RECOMENDACIONES DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Una de las obras de misericordia se refiere a la hospitalidad (Dar posada al peregrino). En el Juicio final el Señor tendrá en cuenta de cómo se ha vivido la hospitalidad. A los santos les dirá: Era forastero y me acogisteis (Mt 25, 35); y a los condenados: Era forastero, y no me acogisteis (Mt 25, 43). San Marcos cuenta que Jesús comenzó a enviar a sus apóstoles a los pueblos y aldeas para que anunciasen la llegada del Reino de Dios y les dio poder sobre los espíritus inmundos (Mc 6, 7). Entre otras recomendaciones, les dijo: Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí (Mc 6, 10).

La hospitalidad es algo central en la espiritualidad cristiana. Jesús, como buen maestro, envía a sus discípulos a vivir la hospitalidad. Les dice: Quedaos en la casa donde entréis. Los envía a aprender a vivir una de las características fundamentales de la comunidad creyente. Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar. En la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar. Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido (Papa Francisco).

También Cristo Jesús les dice a los apóstoles cuando estos son enviados por Él a predicar que no tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; y que fueran calzados con sandalias y no llevaran dos túnicas (Mc 6, 8-9). Jesucristo exige estar libre de cualquier clase de ataduras a la hora de predicar el Evangelio. El discípulo, que tiene el encargo de anunciar el mensaje salvífico del Señor a las gentes, no debe poner su confianza en los medios humanos, sino en la Providencia de Dios. Lo que pueda necesitar para vivir dignamente se lo han de procurar los mismos beneficiarios de la predicación, pues el obrero merece su sustento (Mt 10, 10). Tanta debe ser la confianza en Dios del que predica que ha de estar seguro que no ha de faltarle lo necesario para vivir, aunque él no pueda procurárselo; puesto que no debe ocuparse menos de las cosas eternas, por ocuparse de las temporales (San Beda).

Cuando un cristiano está apegado a los bienes, da la mala impresión de un cristiano que quiere tener dos cosas: el cielo y la tierra. Y Jesús indica la cruz y las persecuciones. Esto quiere decir negarse a sí mismo, llevar cada día la cruz… La gratuidad en seguir a Jesús es la respuesta a la gratuidad del amor y de la salvación que nos da Jesús. Qué feo es ver a un cristiano -sea laico, consagrado, sacerdote, obispo- cuando se ve que busca dos cosas: seguir a Jesús y a los bienes, seguir a Jesús y seguir el mundanismo. Esto es un antitestimonio que aleja a la gente de Jesús (Papa Francisco).

Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos (Mc 6, 11). El hombre debe prestar atención al anuncio del Evangelio, y creer en la palabra de Jesús. Si la acepta y persevera en ella, recibe el consuelo de su alma, la paz de su espíritu y la salvación. Pero si la rechaza, no está exento de culpabilidad y Dios le juzgará por su cerrazón a la gracia que se le ha ofrecido.

En la vida de la Iglesia, gracias a instituciones, fundaciones, órdenes monásticas, congregaciones religiosas, han surgido a lo largo de su historia hospitales para enfermos y pobres, asilos para ancianos, albergues para peregrinos, orfanatos para niños huérfanos. Siendo la hospitalidad una faceta muy importante de la caridad cristiana. De modo especial en Occidente la hospitalidad alcanza gran relevancia e influencia en las rutas y centros de peregrinaciones. En la actualidad, hay muchos centros de acogida para inmigrantes y para los sin techos llevados por instituciones eclesiales. Pero preguntémonos cada uno: ¿Cómo vivo yo la hospitalidad? Una forma de vivirla es ayudando económicamente a algunas de las muchas instituciones que se dedican a esta obra de misericordia.

Los apóstoles, obedientes a Cristo, predicaron a la gente que hiciera penitencia y expulsaban muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban (Mc 6, 13). San Marcos es el único evangelista que habla de una unción con aceite a los enfermos. El aceite se utilizaba en tiempos de Jesús para curar las heridas, y los apóstoles lo emplearon también para curar milagrosamente las enfermedades corporales, según el poder que Nuestro Señor les confirió. De ahí el uso del aceite como materia del sacramento de la Unción de los enfermos, que cura las heridas del alma e incluso las del cuerpo, si conviene. En este versículo hay que ver “insinuado” el sacramento de la Unción de los enfermos, que será instituido por Jesucristo, y más tarde recomendado y promulgado a los fieles por el apóstol Santiago el Menor.

Y ya que se ha hecho referencia a la Unción de los enfermos es conveniente saber quiénes son los que lo pueden recibir. Hay que aclarar que la Unción de los enfermos no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir, sino para todo católico que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro de muerte por enfermedad o por vejez, aunque el peligro no sea extremo. También puede darse la Unción a un enfermo que va a ser intervenido quirúrgicamente, con tal que una enfermedad grave sea la causa de dicha operación.

Amós cuenta cómo Dios le tomó de detrás del rebaño y Yavé me dijo: Vete, profetiza a mi pueblo Israel (Am 7, 15). Y aunque Amós no era profeta ni hijo de profeta (Am 7, 14) hizo lo que Dios le pedía: profetizar. Ya en el Nuevo Testamento Cristo llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos (Mc 6, 7). Los apóstoles se marcharon y predicaron como el Señor les había mandado. En ambos casos (el del profeta Amós y el de los apóstoles) hay una llamada de Dios y una misión: anunciar la palabra de Dios, dar a conocer el misterio de su voluntad.

Y es también lo que hace el apóstol san Pablo: En Carta a los Efesios, escribe: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (…), ya que en él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuéramos santos (Ef 1, 3-4). Además, hemos sido predestinados a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo (Ef 1, 5). Ésta es la Buena Nueva: Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (San Juan Pablo II). La participación en la santidad de Dios mismo es la vocación de todos, ¡de cada uno y de cada una!

San Pablo habla de esperanza, porque se refiere al fruto de la obra redentora del Señor: la liberación de la más profunda esclavitud, que es del pecado. En Cristo tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad (Ef 1, 7-9). Y con el perdón de los pecados, ha sido restaurada la verdadera dignidad del hombre.

La Iglesia, que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado (San Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris hominis, n. 10). Es así como se manifiestan la sabiduría e inteligencia divinas respecto al hombre.

El cristiano se sabe elegido por Dios para que sea santo. Y para ser santo hay que tener un trato con Dios a lo largo de la jornada -trabajo y descanso, vida familiar y apostolado-. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos, puesto que todo nos viene de Dios. Ser de Dios es darle nuestra inteligencia con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras ideas… Pero también hay que darle nuestro corazón, de tal forma que nuestros deseos, afectos, amores y voluntad sean para Dios. Con palabras de san Josemaría Escrivá, podemos decir: “No hay otro camino; o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. El Señor sigue llamando a muchos al sacerdocio y a la vida consagrada; pero ahora, como en todas las épocas, Él llama a la mayor parte de los hombres y de las mujeres para que sean santos y le sirvan en medio del mundo, en las fábricas y en los hospitales, en las universidades, en el deporte, en todos los ambientes donde se puede realizar cualquier trabajo humano honesto (San Juan Pablo II).

También el cristiano es consciente de ese gran don que Dios nos ha concedido. Por beneplácito de su voluntad (Ef 1, 5) nos llamamos y somos hijos de Dios (1 Jn 3, 2). La filiación divina del cristiano tiene su fuente en Jesucristo. Él, que es el Hijo único consustancial del Padre, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Dios quiso que el misterio de nuestra filiación divina nos fuese revelado con toda claridad dándonos a Cristo, su Hijo hecho hombre. Él es el Camino para ir al Padre, porque por su Humanidad Santísima nos introduce en su Filiación al Padre.

Esa relación de adopción no es algo solamente jurídico, de tipo externo y puramente accidental. La adopción divina afecta a todo el ser del hombre y lo introduce en la misma vida de Dios. La filiación divina es el mayor de los dones que Dios ha concedido en esta tierra. ¡Bendito sea Dios!, exclamamos con san Pablo al considerar esta realidad gozosa, pues es propio de los hijos manifestar abiertamente el reconocimiento y el amor debidos a su padre.

En él (Cristo) también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria (Ef 1, 13-14). San Pablo reconoce la grandeza del plan salvífico de Dios en la realización de las promesas al pueblo judío mediante Jesucristo, aún ve mayor prodigio en la llamada a los gentiles a participar de la misma promesa. El ser sellado con el Espíritu Santo significa el haber sido recibidos por Dios e incorporados a su Iglesia, en orden a la salvación reservada antes sólo a Israel.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios que ha sido adquirido por Dios al precio de la Sangre de su Hijo. Al pueblo del Antiguo Testamento ha sucedido el pueblo de los creyentes en Cristo, cualquiera que sea su procedencia. Todos forman ya la Iglesia, el Pueblo de los elegidos.

Santa María también a nosotros como a los criados de las bodas de Caná nos pide: Haced lo que Él os diga. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

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