Compendio de Historia de la Iglesia. Curso 2017-18. Clases de Religión. Lección 22ª (El Pontificado de san Juan Pablo II)


El Pontificado de san Juan Pablo II

¿Quién fue el Papa que condujo a la Iglesia al tercer milenio del cristianismo? San Juan Pablo II. En octubre de 1978, poco menos de dos meses después del cónclave que eligió a Juan Pablo I, los cardenales son llamados de nuevo a Roma por la muerte inesperada del Papa. Del cónclave sale elegido el cardenal polaco Karol Wojtyla, que toma el nombre de su inmediato predecesor. Al papa recién elegido se le acerca un compatriota suyo, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszynski, para decirle: La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio. Aún quedaban más de dos decenios para el año 2000. San Juan Pablo II aceptó el reto, y desde el comienzo de su Pontificado puso su mirada en el Año Jubilar 2000.

¿Por qué se le atribuye a san Juan Pablo II el calificativo de Magno? San Juan Pablo II fue testigo del mensaje de salvación ciertamente a través de su vastísimo magisterio, pero más aún si cabe, con su propia persona. En todos los países que recorrió en sus numerosos viajes apostólicos, su persona y sus gestos eran portadores de la verdad de Cristo y de su pasión por el hombre. No fue sólo un heraldo del Evangelio, sino también un testigo del poder transformador de Cristo en la vida y en la historia de los hombres. Su nombre ocupa un lugar destacado en la historia de la Iglesia. Con sus enseñanzas y el ejemplo de su vida, san Juan Pablo II indicó al hombre en su peregrinar terreno la senda de la santidad, pues vivió entregado a la Iglesia y la dirigió con amor apasionado y con una fidelidad inquebrantable a Cristo, y en Cristo y por Cristo, por el bien de todos los hombres a cuyo encuentro iba no sólo en las audiencias romanas, sino en su peregrinar apostólico por el mundo anunciando la Buena Nueva del mensaje de Jesús de Nazaret.

¿Fue san Juan Pablo II un papa viajero? Sí. Derrochando energía y soportando con fortaleza largos trayectos, interminables saludos a personas, así como bruscos cambios de clima y de husos horarios, san Juan Pablo II llevó el mensaje de Cristo a los cinco Continentes, hablando casi siempre a las gentes en sus propias lenguas. Con estos viajes realizó la tarea encomendada por Jesucristo al primer Obispo de Roma: Confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). Los viajes del Papa contribuyeron a impulsar las Iglesias locales y a una más profunda evangelización de los fieles, además de generar en muchos no católicos una corriente de simpatía hacia la Iglesia Católica. Algunos de los viajes se recuerdan por el particular alcance ecuménico, por ejemplo, sus visitas a Turquía, Inglaterra, Finlandia, Rumanía, Georgia, Grecia y Armenia.

Los números hablan por sí mismos. 104 viajes apostólicos fuera de Italia y 146 por este país; 129 naciones visitadas, estando en 616 ciudades. En Roma, de las 333 parroquias, visitó 317.

¿Qué acontecimiento cambió el curso de la historia en el Este europeo? La caída del telón de acero. En la Europa del Este, a finales de la década de los ochenta del siglo XX se produjo un hecho calificado por muchos de milagroso: el hundimiento del Imperio soviético. Resulta casi increíble el modo en que los sucesos de 1989 cambiaron la forma de vivir de aquellos millones de personas al otro lado del “telón de acero”. Símbolo del derrumbe del imperio soviético fue la desaparición del muro de Berlín, ocurrida en la noche del 9 de noviembre de 1989. El estilo de vida en las naciones “satélites” de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), escrupulosamente controlado por los comunistas durante más de cuarenta años, se transformó, “de repente”, en una aspiración hasta entonces sólo anhelada secretamente: la aspiración a la libertad. La elección de un cardenal del Este para la Sede de San Pedro fue determinante para que se produjera el milagro, el final del comunismo. La fumata blanca del 16 de octubre de 1978, además del anuncio gozoso del Habemus Papam!, fue un brillo de esperanza de que algo iba a cambiar en el Este de Europa. Poco más de una semana de haber sido elegido papa, san Juan Pablo II dijo: La Iglesia del Este ha dejado de ser la Iglesia del silencio, porque el Papa habla en su nombre.

Los comunistas pretendieron arrancar la fe de los pueblos sometidos, pero la pretensión de construir un mundo sin Dios e incluso contra Dios se ha revelado ilusoria -decía san Juan Pablo II en 1990-. No podía ser de otra manera. Sólo seguía siendo un misterio el momento en que se manifestaría el fracaso de esa pretensión.

El protagonismo de san Juan Pablo II en los acontecimientos que, desde 1981 a 1989, se produjeron en la Europa del Este, incluida la URSS, no fue político. El Papa deseaba la caída del comunismo, pero su actuación quedó siempre dentro del campo de su ministerio: la defensa y predicación de los valores cristianos, morales, éticos, del individuo y de la sociedad. En todo momento quiso abrir una brecha en el mundo hermético e inhumano del comunismo por la que entrara Cristo. San Juan Pablo II ha pasado a la historia como el restaurador del humanismo cristiano frente al materialismo marxista, como abanderado de la libertad y de los derechos humanos, profundamente convencido de que la libertad religiosa es el fundamento de las demás libertades.

¿Cuáles son los documentos más importantes del último pontificado del siglo XX? En el campo de la doctrina, el Catecismo de la Iglesia Católica. En el terreno jurídico el Código de Derecho Canónico para la Iglesia latina y el Código de cánones de las Iglesias Orientales. Sobre la cuestión social, las encíclicas Sollicitudo rei socialis, Laborem exercens y Centessimus anuus. También están la exhortación Familiaris consortio, que trata de la familia; y la carta apostólica Mulieris dignitatem, sobre la dignidad de la mujer en la sociedad. Además, en el tema de la moral cristiana está la encíclica Veritatis splendor. Y sobre la vida humana, la encíclica Evangeliun vitae.

Pero hay muchos otros documentos, también importantes. El magisterio de san Juan Pablo II está fundamentalmente en 14 encíclicas, 15 exhortaciones apostólicas y 11 cartas apostólicas. Además están los discursos, homilías, mensajes y alocuciones. En sus escritos trató de variados temas, todos exigidos por su misión magisterial. Temas tratados: el trabajo humano, el ecumenismo, la actividad misionera de la Iglesia, la doctrina social de la Iglesia, la moral cristiana, la vida humana, la relación entre fe y razón, la catequesis, la familia, la consagración religiosa, el sacramento de la Penitencia, los laicos, los sacerdotes, los obispos, el sentido salvador del dolor y la enfermedad, la dignidad de la mujer, la ordenación sacerdotal reservada sólo a los varones, las Iglesias Orientales, la naturaleza de la Conferencias episcopales, el sentido cristiano y religioso del domingo, el Santo Rosario, la Eucaristía.

También hay documentos dedicados a la Santísima Trinidad (encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem), a la Santísima Virgen María (encíclica Redemptoris Mater), a san José (exhortación Redemptoris Custos); y otros sobre la Iglesia en los cinco Continentes. Y por último, dos cartas apostólicas relacionadas con el paso de un milenio a otro: Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte.

¿Qué fue el principal conflicto solucionado? El de la teología de la liberación. Esta doctrina heterodoxa, defendida por los que postulaban un cristianismo-marxista, favorecida por la clamorosa situación de pobreza y de injusticia, hizo estragos en el continente americano sembrando guerrilla y discordia. Inducía a la lucha de clases, abría una brecha de descatequización por la que entraban las sectas, sembraba secularismos, vaciaba de contenido religioso el mensaje evangélico.

Consciente san Juan Pablo II de que Hispanoamérica era un continente golpeado por la pobreza, mucha de la cual era consecuencia de graves injusticias, alentó y bendijo todo cuanto se hiciera para mejorar su suerte, para liberar a aquellos países de las ataduras de la miseria y de la ignorancia, para que resplandeciera en todos los hombres la dignidad propia de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Pero dejó bien claro: La metodología de la violencia no tiene justificación racional y aún menos cristiana. Frente a los métodos de la violencia es necesario realizarse en la verdad, construirse sobre la justicia, ser animada desde el amor y efectuarse en la libertad.

Para clarificar ideas, la Congregación para la Doctrina de la Fe intervino con dos instrucciones: Libertatis nuntius, y Libertatis conscientia. En estos documentos se autorizaba la validez de la expresión teología de la liberación siempre que fuera bien entendida y reafirmara el sentido genuino de la liberación predicada por Cristo. La liberación –se lee en el primer documento citado- es ante todo y principalmente liberación de la esclavitud radical del pecado. Su fin y su término es la libertad de los hijos de Dios, don de la gracia. (…) Algunos se sienten tentados a poner el acento de modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal, de tal manera que parecen hacer pasar a un segundo plano la liberación del pecado, y por ello no se le atribuye prácticamente la importancia primaria que le es propia. Existe una auténtica teología de la liberación: la que está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada. Pero junto a ellas, hay otras teologías de la liberación cuya interpretación del Evangelio se aparta gravemente de la fe de la Iglesia y que son, por tanto, heterodoxas. Y en la Libertatis conscientia expresamente se dice que la opción preferencial de la Iglesia por los pobres no es exclusiva ni excluyente, pues no puede ser en modo alguno una opción partidista y de naturaleza conflictiva.

¿Hubo algún que otro asunto grave? El pontificado de san Juan Pablo II estuvo sembrado de dificultades, pero el Papa no se arredró ante los problemas y trató de solucionarlos. Y con ganas de entrar como capitán de la milicia cristiana en el nuevo milenio.

San Juan Pablo II se encontró con el asunto espinoso de la compleja situación de la Iglesia en Holanda desde los años del postconcilio. La Iglesia en Holanda había tenido, en los años cincuenta y primeros de los sesenta, una enorme vitalidad social y misionera. Los católicos holandeses, minoría en el país (40% de la población), eran extremadamente fieles a Roma. A principios de la década de los setenta, la comunidad católica entra en un rápido proceso de contestación y sufre una desintegración profunda. Al comienzo del pontificado de san Juan Pablo II la Iglesia en Holanda está sumida en una grave crisis, la mayor de su historia.

En mayo de 1985 viajó san Juan Pablo II a los Países Bajos. En vísperas de la llegada del Papa, el arzobispo de Utrecht, Adrianus Johannes Simonis, declaraba que aquel viaje apostólico ayudaría a superar las divisiones, y explicaba las realidades del país diciendo: Existe entre nosotros una división en la interpretación del Vaticano II, e incluso de la Sagrada Escritura. El holandés es un pueblo teológico. Un holandés es un teólogo; dos hacen una Iglesia; tres, un cisma. No quiero decir con esto que exista cisma, pero división sí que hay.

Poner orden en medio de un tremendo confusionismo doctrinal era empresa ardua y compleja. Ya el beatoPablo VI en los años postconciliares había dicho varias veces no a las iniciativas de algunos grupos progresistas de católicos holandeses: No al Catecismo de 1966; no al Concilio Pastoral que hizo clausurar en 1970; no a los candidatos al episcopado indicados por los capítulos de las catedrales. San Juan Pablo II decidió convocar para enero de 1980 un Sínodo particular de la Iglesia holandesa, en Roma, como medio para resolver la crisis. La finalidad del Sínodo era estimular la comunión: entre la comunidad eclesial y la Trinidad, entre los mismos bautizados, entre los fieles y sus obispos, entre los propios obispos y el Papa. Durante el desarrollo del Sínodo, san Juan Pablo II hizo cuanto pudo para que el encuentro -momento decisivo de reflexión- se desarrollase en un espíritu colegial. Y al final, el Pontífice lo calificó como un período gozoso y un período de un verdadero diálogo de salvación.

Un silencio esperanzador siguió al Sínodo. Pronto la frontera entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles, que había quedado difuminada y como perdida en la niebla de la confusión de los llamados agentes pastorales, volvió a quedar delimitada. Las aguas, aunque lentamente, empezaron a volver a su cauce. La unidad de los fieles, y de ellos con sus obispos, y de todos con Roma, fue restablecida.

¿Qué espina se le clavó en el corazón paternal de san Juan Pablo II? El cisma ocasionado por el obispo francés Marcel Lefêbvre. El Papa había decidido llevar a la práctica todas las enseñanzas y prescripciones del Concilio Vaticano II, y se encontró con la oposición de Lefêbvre, que no las aceptaba. Con corazón de padre, el Papa entabló el diálogo para la reconciliación, pero resultó infructuoso. Y cuando el prelado francés hizo saber a la Santa Sede su decisión de conferir la ordenación episcopal, sin mandato apostólico, a cuatro sacerdotes, san Juan Pablo II, ante el posible cisma, escribió a Lefêbvre pidiéndole por las llagas de Cristo nuestro redentor que no lo hiciera. El obispo galo consumó su acto de rebeldía sin atender a la petición del Papa.

¿Cuáles fueron las celebraciones importantes en el último cuarto del siglo XX? El Año Santo de 1983 para conmemorar el MCML aniversario de la Redención de Cristo; el Gran Jubileo del año 2000; y el Año Mariano en el bimilenario del nacimiento de la Santísima Virgen. También tuvieron su importancia la celebración de las Jornadas Mundiales de la Juventud en diversas partes del mundo y la de los Encuentros de las Familias. Además de las ceremonias de beatificación y de canonización.

¿Qué novedades hubo respecto a la vida de piedad? La más significativa es la inclusión de los misterios luminosos o de luz en el Santo Rosario. También las letanías lauretanas se vieron enriquecidas con dos invocaciones más: Mater ecclesiae y Regina familiae. Además está la institución de la fiesta de la Divina Misericordia.

¿Fue el siglo XX un período floreciente para la Iglesia? Sí. Se puede decir que es el Siglo de oro del Papado. Varios papas están ya en los altares (san Pío X, san Juan XXIII, beato Pablo VI y san Juan Pablo II), y otros en procesos de canonización (Pío XII y Juan Pablo I). Pero especialmente están los santos del siglo XX. Entre ellos: santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), pensadora alemana de origen judío, convertida al catolicismo y profesa en la Orden del Carmelo. Murió en el campo de concentración de Auschwitz; santa Josefina Bakhita, sudanesa, flor africana que conoció las angustias del secuestro y de la esclavitud y que se abrió admirablemente a la gracia en Italia, junto a las hijas de santa Magdalena de Canosa; san Josemaría Escrivá, el santo de la vida ordinaria; santa Faustina Kowalska, difusora de la devoción a la Divina Misericordia; san Pío de Pietrelcina, fraile capuchino apóstol del sacramento de la Penitencia; santa Juana Batetta Molla, madre de familia que prefirió llevar a término la gestación de su cuarta hija, aun sabiendo que el precio de ese nacimiento sería su propia muerte; santa Ángela de la Cruz, fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Compañía de la Cruz; santa Teresa de Calcuta, religiosa entregada a atender a los “más pobres entre los pobres”; el beato Carlos I, último emperador de Austria, y otros muchos más.

También surgieron los movimientos eclesiales. Son comunidades dentro de la Iglesia que tienen una determinada forma de llevar a cabo o vivir la fe católica. Algunas están dedicadas a la evangelización y actividad misionera. Se denominan movimientos laicos para diferenciarlos de los religiosos. Tras el Concilio Vaticano II aparecieron bastantes de estos movimientos, entre ellos: Camino Neocatecumenal, Movimiento de los Focolares; Comunión y Liberación; Renovación carismática Católica; Regnum Chriti; Comunidad de Sant’Egidio; y Movimiento apostólico de Schonstatt.

Y con luz propia ilumina todo el siglo las apariciones de la Virgen María en Fátima a tres niños. En un aniversario de la primera aparición (13 de mayo), el Papa sufrió un atentado en la Plaza de San Pedro. Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido “una mano materna quien guió la trayectoria de la bala”, permitiendo al “Papa agonizante” que se detuviera “a las puertas de la muerte”, dijo el cardenal Sodano.

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