LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS. Homilía del II Domingo de Navidad. Año 2019


Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). La Palabra eterna, el Hijo de Dios, tomó la naturaleza humana. El profeta Isaías al decir: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9, 5), revela en toda su plenitud el misterio de la Navidad: la generación eterna de la Palabra en el Padre, su nacimiento en el tiempo por obra del Espíritu Santo. Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a conocerlo y sentimos la cercanía de Dios.

Despiértate, hombre: por ti, Dios se ha hecho hombre (San Agustín). El papa Benedicto XVI se hace eco de las palabras de este Padre de la Iglesia, y nos dice: ¡Despiértate, hombre del tercer milenio! En Navidad, el Omnipotente se hace niño y pide ayuda y protección; su modo de ser Dios pone en crisis nuestro modo de ser hombres; llamando a nuestras puertas nos interpela, interpela nuestra libertad y nos pide que revisemos nuestra relación con la vida y nuestro modo de concebirla.

En el libro de Sirácida leemos que la Sabiduría se gloría diciendo: Yo salí de la boca del Altísimo, y cubrí como niebla la tierra. Yo levanté mi tienda en las alturas, y mi trono era una columna de nube (Si 24, 3-4). Esta Sabiduría se identifica con la Palabra de Dios, con el Verbo, existente antes de los siglos, en el principio (Si 24, 14). En el principio se refiere a la eternidad. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad. Arraigué en un pueblo glorioso, en la posesión del Señor, en su heredad, en la reunión de los santos hago mi parada (Si 24, 15-16). El Verbo encarnado plantó su morada en la tierra.

San Juan dice claramente que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Pero ¿quiénes eran los suyos? Por los suyos se entiende, en primer lugar, el pueblo judío, que había sido elegido por Dios como pueblo de su propiedad para que en él naciera Cristo. También puede entenderse toda la humanidad, pues le pertenece al haber sido creada por Él. Todo fue hecho por Él, y sin él no se hizo nada cuanto ha sido hecho (Jn 1, 3). Por tanto, el reproche de no recibir al Verbo hecho hombre ha de entenderse no solamente a los judíos sino también a todos los que, llamados por Dios a su amistad, lo rechazan.

Pero a cuantos le recibieron les dio poder para ser hijos de Dios (Jn 1, 12). ¿Quiénes son los que reciben al Verbo encarnado? Son aquellos que lo aceptan por la fe, los que creen en su Persona, en Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios. La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un Padre que ama infinitamente a sus criaturas. Nuestra filiación divina es la participación de la filiación de Cristo: Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros lo somos por adopción; pero somos verdaderamente hijos.

El Verbo se encarnó para redimirnos, pero también para hacernos partícipes de la naturaleza divina. El Hijo de Dios se hizo hombre para que los hijos del hombre, los hijos de Adán, si hicieran hijos de Dios (San Atanasio). El apóstol san Pablo, en la carta a los cristianos de Éfeso, escribe un himno de alabanza a Dios por su designio eterno, antes de la creación, de convocarnos en la Iglesia, como una comunidad de santos, y de concedernos en ella por medio de Jesucristo la gracia de la filiación divina. Éstas son sus palabras: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Él con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales. Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con que nos ha favorecido, por medio de su Hijo amado (Ef 1, 3-6).

La elección para formar parte del pueblo de Dios es universal: todos somos llamados a la santidad. ¿En qué consiste la santidad? En ser de Dios. Y esto es darle todo cuanto tenemos: nuestras fuerzas, nuestra salud, nuestra enfermedad, nuestros deseos, nuestra inteligencia, nuestro corazón, nuestras ideas, nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestra voluntad, nuestros amores… Todo para Dios. Y esta santidad para la que hemos sido elegidos se posible a través de Cristo. El Verbo también se encarnó para ser nuestro modelo de santidad. Dios nos ha creado para compartir su misma vida; nos llama a ser sus hijos, miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, templos luminosos del Espíritu del Amor. Nos llama a ser “suyos”: quiere que todos seamos santos (San Juan Pablo II, Mensaje 29.VI.1999).

En Jesucristo, todos los hombres han sido elegidos para incorporarse al Pueblo de Dios y ser hijos adoptivos, no en sentido metafórico, sino real: el Hijo único de Dios consustancial del Padre –el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1)-, ha asumido la naturaleza humana para hacer a los hombres hijos de Dios por adopción. Y experimentamos la paternidad de Dios, rico en misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado, muerto y resucitado por nosotros. Para el cristiano que se siente atraído por el Padre no hay orfandad, no es huérfano. Dios es Padre, y el amor a nosotros se ha manifestado enviando a su Hijo para que nos redimiera, librándonos de la esclavitud del pecado, del demonio y de la muerte eterna. Y he aquí el cuarto motivo de la encarnación del Verbo: para que nosotros conociésemos así el amor de Dios. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a El. Carísimos, ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3, 1‑2).

Con confianza filial le decimos a Dios: “Padre, llévame hacia Jesús para que le conozca mejor e identificarme con Él porque quiero ser santo. Sé que el mundo necesita santos. Yo quiero ser uno de ellos; estoy dispuesto a amarte con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas”. Conocer mejor a Jesús. Por eso el apóstol san Pablo escribía a los efesios: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcáis cuál es la esperanza a que habéis sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los santos (Ef 1, 17-18). Sabiduría y revelación para conocer lo verdaderamente importante, Jesucristo, en quien reside toda la plenitud de vida y de gracia. Además, el conocimiento del misterio de Cristo constituye un sólido fundamento para la esperanza, pues Él es el camino que conduce al Padre, el único que tiene palabras de vida eterna. Sólo en Cristo está la salvación, la verdadera felicidad.

En esta vida no es fácil reconocer y encontrar la auténtica felicidad. Esta felicidad que busca y que tiene derecho a saborear todo hombre tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Pero ocurre a veces que el hombre no la encuentra en el mundo de nuestros días porque a menudo es rehén de corrientes ideológicas, que lo inducen, a pesar de creerse “libre”, a perderse en los errores e ilusiones de ideologías aberrantes. Urge “liberar la libertad”, e iluminar la oscuridad en la que la humanidad va a ciegas. Jesús ha mostrado cómo puede suceder esto: Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8, 31-32). El Verbo encarnado, Palabra de verdad, nos hace libres y dirige nuestra libertad hacia el bien.

En la Jornada Mundial de la Juventud del Año Santo 2000, en el Jubileo de los jóvenes, san Juan Pablo II decía: En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.

En Él (el Verbo) estaba la vida y la vida era la luz de los hombres (Jn 1, 4). He aquí dos verdades fundamentales sobre el Verbo: que es la Vida y que es la Luz. Se trata de la vida divina, fuente primera de toda vida, de la natural y de la sobrenatural. Y esa Vida es luz de los hombres, porque recibimos de Dios la luz de la razón, la luz de la fe y la luz de la gloria, que son participación de la inteligencia divina. También el Verbo es luz de los hombres en cuanto los ilumina sacándolos de las tinieblas, esto es, del mal y del error. El mismo Cristo dirá: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12). Sólo la criatura racional es capaz de conocer a Dios en este mundo, y conociéndolo, amarle; y de contemplarle después gozosamente en el Cielo por toda la eternidad.

Termina el prólogo del Evangelio según san Juan diciendo: A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él mismo lo dio a conocer (Jn 1, 18). Todas las visiones del Antiguo Testamento que los hombres tuvieron de Dios en este mundo fueron indirectas, ya que sólo contemplaron la gloria divina, esto es, el resplandor de su grandeza: por ejemplo, Moisés vio la zarza ardiente; Elías sintió la brisa en el monte Horeb; Isaías contempló el esplendor de su majestad. Pero al llegar la plenitud de los tiempos, esa manifestación de Dios se hizo más próxima y casi directa, ya que Jesucristo es la imagen visible de Dios invisible; es la revelación máxima de Dios en este mundo, hasta tal punto de que asegura: El que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14, 9). Ninguna Revelación más perfecta puede hacer Dios de Sí que la Encarnación de su Verbo eterno.

La Encarnación fue posible al fiat (hágase) de María. Has oído, Virgen, que concebirás y darás a luz un hijo. Has oído que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. En tus manos está el precio de nuestra salvación; si consientes, de inmediato seremos liberados. Apresúrate a dar tu consentimiento, Virgen, responde sin demora al ángel, mejor dicho, al Señor, que te ha hablado por medio del ángel. Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento. He aquí -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (San Bernardo, Homilía sobre las excelencias de la Virgen María). Gracias, Madre.

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