Homilía del Domingo II de Adviento (año 2018 -Ciclo C)


Quítate, Jerusalén, el vestido de luto y de tu aflicción y vístete de gala, de la gloria que Dios te otorga para siempre (Ba 5, 1). Estas palabras del profeta Baruc anuncian tiempos mejores para el Pueblo elegido. Se promete la felicidad de gloria para siempre. Y tiene connotaciones escatológicas, pues están relacionadas con la visión de la Jerusalén mesiánica del Apocalipsis. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios (Ap 21, 2). La nueva Jerusalén recibirá un nombre simbólico, que expresa no sólo la pertenencia a Dios, sino también sus propiedades esenciales. Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: “Paz de la Justicia” y “Gloria de la Piedad” (Ba 5, 4), que es como decir “paz justa” y “piedad gloriosa”.

También a la humanidad se le puede decir, como a Jerusalén: Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo (Ba 5, 2-3), por la llegada de Cristo, puesto que Él es nuestra paz y nuestra justicia y nuestra gloria. San Juan Bautista comienza su predicación con una buena noticia: Y todo hombre verá la salvación de Dios (Lc 3, 6). Pero también habla de conversión y penitencia como algo necesario para preparar la venida ya cercana del Señor; exige a los que acuden a él un cambio de manera de vivir para que se les perdonaran los pecados.

Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de Él (Ba 5, 9). El anuncio del Precursor hace referencia a la dimensión universal del Evangelio; la buena noticia es para todo hombre. El Señor que viene será la luz verdadera que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9). Cristo nos guía con su misericordia y su justicia por los caminos de la tierra. Con su llegada a la tierra hemos recibido la alegría del Evangelio que llena el corazón y la vida entera de todo hombre que se encuentra con Jesús. Él nos ilumina con la luz de su gloria en nuestra peregrinación terrena para que lleguemos al Reino de los Cielos.

Ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios (Ba 5, 7). Es lo mismo que clama la voz del Bautista, haciendo eco a los oráculos del profeta Isaías: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos (Lc 3, 4-5). Es el mismo Dios quien ha preparado un nuevo camino para el nuevo Pueblo de Dios con Jesucristo, nuestro Pastor, que nos guía en la historia hacia la realización del Reino de Dios. Recorramos ese camino conducidos por el mismo Señor, que es la guía y al mismo tiempo la meta de nuestra peregrinación, de la peregrinación de todo el pueblo de Dios; y bajo su luz también los demás pueblos pueden caminar hacia el Reino de la justicia, hacia el Reino de la paz (Papa Francisco).

Preparad el camino del Señor. La indicación del Bautista no ha dejado de sonar en el mundo. Y ¿cómo lo haremos? Con una vida santa y creciendo en el conocimiento de los designios que Dios tiene sobre nosotros. Esta concreción nos la hace san Pablo: El amor crezca en vosotros, y con él alcancéis conocimiento y buen juicio en todo, para que sepáis discernir lo mejor en todo, y así lleguéis puros y sin pecado al día de Cristo, llevando como fruto maduro, esa santidad que viene de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios (Flp 1, 9-11). Este programa -crecer en santidad y discernir lo mejor en todo- se enfrenta con un grave obstáculo: la preocupación excesiva de los bienes de este mundo. Por eso, le pedimos a Dios, rico en misericordia, que mientras salimos animosos al encuentro de su Hijo, no permita que lo impidan los afanes de este mundo; y que nos guíe hasta Él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida.

Preparad el camino del Señor. Es lo que Dios nos pide ahora en este tiempo de Adviento, y durante ese adviento que es toda nuestra vida. Es una gran tarea que tenemos por delante. ¡Hay tantos caminos que enderezar, tantos montes que allanar, tantos valles que cubrir! No podemos permanecer pasivos, ni caer en el desánimo. Contamos con la ayuda de Dios para realizar esta apasionante misión. Es poca la gente -¡aún entre los cristianos!- que conoce a Cristo, y es mucha la que si le conociera se entregaría a Él sin límites. Actuemos siempre con humildad, como hizo san Juan Bautista, que se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados (Lc 3, 3) diciendo las verdades con valentía.

Seamos optimistas, pues aunque la tarea a realizar es grande -participar en la difusión del Evangelio (Flp 1, 5), estamos convencidos de las palabras de san Pablo: Quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1, 6). De este modo, seremos los Bautistas de la nueva evangelización, que hagan resonar en nuestra familia, en nuestro trabajo, entre nuestros amigos el siempre actual preparad los caminos del Señor.

En el apostolado, fijémonos en el Precursor del Señor. ¿Qué hizo Juan? Ante todo anunció al Señor. Anunció que estaba cerca el Salvador, el Señor; que estaba cerca el Reino de Dios. Un anuncio que él había realizado con fuerza: bautizaba y exhortaba a todos a convertirse. Juan era un hombre fuerte y anunciaba a Jesucristo: fue el profeta más cercano a Jesucristo. Tan cercano que precisamente él lo indicó a los demás. Cuando vio a Jesús, exclamó: “¡Es aquel!” (Papa Francisco).

San Juan Bautista tenía mucha autoridad moral. Toda la gente iba él. El Evangelio dice que los escribas se acercaban para preguntarle: ¿Qué debemos hacer? Lo mismo hacía el pueblo y los soldados. ¡Convertíos! era la respuesta de Juan. Con la conversión estarían bien dispuestos a recibir al Mesías. ¿Qué conversión pedía el Bautista? La misma que describe el profeta Ezequiel: Os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un espíritu nuevo; os arrancaré ese corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y os haré ir por mis mandamientos y observar mis preceptos (Ez 36, 26-27).

San Lucas sitúa en el tiempo y en espacio la aparición pública de san Juan Bautista. En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (Lc 3, 1-2). El Precursor es esa voz que clama en el desierto (Is 40, 3) profetizada por Isaías. También nosotros, cristianos del comienzo del tercer milenio tenemos que ser voz que grita en los desiertos de la humanidad. Pero ¿cuáles son esos desiertos? Es Benedicto XVI quien responde a esta pregunta: Hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Desiertos son también las mentes cerradas y los corazones duros que impiden que en la persona haya vida, la vida de la gracia.

La Iglesia en su conjunto ha de ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud. Las palabras de Isaías: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos (Is 49, 4) son una apremiante invitación a abrir el corazón y acoger la salvación que Dios nos ofrece incesantemente, casi con terquedad, porque nos quiere a todos libres de la esclavitud del pecado. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.

Es misión de la Iglesia llevar a todos los habitantes de la tierra, en cada momento de la historia, el anuncio y la realidad de la venida de Dios al mundo. Debe iluminar las conciencias de los hombres y de las mujeres, prepararlos para recibir a Cristo, alimentarlos con la Palabra divina y con los sacramentos, despertarlos cuando se dejan vencer por el sueño malo de la tibieza o del alejamiento de Dios.

El tiempo de Adviento nos devuelve el horizonte de la esperanza, una esperanza que no decepciona porque está fundada en la Palabra de Dios. ¡Él es fiel! ¡Él no decepciona! ¡Pensemos y sintamos esta belleza! El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar en la vida, es la Virgen María. Una sencilla muchacha de pueblo, que lleva en el corazón toda la esperanza de Dios. En su seno, la esperanza de Dios se hizo carne, se hizo hombre, se hizo historia: Jesucristo (Papa Francisco). El Adviento es, pues, tiempo de espera, para estar atentos, para velar, para vigilar… ¡Cuántas veces hemos considerado la parábola del criado que espera el regreso de su amo! Y ahora que esperamos la llegada de Nuestro Señor, vamos a procurar estar atentos, no distraídos; en vela, no dormidos; vigilantes, no pasivos, para recibir con corazón y alma totalmente limpios a nuestro Dios encarnado.

Ante la venida inminente del Señor, los hombres deben disponerse interiormente, hacer penitencia de sus pecados, rectificar su vida para recibir la gracia que trae el Mesías. Porque la salvación no viene por el linaje, por ser hijos de Abrahán, sino por la conversión que se manifiesta en obras concretas, particulares para cada uno. Por eso, el Adviento también es tiempo de purificación interior, para arrancar de nuestros corazones todo lo que, de un modo u otro, pueda dificultar esa llegada del Señor; tiempo, en fin, que nos incita a estar siempre dispuestos, bien dispuestos, para recibir ‑cuando Dios quiera, como Dios quiera‑ la llamada definitiva que el Señor nos hará un día (Javier Echevarría).

El Adviento nos habla de alegría. En el libro del profeta Baruc leemos: Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios. Salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve traídos con gloria, como un trono real (Ba 5, 5-6). Los israelitas salieron de su tierra deportados, a Babilonia. Años después, vuelven contentos a Jerusalén. También Adán y Eva -y con ellos todos sus descendientes- fueron desterrados del Paraíso. Pero igualmente la humanidad tiene motivos para estar alegre, porque Dios por medio de su Hijo los ha redimido, abriéndole las puertas del Paraíso, de ese Paraíso que Jesús prometió en la cruz al buen ladrón.

El Pueblo elegido sale de Babilonia hacia Jerusalén, donde está el templo del Señor. Desde la Ciudad Santa ha venido la revelación del rostro de Dios y de su ley. La revelación ha encontrado su realización en Jesucristo, y Él mismo, el Verbo hecho carne, se ha convertido en el “templo del Señor”. El nuevo Pueblo de Dios -la Iglesia- está en una peregrinación universal hacia la nueva Jerusalén, la morada de Dios con los hombres (Ap 21, 3). En la Jerusalén celestial no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor (Ap 21, 4), porque Dios habitará realmente en medio de su pueblo, ese pueblo rescatado por la sangre de Cristo. Por eso el Adviento es tiempo de alegría, porque nos anuncia la llegada del Mesías que nos abre las puertas del Cielo.

Un himno de la Liturgia de las horas expresa bien el mensaje de la Iglesia en el Adviento: La Virgen sueña caminos, está a la espera. // La Virgen sabe que el niño, está muy cerca. // De Nazaret a Belén hay una senda, // por ella van los que creen en las promesas. // Los que soñáis y esperáis la Buena Nueva // abrid las puertas al Niño que está muy cerca. // El Señor está cerca. Él viene con la paz. // El Señor está cerca. Él trae la verdad. // La tarde ya lo sospecha, está alerta. // El sol le dice a la luna que no se duerma. // A la ciudad de Belén vendrá una estrella, // Vendrá con todo el que quiere cruzar fronteras. Amén.

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