JESÚS DA CUMPLIMIENTO A LA LEY. Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Ahora, Israel, escucha los preceptos y las normas que yo os enseño para que las pongáis en práctica, a fin de que viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que os da el Señor, Dios de vuestros padres. No añadáis nada a los mandamientos que os ordeno, ni tampoco omitáis nada de ellos, sino guardad los preceptos del Señor (Dt 4, 1-2). ¿Cuáles son estos preceptos del Señor? Los Diez Mandamientos. Estos preceptos ponen de relieve los deberes esenciales y, por tanto, indirectamente, los derechos fundamentales inherentes a la persona humana. Están grabados por Dios en el corazón del hombre. Son inmutables, y su obligación vale siempre y en todas partes. Nadie puede dispensar de ellos. Su cumplimiento lleva a la vida eterna.

Hoy día existe la tendencia de reducir el Decálogo; de considerar que algunos preceptos ya no tienen vigencia; de vaciar su contenido. Por ejemplo, para algunos el 5º mandamiento sólo prohíbe matar el cuerpo, olvidándose del pecado de escándalo. Y ¿qué es el escándalo? El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El que escandaliza se convierte en tentador de su prójimo. Atenta contra la virtud y el derecho; puede ocasionar a su hermano la muerte espiritual. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave (Catecismo de la Iglesia Católica).

El Señor ordena a su pueblo el cumplimiento de la Ley de Dios. Guardadlos y practicadlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos estos preceptos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente”. Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor, nuestro Dios, siempre que le invocamos? Y ¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy? (Dt 4, 6-8). La vida de Israel está configurada por el cumplimiento de la Ley, y por eso es una elocuente enseñanza para los demás pueblos. También en estos versículos podemos ver, con amplitud de horizontes, una latente misión universal del pueblo elegido que proyecta su perspectiva hacia tiempos futuros y tendrá su cumplimiento en la futura expansión de la Iglesia entre los pueblos de la tierra.

Si me amáis guardaréis mis mandamientos (Jn 14, 15). Pero, ¿cuáles son los mandamientos de Cristo? Cuando el Señor Jesús enseñaba a las muchedumbres, no dejó de confirmar la ley que el Creador había inscrito en el corazón del hombre y que luego había formulado en las tablas del Decálogo. No penséis que he venido a abolir la ley y los profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento (Mt 5, 17). Jesús nos mostró con nueva claridad el centro unificador de las leyes divinas reveladas en el Sinaí, es decir, el amor a Dios y al prójimo: Amar (a Dios) con todo el corazón, con toda inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios (Mc 12, 33).

Dios ordenó que no se añadiera nada a lo que Él había puesto en las tablas dadas a Moisés. Ahora bien, en tiempos de Cristo, las prescripciones -preceptos meramente humanos- añadidas a la Ley eran una exageración. En una ocasión, los fariseos y escribas reprocharon a Jesús que sus discípulos no cumplían el precepto de lavarse las manos antes de comer. ¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras? (Mc 7, 5). Y una vez más Jesús salió en defensa de los suyos, a la vez que aclaraba las cosas. Por eso les respondió con una cita del profeta Isaías: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres (Mc 7, 6-7), añadiendo a continuación: Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres (Mc 7, 8).

El lavarse las manos no era por meros motivos de higiene o urbanidad, sino que tenía un significado religioso de purificación. En la Ley mosaica, Dios prescribía la purificación de los sacerdotes antes de sus funciones cultuales. Pero la tradición judaica lo había ampliado a todos los israelitas para antes de todas las comidas, queriendo dar a éstas una significación religiosa que se reflejaba en las bendiciones con que daban comienzo. La purificación ritual era símbolo de la pureza moral con que hay que presentarse ante Dios; pero los fariseos se habían quedado con lo meramente exterior. Por eso Jesús restituye el genuino sentido de estos preceptos de la Ley, que tienden a enseñar la verdadera adoración a Dios.

Con su respuesta, Jesucristo desenmascaró la hipocresía revestida de legalismo. También hoy día hay gentes que, so capa de bien, cumpliendo la mera letra de los preceptos, no cumplen su espíritu; no se abren al amor de Dios y del prójimo; se endurecen en su corazón y con apariencia de honorabilidad apartan a los hombres del amino de entrega fervorosa a Dios, haciendo intolerable la virtud.

Además Nuestro Señor aprovechó aquella pregunta que le hicieron para decirles a los que le estaban oyendo: Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre (Mc 7, 15). Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre (Mc 7, 21-23). Con estas palabras, Jesucristo restituye la moral en toda su pureza e interioridad.

Del corazón de los hombres. Explica san Josemaría Escrivá: En el modo de expresarse los hombres, que han recogido las Sagradas Escrituras para que podamos entender así las cosas divinas, el corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones (Es Cristo que pasa, n. 164).

La bondad o malicia, la calidad moral de nuestros actos no dependen de su carácter espontáneo, instintivo. El Señor mismo nos dice que del corazón humano pueden salir acciones pecaminosas. Tal posibilidad se entiende si tenemos en cuenta que, después del pecado original, el hombre “fue mudado en peor” según el cuerpo y el alma y, por tanto, inclinado al mal.

El apóstol Santiago el Menor, en su Carta, nos dice: Desechad toda inmundicia y abundancia de mal y recibid con docilidad la Palabra sembrada en vosotros, que es capaz de salvar vuestras almas (St 1, 21). Con estas palabras nos aconseja que no dialoguemos nunca con la tentación. Tengamos el cuenta de que Jesús nos ha elegido y nos ha rescatado. Nos ha elegido por pura gracia. Estamos salvados, y el príncipe del mundo, que no quiere que nos salvemos, nos odia y hace nacer la persecución que desde los primeros tiempos de Jesús continúa hasta hoy. Pero, ¿cuál es el arma para defenderse de las seducciones del príncipe de este mundo? El arma es la misma de Jesús: la palabra de Dios, y luego la humildad y la mansedumbre. Comenta san Beda el versículo de la Carta de Santiago que hemos leído: Primero manda expurgar de vicios el cuerpo y la mente, para que quienes reciben la palabra de salvación puedan vivir con dignidad. El que antes no se aparta del mal, no puede hacer el bien.

Para poder recibir con docilidad la palabra de Dios es necesario luchar para apartar las malas inclinaciones. De lo contrario, la soberbia -engañándose con falsos motivos- se rebela contra esa palabra, que resulta un reproche continuo a una situación de pecado de la que no se quiere salir. En toda tentación la táctica del diablo es falsear la verdad de lo que Dios ha dicho, introducir la sospecha sobre las intenciones y planes divinos, y, finalmente, presentar a Dios como enemigo del hombre.

La vida de Jesús fue una lucha: Él vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio. Sintió en su vida las tentaciones y también las persecuciones. También nosotros cristianos somos tentados, objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en la trampa. Primero, la tentación comienza levemente, pero crece, siempre crece; después, contagia a otro. Y al final, para tranquilizar el alma, se justifica (Papa Francisco).

Vemos como responde Jesús cuando fue tentado en el desierto. Él no dialoga con Satanás como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, y elige refugiarse en la palabra de Dios, y responde con la fuerza de esta palabra. Por eso, Santiago el Menor escribe: Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a vosotros mismos (St 1, 22). La exhortación a poner por obra la palabra de Dios es frecuente en la Sagrada Escritura. El que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena (Mt 7, 26).

En el diálogo de Eva con la serpiente, el diablo miente. La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama homicida desde el principio y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo. La más grave en consecuencia de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 394). Sólo en la observancia de la Ley de Dios está nuestra felicidad. De ahí el empeño del demonio para que quebrantemos los mandamientos.

El diablo es homicida desde el principio (…) y padre de la mentira (Jn 8, 44). Es algo que siempre debemos tener presente. Y que la Palabra de verdad (St 1, 18) está en Cristo. El Verbo de Dios es Vida y dar vida eterna; y nos ha revelado la verdad salvífica. Y el apóstol Santiago señala en su Carta algunas formas concretas de poner por obra “la palabra de verdad”, es decir, el Evangelio. La religiosidad pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y guardase incontaminado de este mundo (St 1, 27).

De las viudas y de los huérfanos se habla con frecuencia en la Biblia como personas necesitadas de especial atención. Los primeros cristianos organizaban el cuidado de las viudas en las distintas comunidades que iban surgiendo, la solicitud por estas personas forma parte de las obras de misericordia -aquellas con que se socorren las necesidades corporales o espirituales de nuestro prójimo-, sobre las que Jesucristo juzgará en el Juicio universal.

“Mundo” tiene en la Carta de Santiago un sentido peyorativo de enemigo de Dios y del cristiano, frente al cual hay que estar en constante vigilancia para no dejarse contaminar por la mundanidad (vocablo que emplea el papa Francisco para expresar el espíritu mundano).

Acudamos a Santa María. Ella nos acoge como Madre buena que está pendiente de todos sus hijos. Como quiere nuestro bien nos dice lo mismo que dijo a los servidores de las bodas de Caná: Haced lo que Él os diga. Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría.

 

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