Conferencias cuaresmales. Tema 10


Deberes familiares

Vida oculta de Jesucristo: treinta años en el hogar de Nazaret. Las gentes le conocían como faber (el carpintero), fabri filius (el hijo del carpintero).

Santifica el trabajo profesional ordinario y la vida de familia. Ejemplo maravilloso a seguir.

Con la imaginación penetremos en el taller de José y en el hogar de Nazaret. Aprenderemos de Jesús, María y José a santificarnos en las tareas cotidianas. Veremos un trabajo bien realizado. Una familia en la que cada uno de los miembros está pendiente de los demás. Amor y ayuda. Espíritu de servicio.

Todos hemos sido llamados a seguir la vida de Jesucristo: para el casado, el estado matrimonial es el camino que Dios le ha señalado para que se santifique.

El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado ‑con la gracia de Dios‑ todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive (San Josemaría Escrivá).

No dejarse llevar por una mística ojalatera: allí donde estamos es donde Dios quiere nuestra santidad.

En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria… (San Josemaría Escrivá).

Importancia de la familia en nuestro mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la sociedad entraña una responsabilidad particular de ésta en el apoyo y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. La autoridad civil ha de considerar como deber grave el reconocimiento de la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y fomentarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica (n. 2210).

La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2205).

La familia que reza unida, permanece unida.

Las condiciones modernas y los cambios sociales han creado nuevos modelos y nuevas dificultades para la vida familiar y para el matrimonio cristiano. Deseo deciros: no os desaniméis, no sigáis la tendencia a considerar pasada de moda a una familia perfectamente unida. Hoy más que nunca la familia cristiana es enormemente importante para la Iglesia y para la sociedad (San Juan Pablo II).

Consideremos los ratos de vida de familia como muy importantes, dedicándoles tiempo. Cuidado con la profesionalitis y con la televisionitis. Ambas cosas pueden destruir la vida familiar.

Sucede que la gente empieza a ser esclava de la televisión. Y, con la posibilidad de elegir diferentes programas, puede llegar a destruir la familia: al marido, por ejemplo, le gusta ver esto en un canal; a la mujer, aquello en otro…, y riñen. Al final, para evitar discusiones, cada uno conecta su televisor, se dedica a ver su programa y no hablan entre ellos. Es una pena, un desastre (Beato Álvaro del Portillo).

El matrimonio y los hijos. Los que Dios quiera. Todos son una bendición de Dios.

Durante el Concilio Vaticano II un cardenal de la Iglesia dio testimonio de su familia, fundada en Cristo. Dijo que era el undécimo de doce hijos de un pobre obrero manual. Sus padres no dudaron nunca de la Providencia; creyeron las palabras de Cristo sobre las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni llenan los graneros, pero que son alimentadas por Dios… Creían que la primera preocupación debe ser la de buscar el reino de Dios, convencidos de que Dios les daría más de lo necesario para vivir.

Honrar padre y madre, dice el cuarto mandamiento de Dios. Pero para que los hijos puedan honrar a sus padres, han de ser considerados y acogidos como don de Dios. Sí, todo niño es un don de Dios, un don a veces difícil de aceptar, pero siempre es un don inestimable (San Juan Pablo II).

Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la Ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos.

Decía san Juan XXIII: En el pensamiento de la Iglesia un hogar verdaderamente cristiano es el ambiente en que se nutre, crece y se desarrolla la fe de los niños y donde aprenden a hacerse no solamente hombres, sino también hijos de Dios.

El cuarto mandamiento también obliga a los padres. Por derecho natural y divino, y por exigencia de la virtud de la piedad, los padres tienen gravísima obligación de amar a sus hijos, atenderles corporal y espiritualmente y procurarles un porvenir humano proporcionado a su estado y condición social.

El amor a los hijos debe ser afectivo y efectivo, prudente, natural y sobrenatural.

La atención debe ser corporal (traerlos al mundo, alimentarlos, acogerlos en el propio hogar, satisfacer sus necesidades corporales) y espiritual (formación intelectual, moral y religiosa), facilitándoles la práctica de la vida cristiana, dándoles buen ejemplo, vigilándoles y corrigiéndoles.

El porvenir humano que deben procurarles exige que les den oficio o carrera, según sus posibilidades económicas, y que respeten su libertad en la elección de estado.

La educación de los hijos. ¿No serás tú la madre del muchacho que se me quejaba?: Nunca veo a mamá porque siempre está dando conferencias sobre la educación de los hijos (Jesús Urteaga).

En Suecia, en una ocasión, un chico solicitó a los tribunales: otros padres que viajaran menos, que tuvieran menos fiestas y más vida familiar.

Educar hijos, es elevarlos hasta Dios, es decir, asegurarles en la tierra todos los auxilios materiales y espirituales que le les son necesarios para el pleno desenvolvimiento de la gracia de su bautismo y enseñarles a conducirse, en medio de los hombres, como hijos de Dios camino de la casa del Padre.

La sociedad necesita una familia en la que los padres sean los primeros catequistas de sus hijos.

¿Enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? ¿Sabéis rezar con vuestros hijos, al menos alguna vez? (San Juan Pablo II).

Iniciativas. Catequesis familiar: los hijos (o los nietos), los amigos de los hijos, los hijos de los vecinos, etc.

Hogares cristianos, luminosos y alegres.

Un ambiente de confianza y no de temor. Donde haya diversión sana y no aburrimiento. Con estímulos en vez de reprimendas. Donde se respire alegría y no mal humor.

La vocación de los hijos. Caricia de Dios. Motivo de orgullo santo.

Me gustaría gritar al oído de tantas y de tantos: no es sacrificio entregar los hijos al servicio de Dios: es honor y alegría (Surco, n. 22).

Ver como modelo la vida de Jesús, María y José en el hogar de Nazaret.

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