Dolores y gozos de san José


Estamos en la presencia de Dios, delante de Jesús Sacramentado para hacer un rato de oración. Y hoy vamos a fijarnos en san José para aprender de él, que se hizo santo sin dejar su humilde trabajo de artesano, como para recordarnos a todos que en eso consiste la santidad: en cumplir la voluntad de Dios en el sitio donde Él nos ha colocado, haciendo muy bien y con amor las cosas corrientes de cada día.

San José es el esposo castísimo de la Virgen María y el hombre justo que hizo las veces de padre de Jesús en la tierra. Nadie ha conocido y tratado tan de cerca a Jesús y a María como él. San José cumplió con fortaleza y cariño la misión que Dios le confió. Leemos en una de las homilías de san Josemaría Escrivá: Maestro de vida interior, trabajador empeñado en su tarea, servidor fiel de Dios en relación continua con Jesús: éste es José. Ite ad Ioseph. Con san José, el cristiano aprende lo que es ser de Dios y estar plenamente entre los hombres, santificando el mundo. Tratad a José y encontraréis a Jesús. Tratad a José y encontraréis a María, que llenó siempre de paz el amable taller de Nazaret (Es Cristo que pasa, n. 56).

Yo seré para él padre, y él será para mí hijo (2 S 7, 14). Estas palabras del Señor dichas a David aludiendo a la descendencia del rey bien pueden ponerse en boca de san José y referidas al descendiente de David por antonomasia -el Mesías-, ya que al esposo de la Virgen María le correspondió la paternidad legal de Jesús. Por las genealogías del Señor que aparecen en los Santos Evangelios se sabe que san José era de la familia de David.

La genealogía del Evangelio según san Mateo acaba con este versículo: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo (Mt 1, 16). El evangelista usa una fórmula completamente distinta de la aplicada a los demás personajes de la genealogía. Con el citado versículo enseña positivamente la concepción virginal de Jesús sin intervención de san José. La generación de Jesucristo fue así: estando desposada su madre María con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18).

La Iglesia, siguiendo una antigua costumbre, prepara la fiesta de san José, el día 19 de marzo, dedicando al Santo Patriarca los siete domingos anteriores a esa fiesta en recuerdo de los principales gozos y dolores de la vida de san José. En concreto, fue el papa Gregorio XVI quien fomentó la devoción de los siete domingos de san José, concediéndole muchas indulgencias; pero el beato Pío IX les dio actualidad perenne con su deseo de que se acudiera a san José, para aliviar la entonces aflictiva situación de la Iglesia universal.

La devoción a san José es relativamente reciente en la Iglesia, aunque siempre se le ha tenido por un gran santo. A lo largo de los siglos se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 39). San Juan XXIII incluyó el nombre de san José en el Canon romano de la Misa. Y el papa Francisco, en las otras tres plegarias eucarísticas.

Es conocida la devoción del Papa a san José. En una homilía dijo: Recuerdo a una persona que quiero mucho, y que es y ha sido muy importante a lo largo de mi vida. Ha sido sostén y fuente de inspiración. Es a él a quien recurro cuando estoy muy “apretado”: es san José. En la vida de José hubo situaciones difíciles de enfrentar. Me imagino a José con su esposa a punto de tener a su hijo, sin un techo, sin una casa, sin alojamiento. José era un hombre que no hizo preguntas, pero, sobre todo, era un hombre de fe. Y fue la fe lo que le permitió a José poder encontrar luz en ese momento que parecía todo a oscuras; fue la fe lo que lo sostuvo en las dificultades.

Una forma de vivir los Siete domingos de san José es considerar cada domingo un dolor y un gozo del Santo Patriarca. Estos domingos previos a la fiesta de san José nos tienen que servir para ahondar en la figura del Santo Patriarca. San José es Maestro de la vida interior, guía segurísimo para caminar con paso firme y rápido hacia el encuentro diario con Dios en todos los quehaceres terrenos, y luego, definitivamente, en la gloria del Cielo.

Vamos ahora a enumerar estos dolores y gozos con un breve comentario.

Primer dolor: Estando desposada su madre María con José, antes de vivir juntos se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18).

José y María vivían en Nazaret. María, la mujer llena de gracia, que tuvo la valentía de fiarse totalmente de la Palabra de Dios; José, el hombre fiel y justo que prefirió creer en Dios en lugar de escuchar las voces de la duda y del orgullo humano. Al darse cuenta del estado de buena esperanza de María, José, como era justo y no quería difamar a su esposa, pensó repudiarla en secreto (Mt 1, 19).

San José consideraba santa a su esposa a pesar de ver en Ella los signos de la maternidad. Por tanto se encontraba en una situación inexplicable para él. Tratando de actuar conforme a la voluntad de Dios se sentía obligado a repudiar a su esposa, pero con el fin de evitar la infamia pública de María, decidió dejarla privadamente. Y así recaería sobre él la infamia de haber abandonado sin motivo alguno a su esposa. El dolor tan inmenso que le supondría a san José esta separación. El amor que tenía a la Santísima Virgen era enorme: no hay esposo que haya amado tanto a su esposa.

Primer gozo: El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21). Cuál sería el gozo de José cuando el ángel le comunicó que el niño concebido por María era Hijo de Dios y el Mesías esperado. San José es el primer hombre que recibe esta declaración divina del hecho de la salvación, que se estaba ya realizando.

Segundo dolor: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn 1, 11). Ya la necesidad de tener que ir a Belén para empadronarse, estando la Virgen a punto de dar a luz, fue una contrariedad grande, pero mayor fue la de no encontrar alojamiento en Belén. No haber sitio para ellos en el mesón (Lc 2, 7) dice san Lucas escuetamente. Es de imaginar el dolor de san José que fue testigo ocular del nacimiento de Jesús, acaecido en condiciones humanamente humillantes, en pobreza total, en un lugar reservado para animales. Ese nacimiento fue el primer anuncio de aquel “anonadamiento” al que Cristo libremente consistió para redimir al género humano.

Segundo gozo: Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre (Lc 2, 16). Los ángeles anunciaron el nacimiento del Señor a los pastores. El gozo de san José de ser testigo de la adoración de los pastores, llegados al lugar del nacimiento después de que el ángel les había traído esta grande y gozosa nueva. Más tarde también fue testigo de la adoración de los Magos, venidos de Oriente. Si María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón (Lc 2, 19), lo mismo puede decirse de san José. También ante el misterio que estaba contemplando -Dios encarnado, hecho niño- glorificaba y alababa a Dios.

Tercer dolor: Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2, 21). La circuncisión era un rito instituido por Dios para señalar como con una marca y contraseña a los que pertenecían al pueblo elegido. Dios mandó la circuncisión a Abrahán como señal de la Alianza que establecía con él y con toda su descendencia, y prescribió que se realizase al octavo día del nacimiento. San José sufrió al ver la operación dolorosa sobre el cuerpo de Niño y la primera sangre que derramó, presagio de la que derramaría Jesús durante su Pasión y Muerte en la Cruz.

Tercer gozo: Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21). En la circuncisión, san José impone al Niño el nombre de Jesús. Este nombre es el único en el que se halla la salvación. Al Santo Patriarca le había sido revelado el significado de este nombre cuando el ángel le comunicó el misterio obrado en su esposa. Y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados (Mt 1, 21). El nombre de Jesús significa Salvador, y le fue impuesto al Niño no por disposición humana, sino para cumplir lo que el ángel había ordenado de parte de Dios a la Santísima Virgen y a san José.

Al imponer el nombre, san José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama también su misión salvadora. Y como padre, junto con María, tiene el inmenso gozo de convivir con Jesús y de servir de modelo para el niño Jesús, mientras éste crecía en sabiduría, edad y gracia. A san José le fue concedido no sólo ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo.

Cuarto dolor: Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto como signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2, 34-35). Cuando Jesús fue presentado en el Templo el anciano Simeón conoció por gracia especial de Dios que ese Niño era el Mesías prometido, la Consolación de Israel, la Luz de los pueblos. Y profetizó que Jesús, aunque ha venido para la salvación de todos los hombres, será sin embargo signo de contradicción, porque algunos se obstinarán en rechazarlo, y para éstos Jesús será su ruina. Para otros, en cambio, al aceptarlo con fe, Jesús será su salvación, librándolos del pecado en esta vida y resucitándolos para la vida eterna.

El dolor de saber que Jesús sería rechazarlo por algunos se hizo mayor cuando Simeón profetizó que el alma de María sería traspasada por una espada. Esta espada expresa la participación de la Virgen en los sufrimientos de su Hijo. La piedad cristiana ha visto en la profecía de Simeón –una espada te atravesará el alma (Lc 2, 15) las siete angustias que afligieron el corazón de la Virgen María en el drama de la Pasión de su Hijo: la primera, cuando lo vio crucificar; la segunda, durante su terrible agonía; la tercera, al verlo expirar; la cuarta, al presenciar el golpe de la lanzada; la quinta, en el descendimiento de la cruz; la sexta, al tenerlo después de muerto en sus brazos; y la séptima, en el acto de depositarlo en el sepulcro.

Cuarto gozo: Porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones (Lc 2, 30-31). San José sintió gozo cuando supo que los sufrimientos de Jesús salvarían al mundo. Simeón habla de los beneficios divinos que el Mesías trae a Israel y a todos los hombres. Sus palabras destacan el carácter universal de la Redención de Cristo, anunciada por muchos profetas del Antiguo Testamento. Cuánto se alegraría san José oyó el cántico de Simeón que indicaba a Jesús como la salvación preparada por Dios a la vista de todos los pueblos y luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo Israel.

Quinto dolor: El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2,13). Con ocasión de la venida de los Magos de Oriente, el rey Herodes supo del nacimiento del Rey de los judíos (Mt 2, 2) y decidió matarlo. Pero Dios no iba a permitir que aquel rey malvado matara a Jesús y avisó a san José del peligro que corría el Niño indicándole lo que debía hacer. Nueva contrariedad y dolor para el Santo Patriarca. Sin una sola queja hace lo que Dios le dice. Toda huida es dolorosa. San Juan Crisóstomo, a propósito de este pasaje, subraya la fidelidad y obediencia de san José. Al oír esto, Jono se escandalizó ni dijo:esto parece un enigma. Tú mismo me decías no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un largo desplazamiento… Pero nada de esto dice, porque José es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el ángel lo había dejado indeterminado, pues le había dicho: “Y estate allí hasta que yo te diga”. Sin embargo, no por eso quedó paralizado, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas con alegría.

Quinto gozo: Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2, 15). Estando en tierra extranjera, san José tuvo el gozo de estar siempre en compañía de Jesús y de María. También en Egipto cumplió perfectamente la misión que Dios le había confiado: el de ser custodio de María y Jesús. ¿Cómo ejerció José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

Sexto dolor: Él se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá (Mt 2, 21-22). La estancia de la Sagrada Familia en Egipto suponemos que no debió ser fácil. Era un país idolátrico. Estaban las falsas divinidades: Isis, Ra, Osiris, Horus, Mut, Thot, Amón… Quizás le resultó difícil a san José encontrar trabajo por ser emigrante. Al recibir el aviso del ángel de que podía volver a su tierra porque Herodes había muerto, se puso en camino, pero he aquí otra contrariedad que hizo que temiera por la suerte de Jesús. En lugar de Herodes reinaba Arquelao, igualmente de cruel y de ambicioso que su padre. Al volver san José de Egipto era ya conocido el comportamiento injusto del nuevo rey. Comenta san Josemaría Escrivá: En las diversas circunstancias de su vida, el Patriarca ni renuncia a pensar, ni hace dejación de su responsabilidad. Al contrario: coloca al servicio de la fe toda su experiencia hunana. Cuando vuelve de Egipto “oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá”. Ha aprendido a moverse dentro del plan divino y, como confirmación de que efectivamente Dios quiere eso que él entrevé, recibe la indicación de retirarse a Galilea (Es Cristo que pasa, n. 42).

Sexto gozo: Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno (Mt 2, 23). A san José el regreso a Nazaret le llenaría de gozo. En ese pueblo conoció a la Virgen María, y allí fueron sus desposorios con Ella. También a María se alegró de volver a Nazaret, pues allí donde tuvo lugar la Anunciación. Para los dos, Nazaret estaba llenos de buenos recuerdos. De nuevo vivirían allí, pero ahora con la compañía de Jesús. En el crecimiento humano de Jesús fue un constante motivo de alegría.

En Nazaret, Jesús estaba sujeto a la Virgen María y a san José, cumpliendo con perfección el cuarto mandamiento del Decálogo. Jesús obedece, y obedece a José y a María. Dios ha venido a la tierra para obedecer, y para obedecer a las criaturas. Son dos criaturas perfectísimas: Santa María, nuestra Madre, más que Ella sólo Dios; y aquel varón castísimo, José. Pero criaturas. Y Jesús, que es Dios, les obedecía. Hemos de amar a Dios, para así amar su voluntad y tener deseos de responder a las llamadas que nos dirige a través de las obligaciones de nuestra vida corriente: en los deberes de estado, en la profesión, en el trabajo, en la familia, en el trato social, en el propio sufrimiento y en el de los demás hombres, en la amistad, en el afán de realizar lo que es bueno y justo (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 17).

Séptimo dolor: Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca (Lc 2, 44-45). Cuando Jesús tenía doce años fue con sus padres a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres (Lc 2, 43). Dramático fue el momento en que san José se dio cuenta de que había perdido al Niño Jesús, al no encontrarlo en la caravana. Y la Virgen María y san José volvieron a Jerusalén en su busca de Jesús. Durante tres días angustiosos estuvieron buscando al Niño. Es de imaginar el dolor de los dos.

Séptimo gozo: Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas (Lc 2, 46). Cuál sería el gozo de Santa María y de san José al encontrar a Jesús. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos”. Y él les dijo: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?”. Pero ellos no comprendieron lo que les dijo (Lc 2, 48-50). La Virgen y san José se dieron cuenta de que la respuesta de Jesús entrañaba un sentido muy profundo que no llegaban a entender. Lo fueron comprendiendo a medida que los acontecimientos de la vida de Cristo se iban desarrollando. La fe de ambos esposos y su actitud de reverencia frente al Niño les llevaron a no preguntar más por entonces, y a meditar, como en otras ocasiones, las obras y palabras de Jesús.

¿Cómo era san José? Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. Sabemos que no era una persona rica: era un trabajador, como millones de otros hombres en todo el mundo; ejercía el oficio fatigoso y humilde que Dios había escogido para sí, al tomar nuestra carne y al querer vivir treinta años como uno más entre nosotros (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 40).

Hemos de tener una santa envidia a san José, y decirle que queremos vivir como él: muy pegados a Jesús, aprendiendo tantas cosas como aprendió de Él. Que nos enseñe a tratar al Señor y a la Santísima Virgen. San Josemaría Escrivá repetía que a Jesús se va por María; pues a María tantas veces se va por José. En cuanto tratamos a María y a José, ellos se encargan de llevarnos a Jesús. Así llegamos al centro de la Trinidad Beatísima, porque Jesús nos lleva al Padre y al Espíritu Santo. Tratando a san José vamos hasta la Santísima Trinidad. Todo lo que nos lleve a aumentar el trato con la Sagrada Familia va muy bien (Beato Álvaro del Portillo).

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