Homilía del cuarto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles (Jr 1, 4). Con estas palabras de Jeremías vemos cómo Dios había elegido al profeta antes de que fuera concebido. Toda persona que recibe una llamada de Dios -vocación- ha sido elegida desde toda la eternidad. Dios ya había decidido llamarla antes de la creación del mundo, y pensado la misión que debe realizar en esta tierra.

La vocación, la llamada del Señor, es un misterio; un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. La persona que es así invitada vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de “enamoramiento”. Su ánimo le hace decir en la oración: Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un “por qué”, es un don gratuito al que se corresponde con la entrega de sí mismo.

San Marcos cuando habla de la vocación de los apóstoles dice: Llamó a los que Él quiso (Mc 3, 13). Jeremías reconoce que lo que Dios le pide excede sus fuerzas, se ve incapaz de ser profeta. Lo propio del profeta es hablar en nombre de Dios. ¡Ah, Señor, he aquí que no sé hablar, porque yo soy muchacho! (Jr 1, 6). Dios llama a quien quiere, independientemente de las cualidades que posea la persona elegida, a pesar de los miserias y errores que pueda tener. Y el Señor la elige para que sea instrumento suyo.

Decía santo Tomás de Aquino: A los que Dios elige para una misión los dispone y prepara de suerte que resulten idóneos para desempeñar la misión para la que fueron elegidos. A Jeremías le dijo Dios: No digas: Soy muchacho; porque a todo lo que te envíe, irás. Y todo lo que te encomiende, hablarás. No temas de ellos, porque contigo estoy para librarte (Jr 1, 7-8).

En toda vocación, la iniciativa es de Dios. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Jn 15, 16). La vocación no es producto del sentimiento ni fruto del noble deseo de emplearse en favor de los demás. Es una divina intromisión por parte de Nuestro Señor, que espera una respuesta de entrega total. Dios llama, pero respeta la libertad de la persona llamada. En el Evangelio vemos como Jesucristo invitó al joven rico a seguirle, y éste rechazó la invitación. El evangelista dice que se fue triste.

En la Última Cena, además de la Eucaristía, Cristo instituyó el sacramento del Orden. A lo largo de la historia de la Iglesia, Dios ha llamado a hombres para que fueran sacerdotes de la Nueva Alianza. El Orden es uno de los dos sacramentos al servicio de la comunidad. Los sacerdotes ejercen su servicio en el pueblo de Dios -la Iglesia- mediante la enseñanza, el culto divino y por el gobierno pastoral.

La vocación sacerdotal, para que el llamado pueda cumplir su cometido, lleva consigo los carismas necesarios, esas gracias especiales que concede el Espíritu Santo a ciertas personas en beneficio de otras y en orden a la utilidad común de la Iglesia.

Cuando san Juan María Vianney iba a Ars para encargarse de la iglesia de aquella aldea, se extravió. Pero tuvo suerte: enseguida se encontró con unos niños pastores que cuidaban sus ovejas. Uno de ellos indicó al joven sacerdote el camino hacia Ars. Amiguito -díjole Vianney-, tú me has mostrado el camino de Ars; yo te mostraré el camino del Cielo.

Tenía toda la razón, porque la misión del sacerdote -además de ofrecer a Dios el sacrificio eucarístico, que es su principal ministerio- es ayudar a sus hermanos -los hombres- a alcanzar la salvación, ya que es verdadero mediador entre Dios y los hombres. Lo propio de todo mediador es unir a los extremos; en el caso del sacerdote, lo que le es propio es unir a los hombres con Dios. El sacerdote no es un psicólogo, ni un sociólogo, ni un antropólogo: es otro Cristo, Cristo mismo, para atender a las almas de sus hermanos (San Josemaría Escrivá).

De los sacerdotes los laicos pueden esperar orientación e impulso espiritual. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestiones, aún graves, que surjan. No es ésta su misión (Concilio Vaticano II). El sacerdote, como buen pastor, tiene que transparentar el rostro misericordioso de Jesús; tiene que enseñar a los hombres que Dios los ama infinitamente y siempre los espera; tiene que reflejar los sentimientos del mismo Cristo dando siempre testimonio de una inmensa caridad pastoral.

En la Primera Carta a los Corintios está el “Himno a la caridad”, que es una de las mejores páginas de san Pablo. La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad nunca acaba (1 Co 13, 4-8).

El sacerdote, buen pastor, debe en todo momento vivir la caridad que es la esencia de Dios -Deus caritas est (1 Jn 4, 8)-. El papa Francisco decía a los sacerdotes en la homilía de la Misa Crismal del Jueves Santo de año 2013: Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor “ya tienen su paga”, y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con “olor a oveja” -esto os pido: sed pastores con “olor a oveja”, que eso se note-; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres.

El buen pastor no puede contentarse con saber los nombres de sus ovejas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón de Jesús, un conocimiento orientado a Él, un conocimiento que no vincula la persona a la persona del sacerdote, sino que la guía hacia Jesús. El cardenal Benelli, recordó en la homilía del funeral por el papa Juan Pablo I, que éste, poco antes de morir le había dicho a un cardenal: Es sólo a Jesucristo a quien tenemos que presentar al mundo. Fuera de esto no tendremos ninguna razón, ningún argumento: no nos escucharán.

La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes santos, que sepan sacar de la riqueza del Evangelio las respuestas a los interrogantes del hombre de hoy: a la oscuridad de la duda, han de responder con la luz de la fe, extraída de la propia intimidad con Jesús; a la debilidad de la condición humana, con la fortaleza de los sacramentos; a la tristeza de la soledad, con la alegría de la reconciliación con el Padre.

Nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden. Para ser ordenado es preciso tener vocación. Quien cree reconocer las señales de la llamada de Dios al sacerdocio, debe someter su deseo a la autoridad de la Iglesia, a la cual corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento a quienes sean idóneos y estén dispuestos. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don inmerecido.

Cuando Jesús va a Nazaret y predica en la sinagoga, todos los allí presentes quedaron sorprendidos. Todos daban testimonio en favor de Él y se maravillaban de las palabras de gracia que procedían de su boca (Lc 4, 22). Pero poco después, al oír cosas que no le gustaron, todos en la sinagoga se llenaron de ira, le echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarle (Lc 4, 28-29). Y esto les puede pasar también a los sacerdotes. Ya avisó Nuestro Señor: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros (Jn 15, 18).

Los sacerdotes no pueden mutilar el mensaje de Cristo, ni rebajar las exigencias del Evangelio. Su predicación no es para halagar oídos, sino para transmitir el mensaje salvífico de Cristo en toda su integridad. Esto lleva consigo señalar lo que no está conforme con la doctrina cristiana. Por eso, y aunque no sea políticamente correcto, deben hablar de los novísimos, sin omitir la existencia del infierno; y decir con claridad que es aborto es un crimen horrendo que la Iglesia lo pena con la excomunión ipso facto; que el matrimonio instituido por Dios es entre un hombre y una mujer, con las propiedades esenciales de la unidad y de la indisolubilidad, y de otras cosas más que los oídos de algunos no quieren oír.

El anciano Simeón profetizó que Jesús sería signo de contradicción (Lc 2, 34). Éste es el destino de todos los verdaderos profetas destinados a denunciar los abusos y contradecir las apetencias de las masas. La vocación del profeta Jeremías prefigura perfectamente la trayectoria de la vida de Cristo.

No les tenga miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos. Mira, yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: Frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte (Jr 1, 17-19). En el Evangelio según san Lucas están una serie de bienaventuranzas y otra serie de imprecaciones. Nos fijamos en la última bienaventuranza: Bienaventurados cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Lc 6, 22-23).

En esta bienaventuranza se encierra una profunda verdad: el cristiano tiene que seguir el camino de Cristo y ese camino no transcurre entre alabanzas mundanas. El camino de Cristo fue de afrentas y el del cristiano -y por tanto, el de todo sacerdote- no puede ser de otro modo. Así lo escribió el apóstol san Pedro: Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre (1 P 4, 15-16).

Al principio del siglo XX, la Iglesia en Francia sufrió persecución por parte del gobierno francés. Entonces san Pío X consagró en la Basílica de San Pedro a catorce obispos franceses y los envió al encuentro de nuevas luchas y de nuevas tribulaciones, con estas palabras de inquebrantable fe y de inconfundible esperanza: No os he llamado para los honores y para la gloria, sino para las persecuciones y el calvario: os he llamado a una cruz y a una cruz grave y pesada. Envidio vuestra suerte. Desearía ir con vosotros para participar en vuestros dolores y en vuestras angustias, para estar a vuestro lado con la palabra de confortamiento divino. Mas, aunque lejos con el cuerpo, estaré siempre junto a vosotros con el espíritu y todos los días nos encontraremos en el Sacrificio divino de la Misa, ante el Sagrario, donde está la fuerza para el combate y los medios seguros para la victoria.

El 29 de abril de 2007, el papa Benedicto XVI ordenó de presbíteros a varios diáconos. En la homilía les dijo: Queridos ordenandos. A vosotros Jesús repite hoy: Ya no os llamo siervos, sino amigos. Aceptad y cultivad esta amistad divina con “amor eucarístico”. Que os acompañe María, Madre celestial de los sacerdotes. Ella, que al pie de la cruz se unió al sacrificio de su Hijo y, después de la resurrección, en el Cenáculo, recibió con los apóstoles y con los demás discípulos el don del Espíritu, os ayude a vosotros y a cada uno de nuestros queridos hermanos en el sacerdocio, a dejarnos transformar interiormente por la gracia de Dios. Y esto es lo ahora le pedimos a la Virgen: su compañía y ayuda en todos los momentos, especialmente en los más difíciles.

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