Conferencias cuaresmales. Tema 5


Tibieza

Al ángel de la Iglesia de Laodicea escribe: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios. Conozco tus palabras y que no eres frío ni caliente. Ojalá fuera frío o caliente; mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca (Ap 3, 14-16).

Es una frase de la Escritura fuerte. A los tibios, según hemos leído, Dios los vomitará de su boca.

La tibieza es una enfermedad de la vida espiritual, y como toda enfermedad, si no se cura, lleva a la muerte.

La tibieza lleva consigo una profunda tristeza, porque el tibio es un hombre que en sus obras no está ni con Dios, ni con el mundo. Quiere conservar a Dios en su vida, pero el corazón lo tiene puesto en las cosas de la tierra. Nadie puede servir a dos señores (Mt 6, 24).

La tibieza es la postura del hombre que conoce a Dios, pero no le ama. Está reñida con la santidad. Hace que Cristo quede como oscurecido, por descuido culpable, en la mente y en el corazón: no se le ve, ni se le oye. No se le trata personalmente, no se le sirve.

En nuestra vida de cristianos que buscan la santidad en medio del mundo no se debe introducir nunca la tibieza.

La esencia de la tibieza es la falta de devoción. En definitiva, desprecio práctico de la oración y del sacrificio. Los tibios no son piadosos, porque la piedad es trato de hijos, que están contentos de trabajar para su Padre Dios.

Conozco tus obras, tus trabajos, tu paciencia, y que no puedes tolerar a los malos, y que has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos, y tienes paciencia, y sufriste por mi nombre sin desfallecer. Pero tengo contra ti que dejaste tu primera caridad (Ap 2, 2-4).

La tibieza no nace de una caída por grande que sea. La tibieza se origina cuando el alma abandona la lucha, porque no está firmemente asida y afincada en Dios, porque descuidó los medio sobrenaturales, porque dejó la primera caridad.

La tibieza es una actitud hacia Dios, que arraiga en una postura humana de mediocridad, de abandonos. Es un dejarse llevarse por la pereza. Y sobreviene cuando el alma quiere acercarse a Dios con regateos, sin renuncia, sin abnegación, deseando hacer compatibles entre sí cosas que no lo son.

De ahí nace una serie de transigencias, y un abandono de la lucha por mejorar; ceder fácilmente ante los pecados veniales, y mantenerse en un nivel de mediocridad, sin querer complicarse la vida.

Historia de los mártires de Sebaste. Eran cuarenta soldados cristianos que fueron condenados a morir en un estanque de agua helada. Pero tenían tanto fuego en el corazón, que estaban contentos y se dirigían al Cielo con esta súplica: ¡Señor, cuarenta hemos entrado en la batalla, cuarenta coronas te pedimos!

Entre ellos, hubo uno que había caído en la tibieza. Se dejó dominar por el miedo. Mientras los demás rezaban, él pidió que lo sacasen. ¡Pobrecillo! Su alma había muerto ya. Se había enfriado el amor de Dios, que es fuego siempre.

Pero la oración es poderosa, y uno de los soldados paganos, admirado ante la constancia de aquellos treinta y nueve que quedaban, tocado por la gracia divina se lanzó al agua para dar su vida a Dios con los demás y recibieron la corona cuarenta.

La tibieza explica la apostasía de aquel desgraciado.

El ansia de santidad que Dios ha puesto en nuestra alma es incompatible con la tibieza, que es antesala de la frialdad, del alejamiento de Dios. La tibieza, lenta pero fatalmente, puede enfriar el calor que el Señor puso en nuestra alma.

La tibieza comienza cuando el alma parece decir a Dios: en éste y aquel punto -solamente en éstos, tan pocos- no quiero darte lo que me pides. Es la primera señal de la enfermedad, de que ya tiene dentro de sí el germen de muerte.

Enfermedad de la vida interior, que como toda enfermedad tiene sus síntomas. Eres tibio si haces perezosamente y de mala gana las cosas que se refieren al Señor: si buscas con cálculo o “cuquería” el modo de disminuir tus deberes; si no piensas más que en ti y en tu comodidad; si tus conversaciones son ociosas y vanas; si no aborreces el pecado venial; si obras por motivos humanos (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 331).

Caída de san Pedro. Estaba dispuesto a acompañar a Jesucristo hasta la muerte: Aunque tenga que morir contigo, no te negaré (Mt 26, 35). Pero se duerme en la oración; sigue de lejos a Jesús; está frío, y se acerca al fuego, para calentarse de alguna manera; y termina negando a Jesús. Pero, ante la mirada de Jesús, se arrepiente y llora, y será después columna de la Iglesia.

Marta estaba trabajando para Jesús, pero deja que el trabajo domine sobre ella, y comienza a afanarse: le lleva a sentirse maltratada, a considerar que hace demasiado, y Jesús le reprende: no por trabajar, que era bueno y necesario, sino porque le ha faltado amor y su corazón se ha dividido.

Hay que estar prevenidos para evitar que la comodidad mate el deseo de ser santos, sustituyéndolo por un frío cálculo del mínimo indispensable.

La tibieza supone un envejecimiento interior. El tibio ha dejado el amor a un lado: su corazón se ha llenado de pequeños egoísmos y compensaciones. Otros síntomas de tibieza son los caprichos, crearse necesidades, la falta de desprendimiento.

Al tibio la vida de piedad le resulta incómoda: oración (regateo de tiempo, en cualquier sitio…); el cumplimiento del plan de vida es una liquidación de las normas de piedad, hechas con rutina y precipitación; mortificación (no mucha); trabajo (chapuzas, hecho con poco amor de Dios, bajo rendimiento); el examen queda abandonado, bien porque se deja de hacer, o porque se hace de modo rutinario, sin fruto; obsesión por el descanso…

Se puede llegar a la tibieza por no hacer examen.

Consecuencias: Miopía del alma; oscurecimiento de la mente (imagen borrosa de Jesús); comuniones frías; oración dispersa; toda la vida espiritual resulta incómoda, se piensa más en lo difícil de lo bueno y en lo placentero de lo malo; diálogos con las tentaciones; tristeza de poder permitirse satisfacciones prohibidas.

Contra la tibieza está la piedad, la entrega decidida a hacer la voluntad de Dios. De la verdadera oración sacaremos la energía para emprender una pelea sincera, que vaya derechamente contra todo lo que sea ocasión o motivo de tibieza. Hay que poner amor en el cumplimiento de las prácticas de piedad y generosidad en la mortificación.

Remedio. Cuando en un gran edificio entra el viento helado por multitud de grietas y rendijas, se puede ir tapando una a una para no perecer de frío. Pero también se puede encender un gran fuego dentro, y, luego, comenzar a tapar las grietas, comenzando por las más grandes. Ese gran fuego proviene de un trato frecuente con Cristo, de una piedad sencilla: unos minutos de oración mental; la asistencia a la Santa Misa diaria -si te es posible- y la comunión frecuente; acudir regularmente al Santo Sacramento del Perdón -aunque tu conciencia no te acuse de falta mortal-; la visita a Jesús en el Sagrario; el rezo y la contemplación de los misterios del Santo Rosario, y tantas prácticas estupendas que tú conoces o puedes aprender (San Josemaría Escrivá).

Examen de conciencia. Si por pereza descuidamos el examen, las pequeñas infidelidades, las malas inclinaciones, echarán sus raíces en el alma, y, poco a poco, sin darnos cuenta nos iríamos endureciendo para el amor de Dios.

Tomémonos en serio la santidad, con toda el alma. Ya conocéis el tiempo y que ya es hora del levantaros del sueño (Rm 13, 11). Dios lleva su amor hasta las últimas consecuencias: la Cruz. No quedarnos a mitad de camino, sin acabar las cosas.

El amor a la Virgen. En la vida interior no existe remedio más eficaz para no caer en la tibieza, o para salir de ella, que una profunda devoción a María. Es imposible que en un corazón el que se mantenga el amor y la devoción a la Virgen pueda anidar la tibieza.

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