LA PETICIÓN DE LOS HIJOS DE ZEBEDEO. Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Ciclo B)


Se acercan a él (Jesús) Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: “Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos” (Mc 10, 35). Santiago y Juan se dirigen a Jesús para pedirle algo que deseaban de todo corazón: estar junto a su Maestro bien cerca, pero no solamente aquí en la tierra, sino también en el Cielo. Y piden con confianza, pues habían oído de labios del Señor: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7, 7). También a nosotros Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados. Preguntémonos: ¿Acudimos al Señor con humildad, confianza y perseverancia, o nos cansamos fácilmente cuando no nos escucha enseguida? Si hablamos con el Señor en una oración de petición, en ese diálogo filial con Dios, oiremos la misma pregunta que hizo Jesús a los dos hermanos: ¿Qué queréis que os conceda? (Mc 10, 36). Es entonces cuando los boanerges (hijos del trueno) manifestaron su deseo. Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda (Mc 10, 37). Hay que reconocer que fueron muy atrevidos.

No temamos nosotros pedir demasiado. Seamos atrevidos, como los niños pequeños, que a Dios le gusta este atrevimiento, clara manifestación de amor y de confianza sin límites; y pidamos mucho. En la oración de los fieles en la Misa hay una cuantas peticiones que hacemos a Dios. Tengamos fe en la eficacia de nuestra petición. En la carta que escribió san Clemente Romano a los corintios está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías (San Clemente I, Carta a los Corintios).

Dios siempre escucha nuestras peticiones, pero en su Sabiduría infinita tiene dispuestas las cosas a veces de manera distinta de cómo nosotros quisiéramos. Por eso Jesús les dice a Santiago y a Juan: Sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está dispuesto (Mc 10, 40). Pero antes de decirles esto, les preguntó: ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado? Ellos le dijeron: “Sí, podemos”. Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber, sí lo beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado (Mc 10, 38-39). Con la imagen del cáliz, Jesús les da la posibilidad de asociarse completamente a su destino de sufrimiento, pero sin garantizarles los puestos de honor que ambicionaban. Su respuesta es una invitación a seguirlo por la vía del amor y el servicio, rechazando la tentación mundana de querer sobresalir y mandar sobre los demás.

Beber el cáliz significa sufrir persecuciones y martirio por el seguimiento de Cristo. Podemos: Los hijos de Zebedeo contestaron audazmente que sí; esta generosa expresión evoca aquella otra que escribiría años más tarde san Pablo: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). Después de la respuesta afirmativa de los dos hermanos, el Señor les profetiza que sí beberán el cáliz. Y efectivamente, así fue. Santiago el Mayor murió mártir en Jerusalén hacia el año 44. Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12, 1-2). Y san Juan después de haber sufrido cárcel y azotes en Jerusalén, padeció largo destierro en la isla de Patmos.

También en nuestros días, a principios del tercer milenio de cristianismo, muchos hermanos nuestros en la fe están bebiendo el cáliz de la persecución, el cáliz del martirio. Los mártires de hoy -que son muchos- no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. Podemos hablar, verdaderamente, de “una nube de testigos”: los mártires de hoy.

La Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que fueron llamados juntos al supremo testimonio del Evangelio. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron fuerza para permanecer fieles. Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena. Conservemos la fe que hemos recibido y que es nuestro verdadero tesoro, renovemos nuestra fidelidad al Señor, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Imploremos la intercesión de los mártires para ser cristianos concretos, cristianos con obras y no de palabras; para no ser cristianos mediocres, cristianos barnizados de cristianismo pero sin sustancia. Ellos no eran barnizados; eran cristianos hasta el final; pidámosle su ayuda para mantener firme la fe, aunque haya dificultades, y seamos así fermento de esperanza y artífices de hermandad y solidaridad (Papa Francisco).

Recemos también por esos miles de cristianos que, lejos de las ambiciones terrenas, son capaces de beber cada día el cáliz de la pobreza, de la soledad, de la lejanía de sus familias y patria. Están entregando su vida, día a día, para anunciar el mensaje de Cristo en tierras de misión.

Al decir Cristo el cáliz que yo voy a beber y el bautismo conque yo voy a ser bautizado, se refiere a su Pasión, profetizada por Isaías en los Cantos del Siervo de Yavé, que hablan de un “siervo” que padece una serie de sufrimientos con valor redentor. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años; lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos (Is 53, 10-11).

Los sufrimientos del siervo no son consecuencia de una culpa personal, sino que tiene un valor de expiación vicaria. Los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina (Teodoreto de Ciro). Él ha sufrido por los pecados de todo el pueblo sin ser culpable de ellos. Asumiendo la pena, expiaba también la culpa. San Mateo, tras relatar varios milagros de curaciones y exorcismos, ve cumplidas en Cristo estas palabras de Isaías: Tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores (Is 53, 4). Entiende que Jesucristo es el Siervo anunciado por el profeta que viene a curar los dolores físicos de los hombres como señal de que cura la causa de todos los males que es el pecado.

San Mateo ofrece la verdadera interpretación de los milagros de Jesús a la luz de la profecía de Isaías: las obras de Jesús son también una revelación sobre su Persona: Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1505).

Los milagros de Jesús con los enfermos son por tanto una señal de Redención: Toda la vida de Cristo es misterio de Redención. La Redención nos viene ante todo por la sangre de la cruz, pero este misterio está actuando en toda la vida de Cristo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 517).

Continuemos con el relato del pasaje evangélico. Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan (Mc 10, 41). Es admirable la humildad de los Apóstoles que no callaron sus momentos anteriores de flaqueza y de miseria, sino que las contaron con sinceridad a los primeros cristianos. También Dios ha querido que en los Santos Evangelios quedara constancia histórica de aquellas primeras debilidades de los que iban a ser columnas inconmovibles de la Iglesia. Son las maravillas que obra en las almas la gracia de Dios. Nunca deberemos ser pesimistas al considerar nuestras propias miserias, porque por la gracia podemos dejar esas flaquezas y debilidades.

En la Carta a los Hebreos se dice que tenemos un Sumo Sacerdote que ha penetrado en los cielos -Jesús, el Hijo de Dios- mantengamos firme nuestra confesión de fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que siendo como nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (Hb 4, 14-15). El Señor se compadece de nuestras miserias. Por eso debemos poner nuestra confianza en Él, tener fe en su misericordia. Cristo Jesús no sólo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos (Teodoreto de Ciro).

Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y encontremos la gracia que nos ayude en el momento oportuno (Hb 4, 16). Hemos de acudir siempre a la misericordia de Dios; una misericordia que no tiene límites. Aún cuando el hombre, con ingratitud hacia su Creador, se rebeló contra Él, el amor de Dios no se apagó: en el mismo Paraíso se manifestó ya la misericordia de Dios, su amor por el hombre, que le lleva al perdón. Y a lo largo de toda la historia, sigue derramando gracias sobre sus criaturas.

En Jesús, el amor de Dios por el hombre se revela como un amor capaz de una paciencia infinita. Cristo se presenta al mundo como el Redentor que no sólo perdona, sino que cancela el mal, disuelve las sombras de nuestra alma, regenera. Alguien ha escrito que en la misericordia absoluta del Dios cristiano está la prueba más convincente de su omnipotencia: no hay límites para su perdón, precisamente porque Él mismo es Amor sin confines, un amor tan grande que soporta todo y todo perdona (Javier Echevarría).

Santiago y Juan querían sentarse a su derecha y a su izquierda en el reino de Dios, reclamando puestos de honor, según su visión jerárquica del reino. El planteamiento con el que se mueven estaba todavía contaminado por sueños de realizaciones terrenas… Jesús nos invita a cambiar de mentalidad y a pasar del afán de poder al gozo de desaparecer y servir; a erradicar el instinto de dominio sobre los demás y vivir la virtud de la humildad. Jesús, llamándoles, les dice: “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos” (Mc 10, 42-45).

El ejemplo y las palabras del Señor son como un impulso para que todos sintamos la obligación de vivir el auténtico espíritu de servicio cristiano. Sólo el Hijo de Dios bajado del Cielo y sometido a las humillaciones a la que Él quiso entregarse (Belén, Nazaret, el Calvario, la Hostia Santísima) puede pedir al hombre que se haga el último, si quiere ser el primero. Nuestra actitud ha de ser la del Señor: servir a Dios y a los demás con visión netamente sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. Esta actitud cristiana chocará sin duda con los criterios humanos. Sin embargo el “orgullo” del cristiano, identificado con Cristo, consistirá precisamente en servir.

María fue “deprisa” a casa de santa Isabel cuando se enteró del embarazo de su prima. Se levanta y va a servir a Isabel que está necesitada. Nos da ejemplo de espíritu de servicio. El servicio es signo cristiano. Quien no vive para servir, no sirve para vivir. Pidamos a la Virgen que sepamos servir con alegría, como hizo Ella.

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