UNA LLAMADA A LA PERFECCIÓN. Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?” (Mc 10, 17). Quien pregunta es un joven israelita que ha crecido a la sombra de la Ley del Señor. Y seguramente su pregunta surgió de la profundidad de su corazón, porque es una pregunta esencial e ineludible para la vida de todo hombre, pues se refiere al bien moral que hay que practicar y a la vida eterna. Al comentar este pasaje evangélico, san Juan Pablo II dijo: Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro que revela plenamente la voluntad de Dios y enseña la verdad sobre el obrar moral.

Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Mc 10, 18). Con esta respuesta, el Señor indica a su interlocutor -y a todos nosotros- que la respuesta a la pregunta que le ha hecho el joven sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón a Aquél que sólo es el Bueno. Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque Él es el Bien. Por tanto, interrogarse sobre el bien significa en su último término dirigirse a Dios, que es la plenitud de la bondad.

En los tiempos actuales, en que falsos profetas han sembrado una confusión muy grande en temas morales, y se ha perdido el sentido del pecado de tal forma que no se ve pecado en nada, hay que decir que el bien es pertenecer a Dios, obedecerle cumpliendo los mandamientos, y que sólo ahí está la felicidad del hombre. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt 19, 17). No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre (Mc 10, 19). Diciendo esto, el Señor enuncia una estrecha relación entre la vida eterna y la obediencia a los preceptos de Dios. Los mandamientos de la Ley de Dios indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen.

Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud (Mc 10, 20). No es fácil decir con la conciencia tranquila todo eso lo he guardado, si se comprende todo el alcance de las exigencias contenidas en la Ley de Dios. En toda la Ley Dios se hace conocer y reconocer como Aquél que solo es Bueno, como Aquél que, a pesar del pecado del hombre, continúa siendo el modelo del obrar humano, según su misma llamada: Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo (Lv 19, 2); como Aquél que, fiel a su amor por el hombre, le da su Ley para restablecer la armonía originaria con el Creador y todo lo creado, y aún más, para introducirlo en su amor. Teniendo en cuenta esto, la vida moral se presenta como la respuesta debida a las iniciativas gratuitas que el amor de Dios multiplica en favor del hombre.

Algunos se preguntarán: ¿Es posible observar siempre, durante toda la vida, la Ley de Dios? Con solo esfuerzo humano, el hombre no logra cumplir la Ley. El cumplimiento puede lograrse sólo como un don de Dios. Es decir, con la ayuda de la gracia, la respuesta es afirmativa. Cristo nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia.

San Mateo recoge una nueva pregunta del joven: ¿Qué me falta aún? (Mt 19, 20). El joven, ante la persona de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo. El Maestro bueno le invita a emprender el camino de la perfección. Fijando la mirada en él, le dijo: Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme (Mc 10, 21). El camino y el contenido de esta perfección consiste en el seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí mismo. Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los Apóstoles; pero también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo. Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana.

La conclusión del diálogo de Jesús con el joven rico es amarga. La respuesta del joven a la invitación divina fue negativa. No quiso arriesgar nada, tuvo miedo a ser generoso. No se decidió a desprenderse de sus riquezas; y una tristeza invadió todo su ser. El evangelista dice: Se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes (Mc 10, 22). También hoy día, como en otros tiempos, hay quienes se asustan de la llamada de Jesús al seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones humanas. Tanto el Señor como los apóstoles vieron marcharse al joven.

La conducta del joven rico dio ocasión a Jesucristo para exponer la doctrina sobre el uso de los bienes materiales, pues el apego a ellos puede llegar a ser una verdadera idolatría que impide el acceso al Reino de Dios. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: “¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios”. Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: “Y ¿quién se podrá salvar?” (Mc 10, 23-26). Ante esta pregunta de sus discípulos, el Maestro pone ante los ojos el poder de Dios, y les responde diciendo: Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios (Mc 10, 27). Para recorrer el camino que conduce al Cielo, que no es otro que imitar y revivir el amor de Cristo, no es posible para el hombre con sus solas fuerzas. Se hace capaz de este amor sólo gracias a un don recibido. El don de Cristo es su Espíritu, cuyo primer fruto es la caridad.

En la Sagrada Escritura se nos habla de la verdadera riqueza que es la Sabiduría, este don del Espíritu Santo que nos hace saborear las cosas de Dios. Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos (Sb 7, 7-11). El sabio por excelencia de la tradición del Antiguo Testamento, el rey Salomón, no recibió la sabiduría por nacimiento. Por eso la imploró, la suplicó. Y prefirió la sabiduría a todos los bienes, cetros y tronos, piedras preciosas, oro y plata, salud y belleza, hasta la luz del sol. Porque pidió la sabiduría y no otras cosas, Dios le concedió junto a ella todos los bienes que no había pedido.

Encontramos en este pasaje bíblico un reflejo de las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña, donde nuestro Señor nos exhorta a buscar ante todo el reino de Dios y su justicia; el resto se nos dará por añadidura; manifiesta la superioridad de los bienes espirituales sobre los materiales. Los espirituales nos consiguen la amistad de Dios. Si un hombre pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría; por el contrario, si, fiándose de la palabra de Dios, renuncia a sí mismo y a sus bienes por el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo (Benedicto XVI)

El seguir a Cristo, estar con Él, ser acompañado en el camino de la vida por Él, es un bien inmenso. San Pedro con total confianza le dijo al Señor: Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mc 10, 28). Seguir a Jesús significa renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo; es poner nuestra confianza en Él, sabiendo que nos indicará el camino de la salvación. Así pues, quien emprende el camino siguiendo a Cristo encuentra vida en abundancia, poniéndose del todo a disposición de Dios y de su reino. Y el Señor no se deja ganar en generosidad: Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna (Mc 10, 29-30).

Respondiendo a la pregunta de san Pedro, Jesús expresa la parte positiva de la entrega a Él y por el Evangelio: además de la vida eterna, el discípulo, al ser y saberse hijo de Dios y hermano de sus hermanos, multiplica por cien lo que entregó. En esa promesa el Señor incluye las persecuciones, pero éstas, como ya lo experimentaron san Pedro y los demás apóstoles, engendran alegría cuando se sufren por Cristo. En cambio, rechazar la voz de Dios es condenarse a la tristeza.

La raíz profunda del seguimiento a Cristo es el amor. El discípulo de Jesús renuncia a todos los bienes porque ha encontrado en Él el Bien más grande, en el que cualquier bien recibe su pleno valor y significado: los vínculos familiares, las demás relaciones, el trabajo, los bienes culturales y económicos, y así sucesivamente. El cristiano se desprende de todo y reencuentra todo en la lógica del Evangelio, la lógica del amor y del servicio (Papa Francisco).

En el Evangelio Jesús insiste acerca de las condiciones para ser sus discípulos: no anteponer nada al amor por Él, cargar la propia cruz y seguirle. Jesús no quiere engañar a nadie. Seguir a Jesús no significa participar en un cortejo triunfal. Significa entrar en su gran obra de misericordia, de perdón, de amor. Y este perdón universal, esta misericordia, pasa a través de la cruz. El papa Francisco habla de su experiencia de este seguimiento de Cristo: Seguir a Jesús siempre es difícil. Para mí fue difícil. Hay momentos difíciles, en los que te sientes solo, te sientes árido, sin gozo interior. Hay momentos oscuros, de oscuridad interior. Pero es muy bello seguir a Jesús, ir por el camino de Jesús, que luego sopesas y sigues adelante. Y luego llegan momentos más bellos. Pero nadie debe pensar que en la vida no habrá dificultades.

De los tres evangelios sinópticos, sólo el de san Marcos dice que Jesús fijó la mirada en el adolescente que se dirigió a Él llamándole Maestro bueno. ¿Cómo era la mirada de Jesús? En algunas ocasiones su mirada aparecía como imperiosa y entrañable; en otras, estaba llena de amor, como fue cuando miró al joven rico. También hubo circunstancias en que la mirada del Señor se llenaba de tristeza; y a veces, era una mirada de compasión. Pero siempre la mirada de Jesús es viva y eficaz como la Palabra de Dios que penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4, 12). La mirada penetrante de Jesús ponía el descubierto el alma frente a Dios. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta (Hb 4, 13). Es algo que debemos tener el cuenta, pues seremos juzgados por el mismo Señor. Nuestra intimidad más honda, nuestros pensamientos e intenciones quedarán patentes ante Jesús; nada permanecerá oculto para Dios.

El Señor nos mira con cariño, con ese amor propio de un corazón lleno de ternura. Acojamos el amor misericordioso del Señor, sin defraudarle nunca. Él, con su mirada, nos indica el camino de la perfección, que no es otro que el de seguirle. Se lo pedimos a Santa María. Ella se entregó por completo a la llamada de Dios, convirtiéndose así en fuente de la bondad que mana de Él. ¡Madre, guíanos hacia tu Hijo! Enséñanos a conocerlo y amarlo, para que también nosotros podamos llegar a ser capaces de un verdadero amor y ser fuentes de agua viva en medio de un mundo sediento.

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