Martirio de san Juan Bautista (Homilía)


Los evangelistas san Mateo y san Marcos nos cuentan la muerte del Precursor del Señor. El relato de san Marcos es un poco más amplio, y es el que está en la liturgia de la Palabra de la misa del Martirio de san Juan Bautista.

Antes de leer, para meditar luego, el pasaje evangélico de ese martirio, fijémonos en los personajes que aparecen. En primer lugar, en Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea. Éste era hijo de Herodes el Grande, tristemente célebre por su crueldad y por la muerte de los Santos Inocentes. Herodes Antipas, además de mandar degollar a san Juan Bautista, ultrajó a Jesús durante la Pasión. Según Flavio Josefo estaba casado con una hija del rey de Arabia. A pesar de este matrimonio, convivía en en concubinato con otra mujer. Era un hombre claramente lujurioso. El Bautista le reprendió por cohabitar con Herodías, la mujer su hermano, y también por todas las malas acciones que hacía. También Cristo censuró repetidas veces las costumbres inmorales del tetrarca, cuyas relaciones ilícitas estaban expresamente prohibidas por la Ley y eran escándalo para el pueblo. Cuando Poncio Pilato le envió preso a Jesús, la actitud del Señor ante Herodes Antipas fue muy distinta de la que tuvo con el procurador romano. Cristo no contestó a las preguntas del tetrarca, de aquel hombre supersticioso, sensual y adúltero. La postura del Señor fue de sencillez y grandeza y, por otra parte, de severidad. Su silencio elocuente fue el castigo ejemplar para este tipo de conductas. Herodes Antipas reaccionó poniendo a Cristo un vestido blanco en señal de burla.

Otro triste personaje es Herodías, mujer del hermano del tetrarca llamado Filipo. Se unió a Herodes Antipas en una relación adúltera e incestuosa. Por causa de ella, Herodes Antipas -la había tomado por mujer- hizo a prender a Juan y lo encadenó en la cárcel, porque Juan decía al tetrarca: No te está permitido tener la mujer de tu hermano (Mt 12, 4). Herodías aborrecía al Bautista y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto (Mt 12, 20).

El tercer personaje del drama es la hija de Herodías. De ella sólo se sabe su actuación como bailarina en la fiesta del cumpleaños de Herodes Antipas. El historiador judío Flavio Josefo, en su libro Antigüedades judías dice: Herodías, quien tuvo una hija, Salomé; después de su nacimiento, Herodías se divorció de su esposo mientras aún estaba vivo, y se casó con Herodes, hermano de su esposo por línea paterna, él era tetrarca de Galilea. Esta Salomé debía ser una bellísima joven, cuya danza embelesó a Herodes Antipas, y que no hay que confundirla con la Salomé que es citada dos veces san Marcos en su evangelio. Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé (Mc. 15, 40). Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle (Mc. 16, 1). Esta Salomé que aparece en el Evangelio, algunos la identifican con la madre de los apóstoles Juan y Santiago.

Y el personaje principal: san Juan Bautista. El Precursor del Señor siempre estaba decidido a cumplir la misión que Dios le había confiado. Ni las cadenas de la prisión, ni la perfidia de Herodías, ni la volubilidad de Herodes Antipas, consiguieron detenerr su afán de proclamar la verdad y mover a los hombres a penitencia. Fue encarcelado en el palacio-fortaleza de Maqueronte, lugar de recreo del tetrarca. Seguramente allí tendrían algunas conversaciones entre Herodes y el Bautista. Y es fácil de adivinar la admiración del tetrarca ante la figura recia y austera de san Juan. La intachable rectitud de su vida, su entereza para proclamar y denunciar el pecado son todo un reproche para Herodes, motivo de respeto y, al mismo tiempo, de odio hacia Juan.

¿Qué hizo Juan? Ante todo anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor; que estaba cerca el Reino de Dios. Un anuncio que él había realizado con fuerza: bautizaba y exhortaba a todos a convertirse. Juan era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquel!” Juan tenía mucha autoridad moral, mucha. Toda la gente iba él. El Evangelio dice que los escribas se acercaban para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. “¡Convertíos!” era la respuesta de Juan, y “no estaféis”. Invita a un examen de conciencia acerca de nuestro discipulado: ¿Anunciamos a Jesucristo? ¿Progresamos o no progresamos en nuestra condición de cristianos como si fuese un privilegio? ¿Vamos por el camino de Jesucristo, el camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento para el servicio? (Papa Francisco).

San Juan Bautista predicó las exigencias morales del Reino mesiánico con caridad pero sin miramientos humanos. La predicación de la verdad llega a hacerse molesta y hasta insoportable para quien la escucha sin ánimo de conversión. Tal incomodidad puede llevar, como en el caso de Herodes, hasta perseguir a quien anuncia la verdad. No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 34). La fortaleza de Juan el Bautista, su celo por las cosas de Dios, son un modelo de lo que el Señor pide a todos los cristianos, cuando están en juego los intereses supremos de las almas.

Herodías (mujer de Filipo, hermano de Herodes con quien vivía ilícitamente) aborrecía a Juan y quería matarlo. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. Y le juró: “Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino”. Salió la muchacha y preguntó a su madre: “¿Qué voy a pedir?” Y ella le dijo: “La cabeza de Juan el Bautista”. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: “Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura (Mc 6 19.21-29).

A causa del juramento. Herodes cometió un crimen horrendo, se dejó llevar por el odio de Herodías hacia el Bautista y por el capricho de una bailarina impúdica y deshonesta, después de contemplar un baile obsceno. Comenta san Agustín: En medio de los excesos y la sensualidad de los convidados, se hacen temerariamente juramentos, que después se cumplen de forma impía. No solamente Herodes faltó al quinto mandamiento de la Ley de Dios, sino también al segundo, pues hizo un juramento faltando a la justicia. Pero, además, cumpliéndolo, cometió un nuevo pecado.

Juan el Bautista tuvo un breve período de vida, un breve tiempo para anunciar la Palabra de Dios. Él era un hombre que Dios envió para preparar en camino a su Hijo. Existió para proclamar, para ser voz de una Palabra. La Palabra no era él, era otro. El misterio de Juan fue que nunca se adueñó de la palabra, de la profecía. Es voz, no Palabra; luz, pero no propia. Viene detrás de mí al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia (Jn 1, 27). Su vida se rebaja hasta la oscuridad de una cárcel. Juan pasó por momentos de oscuridad, pero fue anunciador de Jesucristo. Se convirtió en imitador de Jesucristo.

En tal medida proclamó que el Reino de los cielos estaba cerca que, en aquellos tiempos, los fariseos y los doctores miraban la fuerza de Juan, reconocían en él un hombre recto, pensaban que podía ser el mesías esperado. Por ello fueron a preguntarle: ¿Pero eres tú el mesías? Y comenta el papa Francisco: Para Juan fue el momento de la tentación y de la vanidad. Hubiese podido responder: No puedo habla de esto…, terminando por dejar la pregunta en el aire. O podía decir: No lo sé… con falsa humildad. Juan fue claro y afirmó: No, yo no soy. Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no soy digno de agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Así no cayó en la tentación de robar el título, no se adueñó del oficio. Dijo claramente: Yo soy una voz, sólo eso. La palabra viene después. Yo soy una voz.

Incluso Herodes, que lo había asesinado, creía que Jesús fuese Juan. Precisamente esto muestra hasta qué punto el Bautista siguió el camino de Jesús, sobre todo en el camino del abajamiento. Juan se humilló, se abajó hasta el final, hasta la muerte. El mismo estilo vergonzoso de muerte del Señor.

No sabemos cómo fueron los últimos días de Juan: se sabe sólo que fue asesinado, víctima de un hombre débil y lujurioso, y que su cabeza acabó sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. Creo que no se puede descender más, rebajarse. Sin embargo, sabemos lo que sucedió antes, durante el tiempo que pasó en la cárcel: conocemos las dudas, la angustia que tenía; hasta el punto de llamar a sus discípulos y mandarles a que hicieran la pregunta a la Palabra: ¿Eres tú o debemos esperar a otro? Porque no se le ahorró ni siquiera la oscuridad, el dolor en su vida.

Dice el papa Francisco: Como Jesús, también Juan tuvo su huerto de los olivos, su angustia en la cárcel cuando creía haberse equivocado. Por ello manda a sus discípulos a preguntar a Jesús: dime, ¿eres tú o me equivoqué y existe otro? Es la experiencia de la “oscuridad del alma”, de la oscuridad que purifica. También se la conoce por la noche oscura, por la que han pasado tantos santos.

Juan acabó mal, decapitado por orden de Herodes: el precio de un espectáculo para la corte en un banquete. Cuando existe la corte es posible hacer de todo: la corrupción, los vicios, los crímenes. Las cortes favorecen estas cosas. Juan quiso imitar a Cristo. Los fariseos y los doctores creían que él era el mesías. Herodes, que lo había asesinado, creía que Jesús fuese Juan. El Bautista siguió el camino de Jesús, sobre todo en el camino del abajamiento. Juan se humilló, se abajó hasta el final, hasta la muerte, del mismo estilo vergonzoso de la muerte del Señor: Jesús como un malhechor, como un criminal en la cruz, y Juan víctima de un hombre débil y lujurioso: dos muertes humillantes. ¿Vamos por el camino de Jesucristo, el camino de la humillación, de la humildad, del abajamiento para el servicio? (Papa Francisco).

Tanto la muerte del Señor como la de su Precursor fueron buenas muertes. Se dice que una muerte es buena cuando no hay dolor ni sufrimiento. Pero no es verdad.¿Qué es una buena muerte? ¿Acaso una muerte sin dolor? Una muerte sin sufrimiento puede ser una mala muerte. Una buena muerte es una muerte en conformidad con la voluntad de Dios. Una muerte que abre las puertas del Cielo. Una muerte es realmente buena cuando por medio de ella llegamos al Cielo. Cristo en la cruz tuvo todo tipo de dolores y de sufrimientos. Sin embargo, fue una buena muerte porque con ella nos salvó. Por esto, hablamos del Cristo de la Buena Muerte.

La eutanasia sí es una mala muerte, porque precipita -si no hay arrepentimiento antes de morir- en el infierno; porque es la muerte de alguien que usurpado el derecho exclusivo de Dios a la vida y a la muerte. Por otro lado, la muerte de los mártires -como la de san Juan Bautista- es gloriosa, porque derramando su sangre por Cristo les introduce en el Cielo. Preciosa es ante los ojos del Señor la muerte de sus fieles (Sal 115, 15).

Herodías (mujer de Filipo, hermano de Herodes con quien vivía ilícitamente). Juan, reprendiendo a Herodes por vivir ilícitamente con la mujer de su hermano, proclama la doctrina que después enseñó Jesucristo sobre el matrimonio. Nuestro Señor Jesucristo insistió en la indisolubilidad del matrimonio. Su Iglesia no debe permitir que su doctrina en esta materia sea oscurecida. Sería infiel a su Maestro si no insistiera, como lo hace, en que, quien se divorcia de su compañero o compañera de matrimonio y se casa con otro comete adulterio (San Juan Pablo II). Más claro, agua. En el caso de Herodes, sus relaciones con Herodías, además de ser adúlteras, eran incestuosas.

En Juan está la imagen y la vocación de un discípulo. La fuente de esta actitud de discípulo ya se reconoce en el episodio evangélico de la visita de María a Isabel, cuando Juan saltó de alegría en el seno de su madre. Ese primer encuentro llenó de alegría el corazón de Juan. Y lo transformó en discípulo, en el hombre que anuncia a Jesucristo, que no se pone en el lugar de Jesucristo y que sigue el camino de Jesucristo. Es bueno preguntarnos: ¿Cuándo tuvo lugar mi encuentro con Jesucristo, ese encuentro que me llenó de alegría? Es un modo para volver espiritualmente a ese primer encuentro con el Señor. El secreto es reencontrarnos con el Señor y seguir adelante por esta senda tan hermosa, en la que Él debe crecer y nosotros disminuir (Papa Francisco).

Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno (Lc 1, 41). Y es de imaginar la pena que tuvo la Virgen María al enterarse del martirio de Juan. Pero ahora, Santa María tiene la inmensa alegría de ver al Precursor de su Hijo en el Cielo, en un lugar preeminente entre todos los santos.

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