Homilía del tercer domingo de Adviento. Ciclo C


Durante el Adviento vamos alegres al encuentro del Señor. La razón por la cual podemos caminar con alegría, es que ya está cerca nuestra salvación. El Señor viene. Con esta certeza recorremos el itinerario del Adviento, preparándonos para celebrar con fe el acontecimiento extraordinario del Nacimiento del Señor. Por eso la Iglesia nos repite constantemente que debemos despertar del sueño de la rutina y de la mediocridad; debemos abandonar la tristeza y el desaliento. Es preciso que se alegre nuestro corazón porque el Señor está cerca (Flp 4, 5). Y nos invita a la alegría con palabras de san Pablo: Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (Flp 4, 4).

Son admirables estas palabras de san Pablo, si se tiene en cuenta que cuando las escribe está encadenado y en la cárcel. Para la verdadera alegría no es obstáculo que las circunstancias en que se desarrolla la existencia de una persona sean difíciles o dolorosas. Decía san Cipriano: Ésta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen a Dios: ellos en la adversidad se quejan y murmuran; a nosotros las cosas adversas no nos apartan de la virtud ni de la verdadera fe. Por el contrario, éstas se afianzan en el dolor.

Sofonías profetiza la llegada de los tiempos mesiánicos, es decir, la Encarnación del Verbo, invitando también a la alegría, porque esa presencia de Dios entre nosotros es la verdadera causa de nuestra alegría. Canta de gozo, hija de Sión, regocíjate, Israel, alégrate y disfruta de todo corazón, hija de Jerusalén. El Señor revocó tu sentencia, echó fuera a tus enemigos; el Señor, Rey de Israel, está en medio de ti; no temerás más la desgracia. Aquel día se dirá a Jerusalén: “¡No temas, Sión, no desfallezcas tus manos! El Señor, tu Dios, está en medio de ti como poderoso Salvador. Él disfrutará de ti con alegría, te renovará su amor, se regocijará en ti con canto alegre, como en los días de fiesta” (So 3, 14-18).

Al leer esta profecía de Sofonías no podemos dejar de pensar en la escena de la Anunciación a Santa María. También a Ella -hija de Sión-, la Virgen humilde, se le invita a alegrarse y a no tener miedo, porque el Señor está con Ella. Y es que, realmente con la Encarnación del Verbo, el Señor pasó a habitar en medio de su pueblo, y la salvación prometida se vio realizada. El cumplimiento de la promesa de la venida del Mesías se transforma en un canto de júbilo. El Señor, Salvador, viviendo en medio de su pueblo hace que todo sea alegría y no haya lugar para el temor.

Al llegar la plenitud de los tiempos llegó el Mesías. Dios quiso que su llegada tuviera una preparación próxima para que todos lo recibieran con las mejores disposiciones. San Juan Bautista fue el encargado de anunciar al pueblo que ya estaba cerca ese momento esperado desde muchos siglos por el pueblo elegido…, y por toda la humanidad. Los cuatro evangelistas hablan de la predicación del Bautista para preparar el ministerio de Jesús, su manifestación pública al pueblo. San Mateo dice: Apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea (Mt 3, 1), invitando a la conversión. San Marcos escribe: Apareció Juan Bautista en el desierto predicando un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (Mc 1, 4). San Lucas precisa que el Precursor del Señor recorrió toda la región del Jordán (Lc 3, 3) y emplea las mismas palabras que san Marcos para referirse a lo que Juan hacía: predicando un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados (Lc 3, 3). Y el evangelista san Juan habla del testimonio que dio el Bautista en Betania, al otro lado del Jordán (Jn 1, 28).

La predicación de Juan Bautista levantó expectación. Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán (Mt 3, 5); Y toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él (Mc 1, 5). San Lucas habla de muchedumbres que acudían a él. Por último, san Juan evangelista dice: Desde Jerusalén los judíos le enviaron sacerdotes y levitas para que le preguntaran: “¿Tú quién eres?” (Jn 1, 19). ¿Qué tipos de gentes iban a ver a Juan, a escuchar sus palabras? De todas las clases sociales, incluso también personas no pertenecientes al pueblo judíos, como eran los soldados. San Mateo habla de muchos fariseos y saduceos (Mt 3, 7). San Marcos no especifica ninguna procedencia ni clase social o religiosa. San Lucas dice llegaron también unos publicanos (Lc 3, 12), y poco después se refieren a unos soldados que le preguntaron como habían hecho las muchedumbres. Y ya se ha dicho, sacerdotes y levitas.

Esta diversidad de personas habla de la universalidad de la Redención. El anuncio de que está al llegar el Reino de los Cielos (Mt 3, 2) es para todos, ya sean del pueblo elegido o no, como es el caso de los soldados de la guarnición romana, que procederían de varios regiones del Imperio romano; también para los justos y para los publicanos, que eran considerados pecadores por los judíos; para el pueblo sencillo y para los pertenecientes a las sectas religiosas; para los sacerdotes y levitas…

Las muchedumbres le preguntaban: “Entonces, ¿qué debemos hacer?” (Lc 3, 10). Es una pregunta que se repite tres veces en el pasaje del Evangelio según san Lucas que narra la predicación de san Juan Bautista. El papa Francisco comenta: “¿Qué tenemos qué hacer?” Esta pregunta también la sentimos nuestra. La liturgia del Adviento nos repite, con las palabras de Juan, que es preciso convertirse, es necesario cambiar la dirección de marcha y tomar el camino de la justicia, la solidaridad, la sobriedad: son los valores imprescindibles de una existencia plenamente humana y auténticamente cristiana.

¿Qué hemos de hacer? Se lo preguntan todos, también los publicanos y los soldados. El Precursor no responde con una “receta única”. Las respuestas son diferentes según la profesión de los que le preguntan. A los publicanos les dice: No exigir nada fuera de lo tasado; a los soldados: No hagáis extorsión a nadie ni denunciéis falsamente y contentaos con vuestra paga; a otros: El que tiene dos túnicas, dé una al que no tiene, y el que tiene alimentos haga lo mismo.

El Bautista exige de todos ‑fariseos, publicanos, soldados‑ una profunda renovación interior en el ejercicio de su profesión, que les lleve a vivir la justicia y la caridad; les pedía una verdadera conversión, porque el Señor estaba cerca. Lo mismo pide la Iglesia a los fieles, porque el Señor ha llegado y está en la puerta, esperando que le dejemos entrar de lleno en nuestras vidas. ¡Convertíos! Es la síntesis de lo que el Bautista dice a todos los que acuden a él. Y la Iglesia en el Adviento se hace eco de este mensaje, que nos ayuda a descubrir nuevamente una dimensión particular de la conversión: la alegría.

El gran enemigo de la alegría cristiana es el pecado en todas sus formas y manifestaciones, pues priva de la presencia íntima de Dios. Si queremos celebrar la Navidad con “alegría desbordante” nada mejor que hacer una buena confesión en estos días, y animar a que nuestros amigos y parientes hagan esta experiencia.

Preguntemos a Dios con confianza: Yo, Señor, ¿qué debo hacer?, ¿qué quieres que haga?, ¿qué he de hacer para mejorar en mi vida familiar, para tener más vibración apostólica, o cuando se presente una dificultad? Maestro bueno, ¿qué he de hacer para -alcanzar la vida eterna? (Mc 10, 17). Y así como el Precursor responde, nosotros recibiremos también la respuesta en los ratos de oración: oiremos lo que Dios nos dice en el fondo de nuestro corazón. Sabemos que la salvación viene por la conversión, y ésta se manifiesta en obras concretas particulares para cada uno. Señor, ¿qué quieres tú de mí? Y si quiero -que sí quiero- una sociedad con más verdad, justicia y misericordia, ¿qué he de hacer? Ahora quien responde es Juan Pablo I: La gente a veces dice: estamos en una sociedad totalmente podrida, totalmente deshonesta. Esto no es cierto. Hay todavía mucha gente buena, mucha gente honesta. Más bien habría que preguntarse: ¿Qué hacer para mejorar la sociedad? Yo diría: Que cada uno trate de ser bueno y contagiar a los demás con una bondad enteramente imbuida de la mansedumbre y del amor enseñados por Cristo. Por eso le pedimos al Señor que tengamos un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado.

San Lucas continúa el relato evangélico diciendo: Como el pueblo estaba expectante y todos se preguntaban en su interior si acaso Juan no sería el Cristo, Juan salió al paso diciéndoles a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias: él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. Él tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se apaga” (Lc 3, 15-17). San Juan Bautista no se conforma con responder a las preguntas que le hicieron, sino que aprovecha para hablar del Mesías. Antes aclara que él no es el Cristo, como algunos se preguntaban en su interior. Revela que el Mesías está al llegar y que vendrá con el poder de juez supremo, propio de Dios, y con una dignidad que no tiene parangón humano. Y con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva (Lc 3, 18).

La buena nueva del Adviento es que el Señor está cerca. Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombre (Flp 4, 5). San Pablo recuerda a los cristianos de Filipos la proximidad del Señor para fomentar la alegría y la mutua comprensión. Y les anima a estar serenos, tranquilos, frente a un ambiente adverso que pudieran encontrar. No os preocupéis por nada, al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Flp 4, 6-7).

Los primeros cristianos pusieron su esperanza en la venida de Jesucristo, Señor y Salvador del mundo. Igual debemos hacer nosotros, cristianos del tercer milenio. Dios es un Padre que nunca deja de pensar en nosotros y, respetando totalmente nuestra libertad, desea encontrarse con nosotros y visitarnos; quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Viene porque desea liberarnos del mal y de la muerte, de todo lo que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

¿Qué he de hacer, Señor, para que Tú estés contento de mí? La respuesta sale de los labios de Santa María, Madre de Cristo, que conoce muy bien a su Hijo, y es Madre nuestra, que quiere siempre nuestro bien: Haced lo que Él os diga (Jn 2, 5).

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