ez. 2, 3-5). Ezequiel comunica al pueblo lo que Dios le dice, sabiendo que transmite un mensaje divino, que no es suyo, y lo hace con fortaleza y perseverancia, aunque sus oyentes no lo acepten, o lo rechacen.

San Agustín dice: Los profetas de Dios son aquellos que dicen lo que escuchan de Dios, y un profeta de Dios no es otro que aquel que expresa las palabras de Dios a los hombres que, por su parte, no pueden o no merecen entender a Dios. Ezequiel, consciente de ser profeta y, por tanto, representante de Dios en medio del pueblo, exige con autoridad a sus conciudadanos atención a su mensaje.

La Revelación divina, llamada con toda propiedad Palabra de Dios, se ha desarrollado en distintas etapas a lo largo de la historia de la Salvación. En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1-2). El Señor Jesucristo, Verbo de Dios encarnado y divino Maestro que abrió la mente y el corazón de sus discípulos a la inteligencia de las Escrituras, guíe y sostenga siempre nuestra actividad. Los Apóstoles acogieron la palabra de salvación y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa custodiada en el cofre seguro de la Iglesia: sin la Iglesia esta perla corre el riesgo de perderse o hacerse añicos.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, y a diferencia con Israel, siempre ha sido fiel a Dios. A veces se ha comparado a la Iglesia a una barca sacudida por el oleaje y los vendavales de la historia; pero en esa barca es Jesucristo quien lleva el timón, y así conduce a los creyentes al puerto seguro de la nueva vida.

¡Qué grande es el amor de Dios! Es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos, más que el de un esposo a su amada. El evangelista san Juan lo dice con estas palabras: Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3, 16). Y si el amor de Dios a Israel es comparado al amor de un padre a su hijo, ¿cuánto será el amor de Dios a su Iglesia? Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e intachable (Ef 5, 25‑27).

Sabrán que hay un profeta en medio de ellos. En el libro del Deuteronomio Moisés dice al pueblo: El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo de entre tus hermanos. A él le escucharéis (Dt 18, 15). Moisés conversaba “cara a cara” con Dios. En Jesús se cumple la promesa del nuevo profeta. En Él se ha hecho realidad lo que en Moisés era sólo imperfecto: Él vive ante el rostro de Dios no sólo como amigo, sino como Hijo, vive en la más íntima unidad con el Padre (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret). Cristo, Hijo único de Dios, nos da a conocer al Padre.

San Marcos cuenta que Jesús fue a Nazaret, y en día de sábado entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: “¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?” (Mc 6, 2). Pero el Señor no fue bien acogido. La extrañeza y la envidia hicieron que sus paisanos se escandalizaran de Él. No hay profeta menospreciado sino en patria (Mt 13, 57), cumpliéndose a la letra vino a los suyos y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). Jesús se maravilló de la falta de fe de los nazarenos.

Éste es mi Hijo amado; escuchadlo (Mt 17, 5). Es la voz de Dios que nos dice que escuchemos el mensaje de su Hijo. Escuchar a Cristo y obedecer su voz: éste es el camino real, el único que conduce a la plenitud de la alegría y del amor. La Sagrada Escritura no es algo que pertenezca al pasado. El Señor no habla en el pasado, sino que habla en el presente, Él habla hoy con nosotros, nos concede su luz, nos muestra el camino de la vida, nos regala su comunión y nos prepara y nos abre así a la paz. La Palabra de Dios ha sido confiada a la Iglesia para alimentar la fe y guiar a la vida de caridad de los cristianos. El mensaje de Cristo nos ha sido transmitido por la Iglesia. El Evangelio es novedad. Y se nos pide esta docilidad a su novedad. Dios debe ser recibido con esta apertura a la novedad. Y esta actitud se llama docilidad. ¿Soy yo dócil a la Palabra de Dios o hago siempre lo que yo creo que es la Palabra de Dios? (Papa Francisco).

Sólo en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada. Por eso, la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Sagrada Escritura -especialmente del Nuevo Testamento-, en la oración personal. El profeta Ezequiel fue enviado por Dios a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ya en los inicios de la Iglesia primitiva, el Señor envió a san Pablo para anunciar el Evangelio y difundir la Palabra de Dios a todo un mundo pagano.

En el Nuevo Testamento además de los Santos Evangelios hay otros libros. La mayor parte de ellos son cartas del apóstol san Pablo. Éste fue elegido por el Señor como instrumento suyo para una misión bien concreta: Para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel (Hch 9, 15). No le promete el Señor una vida fácil, sino que habrá de sufrir por causa de mi nombre (Hch 9, 17). Y efectivamente, la vida de san Pablo estuvo llena de dificultades. Pero en todo momento era consciente de la ayuda de la gracia. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte (2 Co 12, 10).

Para que no me engría, me fue clavado un aguijón en la carne, un ángel de Satanás para que me abofetee, y no me envanezca (2 Co 12, 7). Son palabras del apóstol san Pablo, que muestran una humildad admirable. Se refiere a las debilidades que el Señor permite en él. Todas las personas humanas, a excepción de la Virgen María, hemos sido concebidos en pecado. Por el bautismo se nos quitó el pecado original, pero arrastramos las heridas de dicho pecado, tenemos el fomes peccati, la inclinación al mal. También san Pablo sentía la concupiscencia de la carne. Y para no caer en la tentación, acudía a Dios. Rogué al Señor que se alejase de mí (2 Co 12, 8) aquel ángel de Satanás, que me librase del aguijón que tenía clavado en mi carne. Ante la petición que le hacía el Apóstol de los gentiles, el Señor le dijo: Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza (2 Co 12, 9). Esta petición de san Pablo y la respuesta del Señor nos recuerdan la necesidad de pedir ayuda a Dios ante las dificultades.

La vida hombre en la tierra es tiempo de lucha sin tregua. El diablo, empeñado en devorar la vida de Cristo en nosotros, incansablemente promueve planes para hacernos tropezar. Para vencer, nunca nos faltará la gracia. Éste es el mensaje que dejó san Juan Pablo II a los jóvenes españoles en su primer viaje apostólico a España: El mal es una realidad. Superarlo en el bien es una gran empresa. Brotará de nuevo con la debilidad del hombre, pero no hay que asustarse. La gracia de Cristo y sus sacramentos están a nuestra disposición.

La Sagrada Escritura atestigua la influencia nefasta de aquél a quien Jesús llama “homicida desde el principio”. En el libro del Éxodo se narra como a largo de la travesía del pueblo de Israel por el desierto, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás. La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él (Benedicto XVI).

Se ha dicho que Satanás no tienta a los que ya le pertenecen; ¿para qué?: ya está sumergidos en el fango del pecado. Procura arrastrar a los que son fieles al Señor, a los que contagian a otros el amor de Dios que llevan en el corazón. Nuestro Señor Jesucristo quiso enseñarnos, al permitir ser tentado por el diablo en el desierto, cómo hemos de pelear y vencer cuando nos vengan tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.

En esta peregrinación en que consiste ahora nuestra vida, no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (San Agustín). La diferencia entre un pecador y un santo no radica en que uno tiene más tentaciones que el otro, sino en que el segundo no se deja vencer por los asaltos más violentos, en tanto que el primero cede ante la más leve tentación. La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y por volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo para no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma.

Que la Virgen María, modelo de docilidad y obediencia a la Palabra de Dios, nos enseñe a acoger plenamente la riqueza inagotable de la Sagrada Escritura.

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