CINCO PANES Y DOS PECES. Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


En los Santos Evangelios se narran dos multiplicaciones de panes realizadas por Jesucristo. También el Antiguo Testamento, el libro II Reyes, está el prodigio realizado por el profeta Eliseo de dar de comer a un centenar de hombres con unos pocos panes. Son pasajes semejantes, pero con algunas diferencias.

Vino un hombre de Balalisá trayendo en la alforja el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente para el profeta del Señor. Eliseo dijo: “Dáselo a la gente para que coman”. El criado replicó: “¿Qué hago yo con esto para cien personas?” Eliseo insistió: “Dáselo a la gente para que coman. Porque esto dice el Señor: Comerán y sobrará”. El criado se los sirvió a la gente: comieron y sobró, como había dicho el Señor (2 R 4, 42-44). ¿Qué era el pan de las primicias? Era una ofrenda que se hacía a Dios. Por tanto, ese pan estaba destinado a Dios. El hombre de Balalisá ofreció el pan a Eliseo por ser profeta del Señor; pero éste, con un gesto compasivo, dada la carestía existente, quiere compartirlo.

En la segunda multiplicación de los panes obrada por Cristo, tanto san Mateo como san Marcos recogen las palabras del Señor antes del realizar el milagro. Me da mucha pena la muchedumbre, porque ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer (Mt 15, 32 y Mc 8, 2). Jesús que es la misericordia personalizada se enternece viendo a aquella de multitud de personas carentes de alimento. El Señor es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Y toma la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud. El milagro de multiplicar los panes es una muestra de cómo Dios premia la perseverancia en su seguimiento: la muchedumbre ha estado pendiente de la palabra de Jesús -verdadero alimento del espíritu-, olvidándose de todo lo demás, incluso del alimento corporal.

Volviendo al pasaje del Antiguo Testamento, nos preguntamos: ¿Quiénes eran aquellos cien hombres? Probablemente esos hombres pertenecían a los círculos proféticos con los que vivía Eliseo. Éste a la vez que ordena a su criado que reparta el pan pronuncia un oráculo que ha recibido de Dios –Comerán y sobrará-, y el prodigio se realiza. También Jesucristo obrará el milagro de multiplicar los panes, y lo hará asimismo tras la objeción del apóstol Felipe –Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco (Jn 6, 7)- parecida a las del criado de Eliseo (¿Qué hago yo con esto para cien personas?). Pero Jesús realiza el milagro por propia iniciativa y alimenta a muchísimas más personas, a cinco mil hombres según el relato de san Juan.

San Juan cuenta que estando Jesús en la ribera del mar de Tiberíades, mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos (Jn 6, 2-3). Al ver Jesús aquel gentío preguntó a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer (Jn 6, 5-6). Ya hemos hecho referencia a la respuesta del apóstol, a la objeción que puso. También Andrés habla de la imposibilidad de dar de comer a tantísima gente. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos? (Jn 6, 9). Pero para Dios no hay nada imposible. Hizo que la gente se recostara sobre la hierba y tomando los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron (Jn 6, 11).

Éste es el milagro de la multiplicación de los panes. Su corazón misericordioso le llevó a Jesús a saciar a aquella multitud hambrienta. Este gesto de Jesús es una llamada para que también nosotros seamos misericordiosos con nuestros hermanos, con los que padecen necesidad. Dar de comer al hambriento es una de las obras de misericordia. Reflexionemos sobre la práctica de la limosna, que es una manera de ayudar a los necesitados.

El hombre tiene una tendencia a apegarse a los bienes terrenales. La limosna nos ayuda a no dejarnos llevar por esa tendencia, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. En el relato del milagro vemos como un joven pone a disposición del Señor todo lo que tiene: cinco panes y dos peces. Y comenta el Papa Francisco: Jesús esperaba justamente eso. Ordena a los discípulos que hagan sentar a la gente, luego toma los panes y los peces, da gracias al Padre y los distribuye. Estos gestos anticipan los de la última Cena, que dan al pan de Jesús su significado más auténtico. El pan de Dios es Jesús mismo. Al comulgar con Él, recibimos su vida en nosotros. Jesús sacia no sólo el hambre material, sino el más profundo, el hambre de sentido de la vida, el hambre de Dios.

Con el diálogo previo del Señor con Felipe y Andrés, y la realización del milagro, Jesús enseña también a sus discípulos a confiar en Él ante las dificultades que encontrarán en sus futuras tareas apostólicas, emprendiéndolas con los medios que tengan, aunque sean insuficientes, como en este caso lo eran los cinco panes y los dos peces. Él aportará lo que falta. En la vida cristiana hay que poner al servicio del Señor lo que tengamos, aunque nos parezca muy poco. El Señor sabrá multiplicar la eficacia de esos medios tan insignificantes.

En el mundo vemos gente muy necesitada. Ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la dificultades de tantas personas, ¿qué podemos hacer nosotros? Cristo nos da ejemplo: se conmovió y puso remedio. Sí, ¿qué podemos hacer? Podemos ofrecer ese poco que tenemos: alguna hora de tiempo para acompañar a esa persona que vive sola, algún talento -dinero- para paliar en algo a algún pobre, alguna competencia que sirva de ayuda a quien está en dificultad… ¿Quién de nosotros no tiene sus “cinco panes y dos peces”? ¡Todos los tenemos! Si estamos dispuestos a ponerlos en manos del Señor, bastarían para que en el mundo hubiera un poco más de amor, de paz, de justicia y, sobre todo, de alegría (Papa Francisco).

No viven el espíritu evangélico los que poseen riquezas terrenas y las utilizan para sí mismos. Fuerte es el reproche que san Juan dirige a los que pasan de largo ante los que sufren en la indigencia y en el abandono Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3, 17). Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

San Pablo en la Carta a los Efesios enumera unas virtudes que constituyen diversas manifestaciones de la caridad. Os exhorto (…) a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 1-3). La caridad no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. Por eso procuramos seguir a Jesús por el camino de la caridad, haciendo las obras de misericordia con amor, teniendo un corazón a la medida del corazón de Cristo y sabiendo compadecernos de los que padecen cualquier tipo de necesidad. Entonces viviremos la caridad con ternura y siempre con humildad.

Para el cristiano, la limosna no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. No es limosna desprenderse de lo que sobra como ropa vieja, o dar calderilla sin apenas valor; sino compartir bienes materiales.

La limosna cristiana tiene que hacerse en secreto. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en lo oculto (Mt 6,3-4); que se haga para mayor gloria de Dios, y no para la nuestra. Hay que evitar que la ayuda al hermano necesitado se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien del prójimo, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, no estamos viviendo la caridad. De ordinario, la gente es muy poco generosa con su dinero -me escribes-. Conversación, entusiasmos bulliciosos, promesas, planes. -A la hora del sacrificio, son pocos los que “arriman el hombro”. Y, si dan, ha de ser con una diversión interpuesta -baile, tómbola, cine, velada- o anuncio y lista de donativos en la prensa. -Triste es el cuadro: sé tú también de los que no dejan que su mano izquierda, cuando dan limosna, sepa lo que hace la derecha (San Josemaría Escrivá).

Después de narrar el milagro, el evangelista san Juan continúa el relato diciendo: Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido (Jn 6, 12-13). De nuevo se cumple el oráculo del Señor: Comerán y sobrará. El mandato de recoger los trozos sobrantes encierra otra enseñanza del Señor: los bienes materiales, por ser dones de Dios, no se deben desperdiciar, sino que han de ser usados con espíritu de pobreza. Y dijo el beato Pablo VI, comentando este mandato del Señor: ¡Qué hermosa lección de economía, en el sentido más noble y más pleno de la palabra para nuestra época dominada por el derroche! Lleva consigo además la condena de toda una concepción de la sociedad en la que hasta el mismo consumo tiende a convertirse en su propio bien, despreciando a los que se ven necesitados y en detrimento, en definitiva, de los que creen ser sus beneficiarios, incapaces ya de percibir que el hombre está llamado a un destino más alto.

El relato del milagro de la multiplicación de los panes en el Evangelio según san Juan acaba resaltando el asombro de la multitud. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”. Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte él solo (Jn 6, 14-15). La fe que el milagro suscitó en aquellos hombres era todavía muy imperfecta: reconocen a Jesús como el Mesías prometido, pero piensan en un mesianismo terreno y nacionalista, por eso querían hacerle rey, un rey que había de librarlos de la dominación romana. El Señor, para evitar una proclamación popular ajena a su misión redentora, se limitó a irse de aquel lugar. De esta forma nos enseña que no se puede confundir el cristianismo con una ideología social o política, por noble que sea.

Comentó san Juan Pablo II esta actitud de Jesús, no permitiendo ser proclamado rey, diciendo: Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que alterara su misión de Servidor de Yavé. No acepta la posición de quienes mezclaba las cosas de Dios con actitudes meramente políticas. La perspectiva de su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación. No cabe duda, por otra parte, que todo esto es muy exigente para la actitud del cristiano que quiere servir de verdad a los hermanos más pequeños, a los pobres, a los necesitados, a los marginados; en una palabra, a todos los que reflejan en sus vidas el rostro doliente del Señor.

Santa María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano. La Madre de Dios ha compartido nuestra condición, ha debido caminar por los mismos caminos que recorremos nosotros, a veces difíciles y oscuros, ha debido avanzar en la “peregrinación de la fe”. A Ella le pedimos que seamos siempre generosos, aportando nuestros “cinco panes y dos peces” en beneficio de nuestros hermanos necesitados.

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