LA FAMILIA SEGÚN EL PLAN DE DIOS. Homilía de la Fiesta de la Sagrada Familia. Año 2018


En la Biblia hay dos relatos del momento en que Moisés comunica a los israelitas la Ley de Dios, que el Señor le entregó en el Sinaí, escritas en dos tablas de piedra. Referente al trato de los hijos con los padres se dice en el libro del Deuteronomio: Honra a tu padre y a tu madre, como te mandó el Señor, tu Dios, para que alarguen tus días y te vaya bien (Dt 5, 16). Y en el libro del Éxodo: Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar (Ex 20, 12). La formulación que hace la Iglesia del Decálogo es más sencilla, y el cuarto mandamiento lo formula así: Honrarás a tu padre y a tu madre.

En el pensamiento tradicional judío la observación de este precepto traía beneficios. Y así en el libro del Sirácida se dice: El Señor glorifica al padre en los hijos, y establece la autoridad de la madre sobre la prole. Quien honra al padre expía los pecados; quien da gloria a la madre es como si juntara tesoros. El que honra al padre recibirá alegría de sus hijos y será escuchado en el día de su plegaria. Quien honra al padre vivirá largos días; y quien obedece al Señor será el consuelo de su madre (Si 3, 2-6). Estos versículos son una preciosa glosa, en la que no se ahorran elogios para quien cumple delicadamente este mandamiento. Además señalan un hondo motivo para vivir la piedad filial: los buenos hijos son, sobre todo, honra gloriosa para los padres. Con razón la liturgia de la Iglesia recoge estos versículos como primera lectura de la Misa de la fiesta de la Sagrada Familia, pues Dios honró a Santa María y a san José con Jesús.

Hijo, socorre a tu padre en la vejez, y no le entristezcas durante su vida. Aunque perdiese el juicio, sé indulgente con él, y no le desprecies cuando tú estés en pleno vigor; pues la piedad con el padre no será olvidada, sino que servirá de disculpa frente a tus pecados (Si 3, 12-14). Aquí el autor sagrado se refiere a los deberes de piedad filial cuando los padres no pueden valerse por sí mismos. Esta idea es recogida por el Catecismo de la Iglesia Católica: El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en los momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (n. 2218).

Deber que era omitido por los fariseos y escribas con frecuencia por interpretar mal la Ley. Y Cristo se lo echa en cara. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y quien maldiga a su padre o a su madre, sea reo de muerte. Pero vosotros, en cambio, decís: Si un hombre dice a su padre o a su madre: Lo que de mi parte pudieras recibir como ayuda sea Corbán, que significa ofrenda, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre, anulando así la palabra de Dios por vuestra tradición, que vosotros mismos habéis establecido; y hacéis otras muchas cosas semejantes a éstas (Mc 7, 10-13).

Tradiciones judías de los doctores de la Ley (escribas) y de los sacerdotes del Templo habían tergiversado el sentido nítido y tajante del cuarto mandamiento. Esos escribas enseñaban en tiempos de Jesús que los hijos que ofrecían dinero y bienes al Templo hacían lo mejor. Según tal enseñanza, sucedía que los padres ya no podían pedir esos bienes, declarados como ofrenda para el altar (corbán), pues constituiría un sacrilegio. Por su parte, los hijos, formados en esa conciencia errónea, creían haber cumplido así el cuarto mandamiento, e incluso haberlo cumplido mejor, al tiempo que eran reputados como piadosos por los dirigentes religiosos de la nación. Pero de hecho se trataba de un engaño por el que, so capa de piedad, se dejaba a los padres ancianos en la miseria

Jesucristo es el intérprete auténtico de la Ley, porque en cuanto Dios es autor de ella. Por tanto, Él aclara el verdadero alcance del cuarto mandamiento frente a las explicaciones erróneas de la casuística judía y deshace el lamentable error del fanatismo judaico.

El cuarto mandamiento, por tanto, incluye para los cristianos la asistencia cariñosa y sacrificada de los hijos hacia sus padres ancianos y necesitados, aun cuando tengan también otras obligaciones familiares, sociales o religiosas. Hay aquí un campo amplio de responsabilidades filiales, que los hijos deben examinar en su conducta y rectificar, si es el caso.

También en la liturgia de la Palabra de la Misa de la Sagrada Familia hay un texto del Nuevo Testamento referente al comportamiento de los miembros de una familia para reine armonía en el hogar doméstico. Es san Pablo quien recomienda a los cristianos de Colosas -y a todos nosotros- entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección (Col 3, 12-14).

Estas virtudes citadas por el Apóstol son diversas manifestaciones de la caridad, y además son reflejo a su vez de una virtud esencial: la humildad. Sólo una persona humilde está en condiciones de perdonar y agradecer de corazón, porque sólo ella es consciente de que todo lo que tiene lo ha recibido de Dios. De ahí que trate a su prójimo -y especialmente a sus familiares más cercanos- con comprensión, disculpando y perdonando cuando sea necesario, de modo que con sus obras dé testimonio de su fe y caridad.

En la misma Carta a los Colosenses, san Pablo da consejos a los distintos miembros de la familia (marido, mujer e hijos). Mujeres, sed dóciles a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, pues esto es agradable al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados (Col 3, 18-21). El Apóstol establece en sus verdaderos términos la situación de la mujer en la familia: ciertamente el marido tiene una misión importante que realizar, pero también la mujer tiene una labor específica, insustituible, que llevar a cabo. La mujer no es esclava del hombre, pues tiene igual dignidad que él y debe ser tratada por el marido con respeto y amor sincero. Con sus palabras, san Pablo da por supuesto que en la familia hay una autoridad, y que esa autoridad es propia del marido por designio del Creador.

En el Génesis vemos como Eva fue entregada por Dios a Adán como compañera inseparable del hombre y, por tanto, debe vivir en concordia con él. Varón y mujer tienen funciones distintas, aunque complementarias, en la vida familiar, ambos tienen igual dignidad, en cuanto que son personas humanas.

Los hijos deben obedecer a sus padres en todo, como Dios ha mandado, señalando una exigencia de la naturaleza humana. Esa obediencia se refiere a todo lo que no se oponga a la voluntad divina, para que sea agradable al Señor. Por su parte, los padres han de cuidar con esmero la educación de sus hijos. En toda familia debe haber un intercambio educativo entre padres e hijos, en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto y la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana. Cumplirán más fácilmente esta función si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio “ministerio”, esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable (San Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 21).

El principal deber de los padres es transmitir a sus hijos la fe cristiana, procurando que la doctrina de Cristo llegue a sus hijos con claridad y autenticidad; y lo harán si les dan un testimonio creíble de su fe y esperanza cristiana. Para este cometido deben esforzarse siempre en enseñar a rezar a sus hijos, y rezad con ellos; acercarlos a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía; introducirlos en la vida de la Iglesia. Muy conveniente es la lectura de la Sagrada Escritura en la intimidad del hogar, iluminando la vida familiar con la luz de la fe y alabando a Dios como Padre. Si quieren que sean piadosos sus hijos, estos han de ver en sus progenitores una vida de piedad.

La fiesta de la Sagrada Familia nos lleva a la intimidad de la familia formada por la María, José y Jesús donde se desarrolló el Hijo de Dios hecho hombre, y tiene como finalidad evocar las virtudes domésticas que reinaban en el hogar de Nazaret: fidelidad, trabajo, honradez, obediencia, respeto mutuo entre los padres y el hijo.

En el Evangelio de la Misa de esta fiesta leemos: Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta (Lc 2, 41-42). Esta obligación era para los varones a partir de los doce años. Un breve paréntesis. ¡Cuánto bien hace a los hijos cuando ya han llegado a la edad de la discreción que sus padres les lleven a Misa los domingos! Los hijos cumplirán el precepto dominical al ver cómo sus padres lo cumplen, y lo incorporarán en su vida. Volvamos al relato evangélico. Y ocurrió que a la vuelta, mientra María y José regresaban a Nazaret, Jesús se quedó en Jerusalén. Cuando la Virgen y san José, después de día de camino, se dieron cuenta de que Jesús no iba en la caravana, volvieron con angustia a Jerusalén. Al cabo de tres días lo encontraron en el Templo. Ante la pregunta de su Madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos (Lc 2, 48), Jesús deja entrever el misterio de su consagración total a una misión derivada de su filiación divina: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre? (Lc 2, 49). Revelando su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia la radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 20).

La Virgen sabía desde el anuncio del ángel que el Niño Jesús era Dios. Esta fe fundamentó una constante actitud de generosa fidelidad a lo largo de toda su vida, pero no tenía por qué incluir el conocimiento concreto de todos los sacrificios que Dios le pediría, ni del modo como Cristo llevaría a cabo su misión redentora. Lo iría descubriendo en la contemplación de la vida de Nuestro Señor.

María y José se dieron cuenta de que la respuesta de Jesús entrañaba un sentido muy profundo que no llegaban a entender. Lo fueron comprendiendo a medida que los acontecimientos de la vida de Cristo se iban desarrollando. La fe de ambos esposos y su actitud de reverencia frente al Niño les llevaron a no preguntar más por entonces, y a meditar, como en otras ocasiones, las obras y palabras de Jesús. Con su respuesta, Jesús enseña que por encima de cualquier autoridad humana, incluso la de los padres, está el deber primario de cumplir la voluntad de Dios: Y, al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús -¡tres días de ausencia!- disputando con los Maestros de Israel, quedará muy grabada en tu alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al Padre Celestial (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Quinto misterio gozoso).

El evangelista san Lucas termina el relato de la infancia de Jesús diciendo: Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51-52).

Cristo es la Sabiduría increada, y en este episodio evangélico se le ve oyendo a los doctores de la Ley. Hay que tener en cuenta que Jesús conocía con detalle desde su concepción el desarrollo de toda su vida en la tierra, de su conciencia de ser Hijo de Dios. Es un ejemplo para que los bautizados dediquemos tiempo a nuestra formación cristiana, sin conformarnos con lo aprendido en la catequesis para hacer la Primera Comunión.

La mirada de la Virgen María siempre estuvo llena de adoración y asombro, no se apartó jamás de Jesús. Su ejemplo ayuda a seguir y avanzar como Ella en el itinerario de la fe. Procuremos nosotros imitarla -aconsejaba san Josemaría Escrivá-, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta los acontecimientos más menudos. No olvidemos que hemos de pesarlos, valorarlos, verlos con ojos de fe, para descubrir la Voluntad de Dios (Amigos de Dios, n. 285).

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