Conferencias cuaresmales. Tema 2


Creación y elevación del hombre

En el principio, Dios creó el cielo y la tierra (Gn 1,1). Con estas palabras solemnes comienza la Sagrada Escritura. El Símbolo de la fe las recoge confesando a Dios Padre Todopoderoso como el Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Es lógico que comencemos estos días de retiro hablando de la creación, pues es el fundamento de todos los designios salvíficos de Dios, el comienzo de la historia de la salvación que culmina en Cristo.

La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explícita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los hombres de todos los tiempos se han formulado: “¿De dónde venimos?” “¿A dónde vamos?” “¿Cuál es nuestro origen?” “¿Cuál es nuestro fin?” “¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?” Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 282).

En el principio, Dios creó el cielo y la tierra: tres cosas se afirman en estas primeras palabras de la Escritura: el Dios eterno ha dado principio a todo lo que existe fuera de Él. Sólo Él es creador. La totalidad de lo que existe depende de Aquél que le da el ser.

Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: El mundo ha sido creado para la gloria de Dios. Dios ha creado todas las cosas, explica san Buenaventura, no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla. Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas (Santo Tomás de Aquino). Y el Magisterio de la Iglesia afirma: En su bondad y por su fuerza todopoderosa, no para aumentar su bienaventuranza, ni para adquirir su perfección, sino para manifestarla por los bienes que otorga a sus criaturas, el solo verdadero Dios, en su libérrimo designio, en el comienzo del tiempo, creó de la nada a la vez una y otra criatura, la espiritual y la corporal (Concilio Vaticano I).

El mundo salió bueno de las manos de Dios. El autor sagrado, al terminar la narración de lo que Dios ha creado cada día, dice: Y vio Yavé que era bueno. El sexto día, después de haber creado todos los seres, Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó (Gn 1, 27). Y la narración del día sexto acaba: Y vio Yavé que era muy bueno lo que había hecho.

El hombre ocupa un lugar único en la creación: Está hecho a imagen de Dios; en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material; es creado hombre y mujer; Dios lo estableció en amistad con Él. De todas las criaturas visibles sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma; sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad.

Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse a sí mismo, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 357).

Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación. Toda nuestra existencia debe ser un caminar hacia Dios. Me viene ahora a la memoria una anécdota que oí hace tiempo. Se trata de un mozo de estación que iba golpeando las ruedas de los vagones con un martillo, como solía ocurrir cuando los trenes se paraban en las estaciones. Un pasajero al verle, le preguntó: ¿Desde cuándo viene haciendo eso? Y la respuesta: Desde hace veinte años. El viajero pregunta de nuevo: ¿Y para qué lo hace? El mozo responde: No tengo ni idea. Desgraciadamente hay muchas personas que no saben para qué han sido creados.

Que haya lumbreras en el firmamento del cielo para alumbrar la tierra (Gn 1, 15). Los astros y la creación entera mueven al hombre a reconocer la grandeza de Dios, y a alabarle por sus obras magníficas: Los cielos narran la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos… (Sal 19, 1). La Iglesia, iluminada por las palabras del Maestro, cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser “alabanza de la gloria” de Dios, haciendo así que cada una de sus acciones refleje su esplendor (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 10).

Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 783). Con la gloria de Dios va íntimamente ligada la felicidad de las criaturas. En efecto, en cuanto el hombre glorifica a Dios, se aumentan sus méritos y su felicidad. Viceversa, Dios da tantas más pruebas de su bondad y tanto más aumenta su gloria cuanto mayores son los bienes que concede al hombre.

La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado. Hacer de nosotros hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia (Ef 1, 5-6).

Somos criaturas de Dios, pero además somos hijos de Dios. Dios quiso que el misterio de nuestra filiación divina nos fuese revelado con toda claridad dándonos a Cristo, su Hijo hecho hombre. Él es el Camino para ir al Padre, porque por su Humanidad Santísima nos introduce en su Filiación al Padre. El Verbo se encarnó para hacernos partícipes de la naturaleza divina: “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (San Irineo). “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (San Atanasio). “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Santo Tomás de Aquino).

Leemos en el prólogo del Evangelio de san Juan: El Verbo vino a los suyos, y los suyos no le recibieron; pero a todos los que le recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios: a los que creen en su nombre (Jn 1, 11). Jesucristo nos enseña a tratar a Dios como Padre: Vosotros, pues habéis de orar así: Padre nuestro que estás en los cielos (Mt 6, 9).

La filiación divina es la gran revelación de Jesucristo a los hombres: Dios es un Padre que ama infinitamente a sus criaturas. Nuestra filiación es la participación de la filiación de Cristo. Jesucristo es el Hijo por naturaleza; nosotros por adopción; pero somos verdaderamente hijos. Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoce a Él. Carísimos, ahora somos hijos de Dios (1 Jn 3, 1-2).

En Jesucristo Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca. La encarnación del Hijo de Dios testimonia que Dios busca al hombre (…) Es una búsqueda que nace de lo íntimo de Dios, y tiene su punto culminante en la encarnación del Verbo. Si Dios va en busca del hombre, creado a su imagen y semejanza, lo hace porque lo ama eternamente en el Verbo y en Cristo lo quiere elevar a la dignidad de hijo adoptivo. Por tanto Dios busca al hombre, pues es su propiedad particular de un modo diverso de como lo es cada una de las otras criaturas. Es propiedad de Dios por una elección de amor: Dios busca al hombre movido por su corazón de Padre (San Juan Pablo II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente).

Llamamos a Dios Padre. De Él procede toda paternidad. San Josemaría Escrivá, en un curso de retiro que hizo en el año 1932 escribió en sus apuntes: Dios es mi Padre. Y no salgo de esta consideración (…). Yo soy de Dios… Y Dios es para mí.

Un Padre que en su infinita misericordia se ha inclinado sobre la miseria del hombre, que nos ha dado a Jesús, su Hijo, nacido de mujer, para que fuera nuestro salvador y amigo, hermano y redentor. Un Padre que está pendiente de todos sus hijos. Por eso Jesucristo nos pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?… Y sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura (Mt 6, 31-32)

Confianza en Dios. Sin la ayuda de Dios no podemos nada, pero con la gracia divina lo podemos todo. Mantened en todas las circunstancias este complejo de superioridad, que se fundamenta en la omnipotencia de Dios y en sabernos hijos suyos. Tú eres hijo de Dios: sabes que tu Padre lo puede todo, que es el Creador del cielo y de la tierra (Beato Álvaro del Portillo).

Trato filial con Dios, con la confianza con que un hijo trata a su padre, pero también hablar mucho de él, dándole a conocer, para que sea amado por sus criaturas. Muchas personas todavía no conocen a Dios o se han formado de Él una idea equivocada. Unos se imaginan un Dios celoso del cumplimiento de la ley, siempre pronto al castigo, o un Dios al que se acude sólo en caso de necesidad; otros piensan en un Dios encerrado en su propia felicidad, muy lejos de las penas y angustias de los hombres (Javier Echevarría). Se equivocan, pues Dios es un Padre amoroso, lleno de ternura. Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 267).

Jesucristo, en la parábola del hijo pródigo, describe en la figura del padre de aquel joven la bondad de Dios. Y ahora le pedimos a Dios el retorno a la casa paterna de los hijos pródigos de nuestros días, donde Dios Padre, lleno de amor, espera a los hijos descarriados, donde nos espera a todos, pues todos somos pecadores necesitados de misericordia. Todos debemos acudir al Padre como el hijo pródigo, lleno de contrición y arrepentimiento por nuestros pecados.

Padre omnipotente, haz que tus hijos sientan que en su caminar hacia ti, meta última del hombre, los acompaña bondadosa la Virgen María, icono del amor puro, elegida por ti para ser Madre de Cristo y de la Iglesia.

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