JESUCRISTO, BUEN PASTOR Y PRÍNCIPE DE LA PAZ. Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Y al desembarcar, vio Jesús una gran multitud, y se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6, 34). El papa Francisco comentando este versículo evangélico se fija en tres verbos: ver, compadecerse y enseñar, y los llama los verbos del Pastor. Jesús, Dios y hombre verdadero, tiene un corazón misericordioso. Cuando ve a aquellas gentes, las mira con atención. Su mirada no es la de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con “los ojos del corazón”. Y siente compasión al ver la necesidad espiritual que tienen. Estaba profetizado: Se muere mi pueblo por falta de doctrina (Os 4, 6). Aquella gente necesita instrucción y esta necesidad quiere subsanarla el Señor por medio de la predicación. Y es lo que hace.

“Ver y tener compasión”, configuran a Jesús como Buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios. Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su “Palabra”, es decir, enseñar la Palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús nos enseña (Papa Francisco).

En el libro del profeta Jeremías está esta queja del Señor: ¡Ay de los pastores que dejan perderse y desparramarse las ovejas de mis pastos! (Jr 23, 1). Son malos pastores que no apacientan a Israel, al pueblo de Dios. El Señor dice claramente que se ocupará de castigar la maldad (Jr 23, 2) de sus obras. Desgraciadamente es algo que siempre ha habido. Si se especifica en la Sagrada Escritura que hay buenos pastores, es porque también hay pastores que son malos. Los buenos pastores llevan a las ovejas a los pastos para que se alimenten de la doctrina cierta y segura de la Iglesia; los malos pastores hacen que sus ovejas coman las malas hierbas de la confusión doctrinal y moral. Los primeros están siempre disponibles para curar a los fieles con los sacramentos de sanación (Penitencia y Unción de los enfermos); los segundos no ven la necesidad de aplicar estos remedios medicinales a las enfermedades del alma. El buen pastor da ejemplo con su vida entregada al servicio de los fieles; el mal pastor con frecuencia escandaliza con su comportamiento mundano.

El buen pastor, el verdadero cristiano tiene este celo dentro: que nadie se pierda. Y por esto no tiene miedo de mancharse las manos. Va adonde debe ir. Arriesga su vida, arriesga su fama, arriesga perder su comodidad, su estatus, también perder en la carrera eclesiástica, pero es buen pastor (Papa Francisco).

Después de la queja sobre los malos pastores, viene la promesa del Señor que pondrá sobre las ovejas pastores que las apacienten, para que no teman, ni se espanten, ni falte alguna (Jr 23, 4). Apoyándose en este versículo, san Juan Pablo II habla de la presencia continua de buenos pastores en el nuevo Pueblo Dios que es la Iglesia. Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y los guíen. La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y definitivo de la promesa de Dios: “Yo soy el Buen Pastor” (Jn 10, 11). Él, “el gran Pastor de las ovejas” (Hb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de apacentar la grey de Dios (San Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 1).

Jesús se llama a sí el Buen Pastor, ese pastor que apacienta las ovejas y las lleva a buenos pastos. Los profetas del Antiguo Testamento dieron el título de “pastor de Israel” al futuro descendiente de David, al Mesías que tenía que venir. En el Evangelio se ve a Cristo compadecido por una gran multitud, porque estaban como ovejas que no tienen pastor. Ejerce de pastor dando el alimento de su palabra, esa palabra de vida eterna. Jesús es el verdadero pastor de Israel porque es el Hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación (Benedicto XVI).

Además, el Espíritu Santo ha puesto Pastores para regir el Pueblo de Dios. En primer lugar está el Papa, sucesor de san Pedro, a quien confió Cristo apacentar sus ovejas y corderos. El Romano Pontífice es pastor de todos los fieles, por lo que debe procurar el bien común de la Iglesia universal y el de todas las iglesias particulares. En cada diócesis, el Obispo es el pastor de la grey que se le ha confiado. Y los sacerdotes también participan del oficio de pastor.

Estos pastores, partícipes de la misma misión de Cristo, están llamados a sembrar la semilla de la Palabra de Dios, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Y también a seguir el ejemplo del Buen Pastor que da su vida por las ovejas (Jn 10, 11) y las conoce, con un conocimiento del corazón, propio de quien ama y de quien es amado; de quien es fiel y de quien sabe que, a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna (Benedicto XVI).

Recemos por los pastores de la Iglesia, por todos los obispos, incluido el obispo de Roma, por todos los sacerdotes, por todos. Por favor, os pido que nos ayudéis: ayudarnos a ser buenos pastores. San Cesáreo de Arlés explicaba cómo el pueblo de Dios debe ayudar al pastor, y ponía este ejemplo: cuando el ternerillo tiene hambre va donde la vaca, a su madre, para tomar la leche. Pero la vaca no se la da enseguida: parece que la conserva para ella. ¿Y qué hace el ternerillo? Llama con la nariz a la teta de la vaca, para que salga la leche. ¡Qué hermosa imagen! “Así vosotros -dice este santo- debéis hacer con los pastores: llamar siempre a su puerta, a su corazón, para que os den la leche de la doctrina, la leche de la gracia, la leche de la guía”. Y os pido, por favor, que importunéis a los pastores, que molestéis a los pastores, para que os demos la leche de la gracia, de la doctrina y de la guía (Papa Francisco).

La fiel predicación del Evangelio está encomendada a los pastores de la Iglesia. Es indudable que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y que quiso y muy severamente ordenó que las enseñanzas doctrinales de este magisterio fuesen recibidas como las suyas propias (Concilio Vaticano II). Los fieles, ovejas del rebaño del Buen Pastor, deben aceptar el magisterio de la Iglesia, pues no se puede creer en Cristo sin creer en la Iglesia; no se puede creer con fe católica en la Iglesia sin creer en su irrenunciable magisterio. La fidelidad a Cristo implica, pues, fidelidad a la Iglesia, y la fidelidad a la Iglesia conlleva a su vez la fidelidad al magisterio (San Juan Pablo II).

También Jeremías profetiza: Mirad que días vienen -oráculo del Señor- en que suscitaré a David un brote justo, que rija como rey y sea prudente, y ejerza el derecho y la justicia en la tierra. En sus días estará a salvo Judá, e Israel vivirá en seguridad. Y este es el nombre con que te llamarán: “El Señor, nuestra Justicia” (Jr 23, 5-6). Es el anuncio de la llegada de un descendiente de David, que aportará una nueva etapa de prosperidad y salvación. Este brote justo que designa al rey venidero llegará a ser un término para referirse al futuro Mesías, como aparece en el libro del profeta Zacarías –Este es el hombre, cuyo nombre es Brote, pues brotará de sus propias raíces y reconstruirá el Templo del Señor (Zac 6, 12); Yo voy a traer a mi siervo “Brote” (Zac 3, 8)-. El Mesías prometido será descendiente legal de David, puesto que el Señor lo garantiza al llamarlo “brote justo” o brote legítimo. Ya en el Nuevo Testamento, en el cántico Benedictus, pronunciado por Zacarías, con motivo del nacimiento de san Juan Bautista, se dice que Dios ha suscitado para nosotros el poder salvador en la casa de David su siervo, como lo había anunciado desde antiguo por boca de sus santos profetas (Lc 1, 69-70).

En la nueva era que anuncia Jeremías reinará la justicia porque habrá paz y seguridad plena: será la época definitiva de salvación. Zacarías dice del Mesías que guiará nuestros pasos por el camino de paz (Lc 1, 79), y hará que sirvamos, sin temor, con santidad y justicia en su presencia (Lc 1, 74-75). Y san Pablo también se refiere a la paz que ha traído Cristo a la tierra. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2, 13-18).

Él es nuestra paz. La división que existía en el género humano entre judíos y gentiles ha sido abolida por Cristo mediante su muerte en la Cruz. De ahí que la paz entre los hombres, superando todas las diferencias, sólo puede encontrarse a través de la gracia de Cristo.

En nuestros días, en los que vemos al mundo amenazado por nubes tenebrosas de violencia y de guerra, las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso es un rayo de luz penetrante, un clamor de confianza y optimismo. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

Cuando el hombre olvida su destino eterno y el horizonte de su vida se limita a la existencia terrena, se contenta con una paz ficticia, con una tranquilidad sólo exterior a la que pide la salvaguardia del máximo bienestar material que puede alcanzarse con el mínimo de esfuerzo. De este modo, construye una paz imperfecta e inestable, pues no está radicada en la dignidad de la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios y llamada a la filiación divina. Vosotros jamás tenéis que contentaros con estos sucedáneos de paz; sería un grave error, cuyo fruto produciría la más amarga de las desilusiones (San Juan Pablo II).

El Señor te conceda la paz (Nm 6, 26). Pidamos al Señor que nos conceda la paz; paz para cada uno de nosotros, para nuestras familias y para el mundo entero. Aspiramos a vivir en paz, pero la paz verdadera, la que anunciaron los ángeles en la noche de Navidad, no es conquista del hombre o fruto de acuerdos políticos; es ante todo don divino, que es preciso implorar constantemente y, al mismo tiempo, compromiso que es necesario realizar con paciencia, siempre dóciles a los mandatos del Señor. Pues la verdadera paz es la que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Santa María, toma bajo tu protección materna a toda la familia humana, a la que con todo afecto a Ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza.

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