CARISMAS EN LA IGLESIA. Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Descendió el Señor en la nube y habló con él (Moisés). Luego tomó un poco del espíritu que había en Moisés y lo infundió a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero no volvieron a hacerlo. Se habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían ido a la tienda, eran de los señalados. Y profetizaban en el campamento (Nm 11, 25-26). San Cirilo de Jerusalén, comentando este pasaje bíblico, dice: Se insinuaba lo acontecido en Pentecostés entre nosotros. En efecto, Dios prometió el espíritu a todo el pueblo, y llegó el día en que cumplió esa promesa por medio de Jesucristo que, tras su Ascensión al Cielo, envía el Espíritu Santo a la Iglesia. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, cita esa promesa de Dios, que está en el libro del profeta Joel: Sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán (Hch 2, 17-18).

La fuente del espíritu es Dios mismo, y puede darlo a quien quiere, por encima de las determinaciones humanas. Moisés, por su parte, con total rectitud de intención, no busca la exclusividad en la posesión y transmisión del espíritu, es decir, en la recepción del don de Dios, sino que, mirando al bien del pueblo, se alegra de la manifestación del espíritu en otras personas, e incluso lo pide para todos los israelitas. No sólo lo recibieron los que habían sido reunidos por Moisés en la tienda, sino también el espíritu reposó sobre Eldad y Medad que, habiéndose quedado en el campamento, no habían acudido a la tienda. Lo mismo ocurrió en los primeros tiempos de la Iglesia primitiva. Además de los que estaban reunidos en el cenáculo, también otros muchos recibieron el Espíritu Santo, como es el caso de Cornelio y sus familiares. San Pedro había acudido a la casa de Cornelio y estando allí hablando de Jesucristo descendió el Espíritu Santo sobre todos (Hch 10, 44). Y viendo lo sucedido, san Pedro dijo: ¿Podrá alguien negar el agua para bautizar a éstos que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros? (Hch 10, 47). Esta escena de la casa de Cornelio presenta cierta analogía con lo ocurrido en Pentecostés. Allí fue dado el Espíritu Santo a los primeros discípulos, todos ellos judíos. Ahora se comunica también a los gentiles, de modo inesperado e irresistible.

Volvamos al texto bíblico del libro de los Números. Un muchacho corrió a referíserlo a Moisés, y le dijo: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento”. Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, replicó: “Mi señor Moisés, prohíbeselo” (Nm 11, 27-28). En el Evangelio hay un pasaje parecido. Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros” (Mc 9, 38). Josué y Juan son dos jóvenes celosos por las cosas de Dios, pero con un celo mal enfocado. Josué pidió a Moisés que prohibiera a Eldad y a Medad que profetizaran; y el apóstol Juan no pidió a Jesús que prohibiera a uno que expulsaba demonios en su Nombre, sino que manifestó a Cristo un hecho ya consumado: se lo hemos prohibido. Las respuestas que recibieron son semejantes. Moisés dijo a Josué: ¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá todos los del pueblo fueran profetas porque el Señor les hubiera infundido su espíritu! (Nm 11, 29). Y Jesús contestó al discípulo amado: No se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga milagro en mi nombre y pueda a continuación hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros (Mc 9, 39-40).

No se lo prohibáis. Con su respuesta a Juan, Cristo previene a sus discípulos -y en ellos, a todos los cristianos- contra el exclusivismo y el espíritu de partido único en los trabajos de apostolado, que está bien expresado en el triste refrán: El bien, si no lo hago yo, ya no es bien. Asimilemos la enseñanza del Señor, porque el bien es bien, aunque no lo haga yo. San Josemaría Escrivá aconsejaba: Alégrate, si ves que otros trabajan en buenos apostolados. -Y pide, para ellos, gracia de Dios abundante y correspondencia a esa gracia. Después, tú a tu camino: persuádete de que no tienes otro (Camino, n. 965). En la Iglesia hay diversos carismas. En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Son muchos los que trabajan en la viña del Señor. Debido a la acción del Espíritu Santo, hay en la Iglesia una relación entre multiplicidad y unidad; es decir, armonía de los diversos carismas en la comunión del mismo Espíritu.

En la Iglesia primitiva vemos a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión distinta que cumplir: san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo, y fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar en la riqueza de la fe, y se convirtió en el Apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa: la construcción de la Iglesia de Cristo. Los ministerios y los carismas en la Iglesia, son dones del Señor resucitado y elevado al cielo. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles (Benedicto XVI).

Dios no se deja ganar en generosidad y siembra. Siembra su presencia en nuestro mundo. Amor que nos da la certeza honda: somos buscados por Él, somos esperados por Él. Esa confianza es la que lleva al discípulo a estimular, acompañar y hacer crecer todas la buenas iniciativas que existen a su alrededor. Dios quieren que todos sus hijos participen de la fiesta del Evangelio. No impidáis todo lo bueno, dice Jesús, por el contrario, a crecer. Poner en duda la obra del Espíritu, dar la impresión de que la misma no tiene nada que ver con aquellos que “no son parte de nuestro grupo”, que no son “como nosotros”, es una tentación peligrosa. No bloquea solamente la conversión a la fe, sino que constituye una perversión de la fe. La fe abre la “ventana” a la presencia actuante del Espíritu y nos muestra que, como la felicidad, la santidad está siempre ligada a los pequeños gestos. “El que os dé a beber un vaso de agua en nombre -dice Jesús, pequeño gesto- no se quedará sin recompensa” (Mc 9, 41) (Papa Francisco).

El Señor habla de recompensa por el bien que se hace, pero no deja de advertir que los que realicen el mal -en especial, a los que escandalicen- sufrirán castigos eternos. Y así se comprende esas exhortaciones ante el peligro del escándalo: las acciones, las actitudes o comportamientos que pueden arrastrar a otros a obrar mal. Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga (Mc 9, 42-43.45.47-48). Estas advertencias van expresadas con tintes graves, que muestran aspectos de la radicalidad de la ética cristiana, y sientan las bases de la doctrina moral sobre la ocasión de pecado: estamos obligados a evitar la ocasión próxima de pecado como el pecado mismo. El bien eterno de nuestra alma es superior a toda estimación de bienes temporales.

Con la palabra gehenna, Cristo se refiere al infierno. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035). Para evitar este castigo eterno, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros.

Dios es Padre infinitamente bueno y misericordioso. Pero, por desgracia, el hombre, llamado a responderle en la libertad, puede elegir rechazar definitivamente su amor y su perdón, renunciando así para siempre a la comunión gozosa con Él. Precisamente esta trágica situación es lo que señala la doctrina cristiana cuando habla de condenación o infierno.

En la Carta de Santiago, el autor sagrado reprende con extraordinaria severidad el comportamiento y los abusos de algunos. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5, 3-6). A esos hay que recordarles las palabras del Señor: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

La Iglesia continuamente implora la misericordia de Dios, que quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). En el Canon romano de la Misa le decimos a Dios: Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. Y en la Liturgia de la horas hay un himno que nos habla de la misericordia de Dios: El Señor nos ha redimido por su muerte en la cruz. Por tu amor y compasión no nos dejes en poder de nuestras culpas, ilumina nuestras vidas, renovados por la sangre de tu Hijo. Hemos sido pecadores y nos hemos rebelado contra ti; no nos niegues, Padre nuestro, el abrazo de tu gran misericordia.

En su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, a Fátima, para pedir a los hombres “no ofender más a Dios nuestro Señor, que ya está muy ofendido”. Es el dolor de la Madre que la hace hablar; está en juego la suerte de sus hijos. Por eso decía a los pastorcillos: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificio por los pecadores, que muchas almas van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellos” (San Juan Pablo II, Homilía 13.V.2000).

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