Conferencias cuaresmales. Tema 1


Meditación introductoria a las conferencias cuaresmales

En el año 2000 un obispo vietnamita, monseñor Van Thuân, predicó los ejercicios espirituales al papa san Juan Pablo II y a los miembros de la Curia romana. Este obispo estuvo durante trece años encerrado en las cárceles vietnamitas. Nueve de ellos, los pasó en régimen de aislamiento. Una vez liberado, fue obligado a abandonar Vietnam a donde no ha podido volver, ni siquiera para ver a su anciana madre. El tema de las meditaciones que eligió para predicar al Papa fue Testigos de la esperanza.

En su primera meditación dijo: Estos días de ejercicios son un tiempo propicio para cantar nuestra gratitud al Señor pues “su misericordia es eterna”. “Levanta del polvo al indigente y de la inmundicia al pobre para que se siente entre los príncipes de su pueblo”. No hemos sido escogidos a causa de nuestros méritos, sino sólo por su misericordia. “Te he amado con un amor eterno, dice el Señor”. Ésta es nuestra seguridad. Éste es nuestro orgullo: la conciencia de ser llamados y escogidos por amor.

En esta meditación introductoria, también cada uno de nosotros debemos agradecer a Dios esta misericordia suya de estar unos días considerando la llamada que Dios nos ha hecho, que es nuestra vocación cristiana. Y llenos de confianza, pues el Señor, con su gracia, nos levantará del polvo, nos concederá la gracia de la conversión. Sí, conversión, pues todos la necesitamos. Ya sea para salir del pecado recuperando, por tanto, la amistad con Dios; o bien, para dejar un estado de tibieza incompatible con las exigencias evangélicas y decidirse a corresponder con plenitud a la gracia recibida en el Bautismo. Pero también una persona que está procurando seguir muy de cerca los pasos del Señor necesita la conversión. En este caso, la conversión es el paso del bien a un mayor bien. Y siempre es elevarnos de las cosas de abajo, terrenas, a las de arriba, celestiales.

Que en estos días de curso de retiro no dejen de sonar en nuestros oídos la invitación con la que el Señor comenzó su ministerio público: el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1, 15).

Jesús de Nazaret, el hombre de la cruz, es el Hijo de Dios que llama a la conversión, esto es, al cambio radical de la existencia por medio de un comportamiento nuevo que nace de querer compartir todo con Él (San Juan Pablo II). Pero la conversión no se reduce a un buen propósito de enmienda, sino que es necesario cumplirlo, aunque nos cueste. La gracia que Dios da en estos días arrancará de nuestra alma todo lo que se había hecho caduco y viejo, y los obstáculos para ir al paso de Dios: pereza, soberbia, tibieza, sensualidad, afán desordenado de riquezas…

Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: “No he venido a llamar a justos sino a pecadores”. Les invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su Padre hacia ellos y la inmensa “alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. La prueba suprema de este amor será el sacrificio de su propia vida “para remisión de los pecados” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 545).

Para que la conversión se produzca hay que tener un encuentro con el Señor. En los Santos Evangelios se hace referencia a varios encuentros de Jesús con diversas personas. San Juan nos habla de aquella conversación de Nicodemo con el Maestro: Había entre los fariseos un hombre, llamado Nicodemo, judío influyente, que vino de noche a Jesús… Y el evangelista narra el diálogo entrañable entre Cristo y Nicodemo. Éste muestra una gran delicadeza: se dirige a Jesús con respeto y le llama Maestro.

Nicodemo va al encuentro con Cristo. De noche. Sin prisas. Con miedo y temor a los judíos, lo que indica que tuvo vencer alguna que otra dificultad, quizá un poco de respeto humano. Pero valía la pena. Salió transformado. Desde aquel momento su vida tiene sentido: Cristo. El mismo san Juan nos dice que defendió a Jesús cuando los fariseos quieren condenarlo de forma totalmente injusta. Les dijo Nicodemo, el que había ido antes a Él, que era uno de ellos: ¿Acaso nuestra Ley condena a un hombre antes de oírle y sin averiguar lo que hizo? (Jn 7, 50).

También san Juan narra el primer encuentro de Andrés y Juan con Cristo. Al día siguiente, otra vez hallándose Juan con dos de sus discípulos, fijó la vista en Jesús, que pasaba, y dijo: He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos, que le oyeron, siguieron a Jesús. Se volvió Jesús a ellos, viendo que le seguían, y les dijo: ¿Qué buscáis? Dijéronle ellos: Rabbí, que quiere decir Maestro, ¿dónde moras? Fueron, pues, y vieron dónde moraba y permanecieron con Él aquel día. Era como la hora décima (Jn 1, 35-39). De aquel encuentro, salieron siendo ya apóstoles del Señor.

Los días de ejercicios espirituales son días de encuentro con el Señor. Pero continuemos con el Evangelio. Ahora es san Lucas quien nos describe otro encuentro. Esta vez la iniciativa parte del mismo Cristo. Entrando, atravesó Jericó. Había allí un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico (Lc 19, 1). Zaqueo había oído hablar de Cristo, del nuevo profeta surgido de Galilea. Se entera que Jesús pasa por Jericó, su ciudad. Es su oportunidad. Quizá no se presente otra ocasión para conocer a Jesús. Y decide aprovechar aquella oportunidad. Pero surgen dificultades: hay demasiada gente y él es bajo de estatura. No se echa atrás. Pone los medios. Se sube a un sicómoro. Vence los respetos humanos. Y consigue mucho más de los que pretendía. Quería ver a Jesús solamente. Y he aquí que Nuestro Señor le llama. Se mete en su vida. Se produjo la conversión. Zaqueo se convierte. Es generoso y dice sí a Dios, correspondiendo a la gracia. Hizo buenos propósitos. Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo cuatro veces más (Lc 19, 8).

Tres encuentros, tres casos diferentes. Nicodemo es el prototipo del cristiano que cumple, pero con muchos respetos humanos, con miedo al que dirán. Andrés y Juan son dos personas piadosas a las que Dios les pide más. Zaqueo es un pecador. Todos salen cambiados, transformados para el bien después de estar con Cristo. Hemos venido aquí a tener un encuentro con el Señor. Si correspondemos a la gracia saldremos con deseos de ser auténticos cristianos, discípulos del Maestro, dispuestos a cristianizar de nuevo la sociedad, a extender el Reino de Dios por todos los rincones de la tierra, a ser santos de verdad.

Estos días de retiro constituyen un momento particular de la gracia de Dios para nosotros. Son un regalo que nos ha preparado el Señor y Maestro. Nos resultan completamente indispensables. En medio de los muchos trabajos, de los importantes deberes que nos ocupan, todos nosotros apreciamos de un modo particular estos retiros que nos permiten atender exclusivamente a los problemas más esenciales, y aplicar -en cierto sentido- a todas las demás cosas de que se compone nuestra vida cotidiana la más profunda medida que es el mismo Cristo (San Juan Pablo II).

Con una imagen gráfica, repleta de contenido, san Josemaría Escrivá decía que asistir al curso de retiro es como ir al médico divino, para hacer un repaso -un reconocimiento- y ver cómo estamos. En otras ocasiones, recurriendo al ejemplo del automóvil que necesita llenar al cabo de unos cuantos kilómetros el depósito de gasolina en una estación de servicio, recordaba que al curso de retiro se va para cargar el alma de amor de Dios y de deseos de santidad.

Durante el curso de retiro vamos a pretender acercarnos más a Dios. Queremos que el Señor penetre con su luz, con su presencia y con su gracia hasta lo más íntimo de nuestro corazón. Le salimos al paso y deseamos encontrarnos con Él en estos días. Queremos vivir este encuentro en lo profundo de todo nuestro ser humano, empapado en todo momento de la presencia divina.

Días de silencio y de gracia intensa… Oración cara a cara con Dios (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 179). Conveniencia del silencio para oír la voz de Dios. Hablar con Dios, y considerar en su presencia lo que es nuestra vida. Días de examen para ver cuantos rincones de tu alma están aún sin limpiar. Examinarse con valentía para poner al descubierto todo lo que hay en nuestra alma: lo bueno, lo menos bueno y lo malo.

Comenzamos el curso de retiro pidiendo luz al Señor para esta labor de examen: Emitte lucem tuam et veritatem tuam (Ps 42, 3). Sinceridad en el examen. Pero en el curso de retiro debemos mirar hacia adelante. La vida pasada, pasada está si nos hemos arrepentido de los pecados y errores cometidos, acudiendo al sacramento de la Penitencia para confesar nuestras culpas. Ahora, una vez que Dios nos ha perdonado, hay que concretar propósitos de mejora.

Propósitos. No muchos, mas bien pocos, pero concretos. Concreta. -Que no sean tus propósitos luces de bengala que brillan un instante para dejar como realidad amarga un palitroque negro e inútil que se tira con desprecio (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 247).

Acudimos a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra. Su ayuda nos es necesaria para que durante estos días de retiro vayamos adquiriendo mayor pureza interior, más finura de espíritu, y para que salgamos con ansias de santidad.

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