EL PAN DE VIDA. Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


En el capítulo 6 del Evangelio según san Juan está la promesa de la Eucaristía. Después del milagro de la multiplicación de los panes, Jesús se retiró de nuevo al monte Él solo (Jn 6, 15), y los discípulos se hicieron a la mar, navegando hacia Cafarnaún. Durante la travesía, el Señor, andando sobre las aguas, se reunió con los apóstoles en la barca. Cuando llegaron a la orilla, muchísimas personas esperaban a Jesús. Al verlo, le dijeron: “Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?” Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado (Jn 6, 25-26). Con su respuesta el Señor corrige la falta de rectitud de intención que les movía a seguirle, y de esta forma, los prepara para que puedan entender el llamado Discurso del Pan de Vida.

Cristo hace referencia a dos clases de alimentos: el perecedero y el que permanece para la vida eterna. El primero -el alimento corporal- sirve para la vida de este mundo; el segundo -el espiritual- sostiene y desarrolla la vida sobrenatural, que continúa para siempre en el Cielo. Este alimento, que sólo Dios puede darnos, consiste principalmente en el don de la fe y la gracia santificante. Incluso, por infinito amor divino, en la Sagrada Eucaristía se nos da como alimento del alma el mismo autor de esos dones: Jesucristo. Él es el Pan de Vida.

Jesús les dice a los judíos: Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello (Jn 6, 27). O sea, buscad la salvación en el encuentro con Dios. Con estas palabras (Jesús) nos quiere hacer entender que más allá del hambre física el hombre lleva consigo un hambre más importante que no puede ser saciada con el alimento normal. Se trata de hambre de vida, hambre de eternidad que solamente Él puede satisfacer en cuanto es “el Pan de Vida”. Jesús no elimina la preocupación y la búsqueda del alimento cotidiano, no, no elimina la preocupación de todo esto que puede volver la vida más avanzada. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestra existencia terrena está al final en la eternidad, está en el encuentro con Él. Y este encuentro nos ilumina durante todos los días de nuestra vida, también los sufrimientos y las preocupaciones, serán iluminados por la esperanza de este encuentro (Papa Francisco, Homilía).

El discurso del Señor comienza con una introducción a modo de diálogo entre Jesús y los judíos. Estos le preguntan: “¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28). La respuesta a esta pregunta nos interesa. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Hace dos mil años que Dios envió al mundo a su Hijo, el Mesías esperado no sólo por Israel, sino por toda la humanidad. ¿Y que pasó? Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). ¿Quiénes eran los suyos? Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquél por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge (Benedicto XVI).

¡Qué triste! A veces estamos tan ocupados en nosotros mismos que necesitamos todo el espacio y todo el tiempo para nuestras cosas, y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros, o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?

Sigamos con el diálogo. Los judíos preguntan de nuevo a Jesús: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: “Pan del cielo les dio a comer” (Jn 6, 30-31). El maná fue una manifestación más de la especial providencia de Dios para con su pueblo durante su peregrinación por el desierto. Los israelitas, después de salir de Egipto, estando en el desierto tenían la necesidad perentoria de alimentarse. Al ver la escasez de alimentos, les dijeron a Moisés y Aarón: ¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yavé en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea (Ex 16, 3). Pero ¿cómo Dios iba a permitir que su pueblo muriera de hambre en del desierto? Si Dios se cuida de las aves del cielo, ¿cómo no va a preocuparse de los hombres que valen más que las aves? Pero Cristo nos habló de buscar en primer lugar los bienes celestiales. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6, 33). La búsqueda de la santidad es lo primero que se debe intentar en esta vida. Y Cristo nos da el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6, 33).

Dios escuchó las quejas -murmuraciones- de su pueblo e hizo que todos los días apareciera en el campamento, caído del cielo, el maná. Por la mañana había una capa de rocío en torno al campamento. Y al evaporarse la capa de rocío apareció sobre el suelo del desierto una cosa menuda, como granos, parecida a la escarcha de la tierra. Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: “¿Qué es esto?” Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: “Este es el pan que Yavé os da por alimento” (Ex 16, 13-15). El maná era para los israelitas no sólo alivio para el hambre, sino, sobre todo, una señal de la presencia divina en un triple sentido: el Señor que los sacó del Egipto no los abandona; Él manifiesta la majestad de su gloria dominando sobre las criaturas; no los ha sacado para hacerlo morir, sino para que sigan viviendo a pesar de las dificultades.

Al pedirle una señal para que crean en Él, Jesucristo les dice: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo (Jn 6, 32). Los interlocutores de Jesús sabían que el maná -aquel alimento que diariamente recogían los judíos en su caminar por el desierto- era símbolo de los bienes mesiánicos; por eso pidieron al Señor que realice un portento semejante. Pero no podían ni siquiera sospechar que el maná era figura de una gran don mesiánico sobrenatural que Cristo trae a los hombres: la Sagrada Eucaristía. Y Nuestro Señor les revela abiertamente que Él mismo es el pan que ha bajado del Cielo.

Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (Jn 6, 34-35). Ir a Jesús es creer en Él, porque al Señor nos acercamos por la fe. Con la imagen de la comida y la bebida expresa Jesús que Él es quien realmente sacia todas las nobles aspiraciones del hombre. ¡Qué hermosa en nuestra Fe Católica! Da solución a todas nuestras ansiedades, y aquieta el entendimiento y llena de esperanza el corazón (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 582). También nosotros le pedimos al Señor que nos dé el Pan de Vida. Señor, son muchos los trabajos que nos agobian día a día para procurar el alimento y el bienestar corporal perecedero. Y Tú nos dice: Trabajad por el alimento que perdura, dando vida eterna. Te refieres al Pan de Vida. Y a veces qué poca importancia damos algunos días a la Eucaristía, que es el pan de Dios que baja del Cielo y da la vida al mundo. Le pedimos al Señor, con todo nuestro corazón que nos dé siempre de ese Pan, del Pan eucarístico, y que lo recibamos con toda el hambre de nuestra alma, con toda la gratitud de nuestro corazón.

Os digo esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, en la vanidad de su mente (Ef 4, 17). El cristiano está llamado a la santidad. Por eso debe tener hambre de santidad y, de un modo muy especial, hambre de recibir a Cristo en la Eucaristía, alimento espiritual de su Cuerpo y de su Sangre, el Pan de Vida que le robustece para la lucha de cada día, dándole la fortaleza que necesita para entregarse generosamente a Dios y a los demás. Una santidad que está reñida por una vida disoluta y alejada de Dios, semejante a la que vivían los gentiles.

Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. “Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn 15, 4). Esta relación de íntima y recíproca “permanencia” nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el “hambre” de su Palabra, un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para “saciarnos” de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el Cielo (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine). La Eucaristía es el alimento que nos sirve para la vida, el que nos da el mismo Jesucristo.

Yavé dijo a Moisés: “Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria” (Ex 16, 4). El signo del maná -con toda la experiencia del Éxodo- contenía en sí esta dimensión: era figura de un alimento que satisface la profunda hambre de amor, de vida y de eternidad que hay en el hombre. Jesús nos da este alimento, es más, es Él mismo el pan vivo que da la vida al mundo. Su Cuerpo es verdadero alimento bajo la especie del pan; su Sangre es verdadera bebida bajo la especie del vino. No es un simple alimento con el cual saciar nuestro cuerpo, como el maná; el Cuerpo de Cristo es el pan de los últimos tiempos, capaz de dar vida, y vida eterna, porque la esencia de este pan es el Amor.

Este Pan de Vida hace que nos despojemos del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias (Ef 4, 22), que renovemos el espíritu de nuestra mente y que nos revistamos del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad (Ef 4, 24). La Eucaristía, como todo alimento, nos fortalece en la lucha contra las inclinaciones desordenadas de la concupiscencia y sus malos efectos, y nos ayuda a enfocar con visión sobrenatural todos y cada uno de los acontecimientos de nuestra vida, tal como conviene al hombre nuevo.

Jesús en la Eucaristía se hace alimento, el verdadero alimento que sustenta nuestra vida, incluso en los momentos durante los cuales la calle se vuelve dura y los obstáculos retardan nuestros pasos. Y en la Eucaristía el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el compartir, el don. Lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte se vuelve riqueza, porque la potencia de Dios, que es la del amor, baja dentro de nuestra pobreza para transformarla (Papa Francisco).

Que Santa María, mujer eucarística, nos ayude a ser almas de Eucaristía.

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