Homilía del primer domingo de Cuaresma. Ciclo C


Después de ser bautizado por Juan el Bautista, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo. No comió nada en estos días y, al cabo de ellos, tuvo hambre (Lc 4, 1-2). Antes de comenzar su obra mesiánica, y por tanto, de promulgar la Nueva Ley -la Ley evangélica o Nuevo Testamento- el Señor se prepara con la oración y el ayuno en el desierto. Moisés había procedido de modo semejante antes de promulgar, en nombre de Dios, la Antigua Ley del Sinaí. También Elías caminó cuarenta días en el desierto para llevar a cabo su misión de hacer renovar el cumplimiento de la Ley.

La Iglesia se une todos años, durante los cuarenta días de Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto; y siguiendo los pasos del Señor establece durante este tiempo cuaresmal el ayuno, que hemos de vivir con espíritu de piedad y de penitencia. Se puede decir que Cristo introdujo la tradición del ayuno de cuarenta días en el año litúrgico de la Iglesia, porque Él mismo “ayunó cuarenta días y cuarenta noches” antes de comenzar a enseñar. Con este ayuno cuaresmal la Iglesia, en cierto modo, está llamada a seguir a su Maestro y Señor si quiere predicar eficazmente su Evangelio (San Juan Pablo II).

El retiro de Jesús en el desierto nos invita a prepararnos con la oración y la penitencia antes de emprender cualquier actividad o decisión importante en nuestra vida, y nos recuerda que debemos acercarnos al Señor mediante una oración más continua y una penitencia más intensa. La oración es la fuerza del cristiano y de cada creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él. Y la penitencia, el ayuno, comporta la elección de una vida sobria, en su estilo; una vida que no derrocha.

El ayuno no sólo se refiere a la comida. En un sermón, san Bernardo decía: Ayunen los ojos de toda mirada curiosa… Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma… Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles… Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas; pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios.

Podemos ver un campo inmenso a la hora de examinarnos sobre el ayuno, la templanza, la sobriedad. En primer lugar veamos si somos sobrios en la comida y en la bebida. Y después, sobre el uso de internet, de los móviles y tabletas, del tiempo que dedicamos a la televisión o en leer la prensa o en ver retransmisiones deportivas. Quizás nos pueda ayudar en anotar las horas o el tiempo que empleamos al mes en ver partidos de fútbol o de tenis, carreras de motos y de fórmula 1, películas y series televisivas, en oír música, en practicar deporte. No son cosas prohibidas; es más, hay que hacer deporte y estar enterados de lo que ocurre en el mundo; descansar viendo una buena película, seguir los acontecimientos deportivos…, pero una persona entregada a Dios que no se privara algunas veces de ver algunos de estos eventos televisados, poca o nula entrega tiene. Y una vez anotadas esas horas, con sinceridad con uno mismo y en la presencia de Dios, ver si no nos hemos pasado tres pueblos, por emplear una expresión que últimamente se utiliza para designar algo que es exagerado. Dice el refrán: Las cosas claras y el chocolate espeso. Y es lo que le dijo un vicario a un sacerdote: Tú confundes la pastoral juvenil con irte a tomar cervezas con los jóvenes.

San Lucas narra las tentaciones de Jesús así: Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya”. Jesús le respondió: Está escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto”. Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios” (Lc 4, 3-12).

Todos los personajes más importantes de la Historia Sagrada fueron tentados: nuestros primeros padres (Adán y Eva), Abrahán, Moisés, David, el mismo pueblo elegido. Y también Jesucristo. Su actitud tajante ante las tentaciones de Satanás es una lección para nosotros. Él rechaza decididamente todas las tentaciones y ratifica la firme voluntad de seguir la senda establecida por el Padre, sin compromiso alguno con el pecado y con la lógica del mundo. El papa Francisco hace la siguiente consideración: Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, porque es muy astuto. Por ello, Jesús, en lugar de dialogar como había hecho Eva, elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará.

El diablo quiso engañar al Señor con falsas esperanzas mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de convertir las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de tirarse desde el punto más alto del templo de Jerusalén y hacer que los ángeles le salven; y, por último, el atajo del poder y del dominio, a cambio de un acto de adoración a Satanás. Son tres grupos de tentaciones, también nosotros las conocemos bien.

La vida de Jesús fue una lucha: Él vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio. Sintió en su vida las tentaciones y también las persecuciones. También nosotros cristianos somos tentados, objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. Lo explica Benedicto XVI: La serpiente intenta continuamente hacer creer a los hombres que Dios debe desaparecer, para que ellos puedan llegar a ser grandes; que obstaculiza nuestra libertad y que por eso debemos desembarazarnos de Él. Todos los hombres experimentamos la fuerza y la insistencia del tentador, que nos inducen a perder la confianza en Dios y a hacer caso omiso de sus preceptos; pero, al mismo tiempo, si luchamos para no caer en la tentación, Dios nos ayuda con su gracia a vencer.

No debemos acercarnos al diablo ni dialogar con él. Es peligroso porque sabe seducir. Se disfraza de ángel de luz, pero es un ángel de sombra, un ángel de muerte. Si no dialogamos con el tentador, no pasa nada. El diablo es como un perro rabioso encadenado, que sólo muerde a quien se acerca a él aunque sea para hacerle una caricia. Acercarse al diablo sería, por ejemplo, leer un libro inmoral o herético, navegar en internet por páginas poco recomendables desde el punto de vista moral, frecuentar malas amistades que incitan a pecar, ver programas de televisión o películas con escenas de sexo explícito, asociarse con otros que llevan un negocio oscuro…, y un etcétera que tiende al infinito.

El pueblo israelita, durante la esclavitud que padecía en Egipto, acudió a Dios. Y Dios escuchó su petición. Leemos en el Deuteromonio: Nosotros clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y tenso brazo en medio de gran terror, señales y prodigios. Nos trajo aquí y nos dio esta tierra, tierra que mana leche y miel (Dt 26, 7-9). Y el libro del Éxodo narra la experiencia del pueblo de Israel que, habiendo salido de Egipto, peregrinó por el desierto del Sinaí durante cuarenta años antes de llegar a la tierra prometida. A lo largo de aquel largo viaje, los judíos experimentaron toda la fuerza y la insistencia del tentador, que los inducían a perder la confianza en el Señor y a volver a atrás; pero, al mismo tiempo, gracias a la mediación de Moisés, aprendieron a escuchar la voz de Dios, que los invitaba a convertirse en su pueblo santo. Dios, por medio de Moisés, ordenó a su pueblo: El sacerdote tomará de tu mano la cesta y la depositará ante el altar del Señor, tu Dios. Las depositarás ante el Señor, tu Dios y te postrarás ante el Señor tu Dios (Dt 26, 4.10).

La tentación de la idolatría estuvo presente durante la peregrinación de los israelitas por el desierto. También diablo tentó a Jesucristo para que cayera en la idolatría, diciéndole: si me adoras… Hoy día también Satanás tienta con este pecado. La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátase de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2113).

Pidamos también nosotros a Dios que nos ayude con su gracia para que no caigamos en el momento de la tentación. Él siempre oye nuestra súplica. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará (Rm 10, 13). Y como Dios está de nuestra parte, la victoria es segura. Sólo en Jesucristo está la salvación. Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se confiesa para conseguir la salvación (Rm 10, 9-10).

En una de las tentaciones que tuvo santa Catalina de Siena, esta gran santa empezó a luchar acudiendo al Señor para vencer la tentación. Pero la tentación no cedía sino que cada vez era más fuerte. La santa se esforzaba más en luchar y en insistir al Señor para que no la dejara sola en aquellos momentos. La tentación arreciaba y el Señor parecía no oír a la santa. Al final salió victoriosa santa Catalina. Después, en una de las conversaciones que la santa tenía con el Señor, le preguntó que dónde se había metido cuando le estaba llamando, ya que no había recibido ninguna respuesta. El Señor le respondió: Estaba dentro de ti viendo como luchabas.

También acudiremos a la Virgen cuando seamos tentados. Iremos donde la madre, como los niños cuando se ven amenazados por algún peligro, tienen pesadillas o sienten miedo. Iremos a la Virgen, que Madre nuestra es. Ella siempre nos protegerá. Con su ayuda, en todas las batallas que nos presente el demonio, venceremos.

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