Homilía del quinto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C


Isaías, en su libro, narra su vocación profética. El relato comienza con una teofanía. Ve al Señor en su trono de gloria rodeado de serafines. Estos clamaban entre sí diciendo: “¡Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos! ¡llena está toda la tierra de su gloria! (Is 6, 3). Ante la santidad y majestad del Señor, el profeta siente su propia indignidad. ¡Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, y mis ojos han visto al Rey, al Señor de los ejércitos! (Is 6, 5). Esta sensación de temor es habitual en las apariciones de Dios a lo largo de la historia bíblica, incluso en el anuncio del ángel a Santa María. San Gabriel, conocedor de estos temores, dijo a la Virgen: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios (Lc 1, 30).

Cuando hay humildad, el hombre reconoce su indignidad e insignificancia ante Dios. Solamente entonces es posible el perdón, porque Dios perdona al hombre que se descubre pecador delante Él. Entonces voló hacia mí uno de los serafines portando una brasa que había tomado del altar con unas tenazas, tocó mi boca y dijo: “Mira: esto ha tocado tus labios, tu culpa ha sido quitada, y tu pecado perdonado” (Is 6, 6-7). Una vez purificado y consolado, el profeta oye la voz del Señor: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?” Y respondí: “Aquí estoy. Envíame a mí” (Is 6, 8). Ante esta disposición del profeta, el Señor le encarga la misión para la que ha sido elegido.

En las páginas de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, hay relatos del don de la vocación que Dios concede a ciertas personas. San Lucas cuenta la misión que el Señor le encomendó a san Pedro. Después de la pesca milagrosa, Simón Pedro, se arrojó a los pies Jesús, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). El Apóstol, ante los signos divinos que Jesús realiza, reacciona de forma parecida al profeta Isaías. Cuando dijo Pedro aquellas palabras, no era su deseo de que Cristo se apartara de él, sino que a causa de sus pecados, se declara indigno de estar cerca del Señor.

Entonces Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar” (Lc 5, 10). Estas palabras del Señor también están dirigidas a nosotros, discípulos del Señor en este siglo XXI. Es una llamada al apostolado, una invitación del divino Maestro para que llevemos otras almas a Él. Es significativo que Cristo se las dijera a san Pedro después de aquel milagro. Anteriormente, Cristo le había dicho a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5, 4). El Apóstol obedeció con fe, no sin antes manifestar que había estado faenando toda una noche sin pescar nada. Y se produjo el milagro: Recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían (Lc 5, 6).

Es posible que en la tarea apostólica encontremos dificultades. Sí, las hay. También los Apóstoles se encontraron con ellas para anunciar el Evangelio a una sociedad pagana, plena de costumbres degradantes. Sin embargo, confiados en el poder de Dios, cristianizaron al mundo de su tiempo. Seamos optimistas, porque cuando el Señor nos manda a pescar hombres en el inmenso océano del mundo, nos facilita siempre los medios oportunos: una gracia capaz de superar todos los obstáculos.

No olvidemos que las condiciones de la pesca milagrosa no eran las más propicias, pero Simón Pedro y sus otros compañeros pusieron su confianza en el Señor: Sobre tu palabra echaré las redes (Lc 5, 5). Tengamos fe en el poder Dios y veremos, como los Apóstoles, las redes llenas de peces. Y a Cristo en la orilla, porque la pesca es suya.

San Lucas comienza el relato de la pesca milagrosa después referirse a la predicación de Jesús junto al lago de Genesaret. Estaba Jesús junto al lago de Genesaret y la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la Palabra de Dios (Lc 5, 1). Al ver el Señor dos barcas en la orilla, se subió a una -la de Simón-, y, después de apartarla un poco de tierra, sentado en la barca enseñaba a las muchedumbres. Los Santos Padres han visto en esta barca de Pedro a la que el Señor sube, una imagen de la Iglesia. Es de destacar que aquellas gentes se agolpaban alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, pues la enseñanza del Maestro saciaba sus inquietudes espirituales. La escena tiene actualidad, porque también en nuestros días las gentes están deseando oír el mensaje de Dios. Y Cristo continúa enseñando desde la Iglesia -barca de Pedro- a todas las gentes.

Antes de su Ascensión al Cielo, Jesús dijo a sus discípulos: Enseñad a todas las gentes a observar todo cuanto yo os he mandado (Mt 28, 19). Los Apóstoles cumplieron aquel mandato del Señor, predicando el Evangelio por todas las partes. Y dando a conocer los hechos de la vida de Jesús y sus enseñanzas consiguieron que la pesca de hombres fuera abundante, tan milagrosa como la pesca de peces. Y nosotros también hemos de anunciar a Cristo ante el mundo con convicción profunda. Ésta es la buena noticia, en cierto sentido única: la Iglesia vive por ella y para ella, así saca de ella todo lo que tiene para ofrecer a los hombres.

¿Por qué Cristo desea introducirse en la vida de los cristianos, en nuestras vidas? Porque quiere servirse de nosotros para llevar a cabo un gran pesca de almas en todos los momentos de la historia. Para esta pesca debemos echar las redes, que no es otra cosa que hablar de Cristo y transmitir sus enseñanzas. Porque Jesús es como el Camino del hombre: no un camino, sino el Camino. Así lo dijo Él: Yo soy el camino (Jn 14, 6). ¿El camino hacia dónde? Hacia el Padre. Jesús es el camino abierto delante de todo hombre para encontrarse con Dios. Jesús es nuestro camino. Nos acompaña, como lo hizo con los discípulos de Emaús. Nos muestra el sentido de nuestro caminar. Nos reconduce cuando erramos el camino. Nos levanta cuando nos caemos. Nos espera al final del camino, cuando llegue el momento del reposo y del gozo (San Juan Pablo II).

En tiempos relativamente recientes, algunos han distinguido entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. Según estos herejes modernos, existió un hombre llamado Jesús, muy bueno y que dio un ejemplo maravilloso, pero solamente era hombre, y que después de su muerte, sus discípulos mitificaron su figura diciendo que era Dios encarnado. Este Jesús mitificado -dicen- es el “Cristo de la fe”, el que predica la Iglesia, distinto a Jesús de Nazaret de la historia. Salió al paso de este error san Juan Pablo II, diciendo: Es contrario a la fe cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo. San Juan afirma claramente que el Verbo, que “estaba en el principio con Dios” (Jn 1, 2), es el mismo que “se hizo carne” (Jn 1, 14). Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable: no se puede separar a Jesús de Cristo, ni hablar de un Jesús de la historia, que sería distinto del Cristo de la fe. La Iglesia conoce y confiesa a Jesús como el Cristo, “el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). Cristo no es sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.

El apostolado debe estar siempre centrado en la figura de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. E igualmente, toda la catequesis debe girar cada vez más en torno a la Persona de nuestro Señor. Para esto, en primer lugar hay que meterse a fondo en el Evangelio para poder transmitir con más luminosidad la gran noticia del amor de Dios por cada ser humano. Decía san Ambrosio: Recoge el agua de Cristo. Llena de este agua tu interior, para que tu tierra quede bien humedecida; y una vez lleno, regarás a los demás. En los Santos Evangelios hay bastantes pasajes en los que se manifiesta la humanidad de Jesucristo, y también otros en los que queda patente su divinidad. La Resurrección del Señor constituye el argumento supremo de la divinidad de Jesús. El mismo Cristo la había anunciado en numerosas ocasiones, y al resucitar cumple la señal que había prometido dar a los incrédulos.

La importancia de este hecho milagroso es tan grande que los Apóstoles son, sobre todo, testigos de la Resurrección de Jesús, y el anuncio de la Resurrección del Señor constituye el núcleo de la catequesis apostólica. San Pablo, en la Epístola I a los Corintios, recuerda algunos puntos fundamentales de su predicación. Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que recibisteis, en el que os mantenéis firmes, y por el cual sois salvados, si lo guardáis tal como os lo anuncié. ¡Y si no, habéis creído en vano! Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras (1 Co 15, 1-4).

Fue sepultado. El hecho de la sepultura borra cualquier duda sobre la certeza de la muerte del Señor, y hace más patente el milagro de su Resurrección: Jesucristo resucita por su propio poder, uniendo de su nuevo su Alma a su Cuerpo, y abandonando el sepulcro con el mismo cuerpo humano -no una apariencia- que murió y fue sepultado, si bien ahora ese cuerpo está glorificado y tiene unas propiedades especiales.

Cristo resucitado fue visto por muchas personas, como escribe el Apóstol de los gentiles a los fieles de Corinto, pero también en los Santos Evangelios y en los Hechos de los apóstoles se habla de apariciones del Resucitado. Fue visto es el verbo que emplea san Pablo al hablar de las apariciones, para recalcar que la visión fue con los ojos, es decir, una visión real, ocular, bien distinta de las visiones imaginarias e intelectuales. La Resurrección del Señor, la mayor prueba de su divinidad, fue un acontecimiento físico objetivo, constatado por las apariciones y por el hecho de que el sepulcro fue encontrado vacío a primeras horas del domingo por María Magdalena y otras mujeres y por los apóstoles Pedro y Juan.

Fue visto por Cefas, y después por los doce. Posteriormente se dejó ver por más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía y algunos ya han muerto. Luego le vio Santiago, y después todos los apóstoles. Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció también a mí (1 Co 15, 5-9).

San Pablo, en su humildad, al igual que Isaías (hombre de labios impuros, según sus propias palabras) y Pedro (un hombre pecador, como le dijo a Jesús), se consideraba indigno de la gracia de ser llamado apóstol por sus culpas pasadas. Pero el instrumento escogido por el Señor para el anuncio del Evangelio a los gentiles cumple su misión. Él bien sabe que la eficacia de su apostolado viene de Dios. Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que se medio no resultó vana. Al contrario, he trabajado más que todos ellos (los Apóstoles); pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo (1 Co 15, 10). San Agustín, comentando estas últimas palabras señala: Es decir, no sólo yo, sino Dios conmigo; y por ello, ni la gracia de Dios sola, ni él solo, sino la gracia de Dios con él. En el apostolado está la gracia de Dios, que sola no basta. Es necesaria la colaboración del hombre, porque Dios ha querido contar con nuestra libre correspondencia. De forma sencilla expresó esta idea santa Teresa del Niño Jesús: Dios no necesita de nadie para plasmar su obra de santificación, pero, así como se sirve de un hábil jardinero para hacer brotar plantas raras y delicadas, concediéndole los conocimientos útiles al caso, reservándose la labor de fecundizarlas, así quiere verse ayudado en este plantío de las almas.

Por consiguiente, tanto ellos (los Apóstoles) como yo esto es lo que predicamos y esto lo que habéis creído (1 Co 15, 11). Si consideramos a la luz de la fe todo lo ocurrido en nuestra vida, sale de lo más profundo de nuestro ser el ser agradecido a Dios. Entre los dones recibidos destacan la vida y la fe. Agradecimiento a Dios, pero también a los Apóstoles y a todos los que nos han transmitido la fe, especialmente a nuestros padres. Y pensemos en el futuro. Es preciso soñar con nuevas pescas milagrosas. Las palabras dirigidas a los Apóstoles a orillas del mar de Tiberíades son también para nosotros una invitación del divino Maestro para que llevemos otras almas a Él, siendo pescadores de hombres. Y con la misma decisión de Simón y sus compañeros iremos -vamos ya- por los caminos de este mundo -hoy tan llenos de falsos profetas- para dar a conocer la doctrina y la vida de Jesucristo, mediante un apostolado personal que descubra a las almas los horizontes maravillosos del mundo sobrenatural.

Contamos con la ayuda de Santa María, Madre de Dios encarnado, para esta tarea del anuncio del Evangelio, de mostrar en la sociedad de nuestros días a Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

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